62. Mia
MIA
Enzo prometió llevar a Minerva a casa y a Keyla a un hotel. Ambas debían descansar. Todos debíamos hacerlo.
Alexander seguía sin mirarme, sin tocarme, excepto por el contacto de nuestras manos.
Subimos en el ascensor y cuando las puertas se cerraron me soltó. Se llevó ambas manos a la cara para intentar borrar el cansancio.
—Deberías haberte ido con Enzo —dijo con voz cansada.
—Mírame —exigí dando un paso en su dirección.
Las puertas del ascensor se abrieron. Intenté detenerlo, pero se escabulló. Entró en la casa como una exhalación. Lo perseguí; notaba las heridas de los pies, pero soportaba el terrible dolor.
—Alexander, mírame.
Siguió adentrándose en la casa. Me ignoró. Sus pasos cada vez eran más rápidos.
Me fijé en cómo apretaba los puños y después los abría, cómo sus facciones pasaban del férreo control a la rabia más pura. Intentaba controlarse, intentaba no romperse.
—¡Mírame, joder! —grité. Me desgarré la garganta solo para que dirigiese hacia mí sus ojos de una maldita vez.
Cuando eso pasó…
Vi la pena y la absoluta destrucción. Vi un dolor tan grande como la inmensidad de los océanos. Me recorrió el rostro, todo mi cuerpo, con la mirada por primera vez, desde la última ocasión que nos vimos. Y esa oscuridad, esa inmensidad, solo creció y creció. Me quedé sin aliento.
Apartó la vista y se puso en marcha de nuevo.
—¡Alexander!
Lo agarré del brazo de la misma manera que él había hecho conmigo cuando lo conocí.
—¡No puedo mirarte! —rugió con voz entrecortada.
Apartó el brazo de un tirón. Seguía sin hacerlo, seguía intentando alejarse de mí.
—Lo siento. Siento que tu hermano haya muerto por mi culpa.
Giró la cabeza como un látigo.
—Mi hermano hizo por ti lo mismo que yo habría hecho por él.
—Lo siento, Alexander.
—Para —susurró con voz ronca—. ¡Para de una vez!
—Entiendo que me odies, incluso que no puedas mirarme.
Intenté acercarme.
—No puedo mirarte porque lo único que veo es el infierno que has pasado por mi culpa —respondió antes de volver a apartarse—.
No puedo mirarte porque jamás me perdonaré por esto.
Ni por ti ni por él. Sois lo único que quiero en esta vida, lo único bueno y puro que había en ella.
—Tenía la voz tan entrecortada que me costaba entenderlo—.
Y mírate. ¡Mira lo que he traído a tu vida, a la de los dos! —gritó.
—Has traído valentía —sentencié—. Has traído…
—He traído dolor y miseria —escupió con rabia—. Estás así por mi culpa. No porque seas una Bianchi, sino por mí, joder.
Levanté el mentón.
—Volvería a pasar por ese infierno para llegar hasta aquí, a tu lado.
—Esta vez me miró, y lo hizo como si fuera la primera vez.
Sin ese arrepentimiento, sin miedo, solo con el amor más puro y desgarrador que había conocido—.
Volvería a pasar por ese infierno si así pudiera volver a cruzarme en vuestras vidas.
—No te merezco, Mia Bianchi —susurró antes de dejarse caer de rodillas y apoyar la frente en mi vientre—. Nunca os merecí a ninguno de los dos.
Lo rodeé como pude. Entrelacé los dedos entre su pelo, le di mil besos en los lugares a los que podía llegar mientras sus sollozos inundaban cada oscura estancia de la casa, destruyendo el hielo y el orden, acabando con las máscaras.
Alexander era un hombre roto, arrodillado.
La vida había intentado quebrarlo y siempre se había defendido, siempre había luchado y, desde entonces, yo lo haría a su lado, lo haría por él.
Lo consolé durante horas. Me agaché para quedar a su altura para decirle cuánto lo quería, para susurrarle que sabía cuánto dolía, pero que estaría a su lado para curarle cada herida del alma.
Yo también perdí a un hermano. El dolor no te abandona ni tampoco las dudas de qué habría pasado si hubieras hecho algo, cualquier cosa.
Era la primera vez que lo veía llorar, la primera vez que lo veía romperse. Sabía que al día siguiente se levantaría y volvería a enfrentar la vida con la misma ferocidad de siempre, que viviría solo para honrar la muerte de su hermano, que lo recordaría cada día con esa devoción que sentía por él.
Esa misma noche, antes de dormir, le pedí a mi hermano Luca que cuidara de Bastián y les recordé a ambos cuánto los amaba.