Obsession (Almas Letales 2) 61. Mia
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61. Mia

MIA

Cuando volví de la inconsciencia, lo primero que sentí fue la familiaridad de una mano rodeando la mía. Sabía quién era.

Abrí los ojos y miré a mi hermana. Estábamos tumbadas en la cama.

—Gabi —susurré para que despertara—. Gabi.

Mi hermana abrió los ojos y se incorporó de un salto. Me recorrió entera con la mirada y llevó la mano derecha flechada a mi frente.

—Ya no tienes fiebre —indicó. Negué con la cabeza para que dejase de tocarme—. ¿Te duele algo?

Arrojé las mantas que me asfixiaban a un lado y puse los pies en el suelo.

—¡Ten cuidado! Tienes heridas en los pies y has recibido mucha medicación.

Me sujetó por los brazos para empujarme con delicadeza y volver a tumbarme en la cama.

—¿Dónde está? —pregunté apartándola—. ¡Gabi! Puedo ponerme en pie y andar, joder.

—Pero…

—Para —supliqué—. Estoy bien.

—¡No estás bien! —exclamó cruzándose de brazos. Estaba segura de que lo hacía para evitar volver a tumbarme.

—Lo estaré—aseguré—. ¿Dónde está? —volví a preguntar.

Gabi hizo un mohín con los labios.

—Está de camino a Baviera. Van a enterrar a Bastián. —No dejaba de mirar al suelo—. Llegamos hace unas horas. Él tuvo que irse en la avioneta, pero no despegó hasta saber que estabas estable.

—¿Cuánto tiempo…?

—Has estado inconsciente desde anoche. La infección está controlada, pero estabas frita de fiebre cuando te sacamos de allí. —Su mirada estaba plagada de rabia, de las más pura y absoluta—. Has perdido doce kilos.

Asentí, y esperé a que comenzara a gritarme o a decirme lo estúpida que había sido por no llevar un arma encima, pero Gabi no hizo nada de eso. Siguió mirándome mientras se mordía el labio para no llorar.

—¿Y mi pequeña sobrina, cómo está?

Había olvidado por un instante que estaba embarazada de poco tiempo y esta situación no le habría hecho ningún bien.

Sonrió con alegría a la misma vez que con tristeza. ¿Era eso posible?

—El médico también nos ha atendido a nosotras. Está perfecta.

Asentí antes de darle el abrazo más fuerte del mundo. Gabi comenzó a llorar en el mismo momento en el que la toqué. Me arrojó los brazos al cuello y no me soltó en un buen rato. Amaba a mi hermana, con todos sus defectos y virtudes, pero tenía que irme. Ya sabía que ella y mi sobrina estarían bien.

Bajé después de cambiarme y obligué a Gabi a tumbarse un rato para que descansase. Se negó hasta que llegó su marido y la cogió en volandas para llevársela él mismo a la cama en la antigua casa de mi hermana.

Allí era donde estábamos, en la antigua mansión de Gabriella en Sicilia.

Enzo estaba en la cocina, con los brazos cruzados sobre la encimera y la cabeza apoyada sobre ellos.

Me senté a su lado y giró la cabeza para mirarme. Detuvo los ojos en cada corte. Lo sabía porque los sentía.

—¿Bien? —preguntó.

—Mejor.

No hacía falta que me dijera más. Sabía que ambos tendríamos una charla más adelante y que acabaríamos gritándonos muchas cosas a la cara, pero en ese momento…

—¿Nos vamos ya? ¿O necesitas descansar?

Se incorporó y le dio un último trago al vaso que había justo enfrente. Whisky.

—Voy a ir a Baviera —sentencié.

Miré a Enzo. Esperaba que me dijera que era una loca inconsciente y que de eso nada, que me gritase, que reventara el vaso contra la pared.

—Lo sé —suspiró antes de mirar la hora en su reloj—. Iré contigo.

Parpadeé varias veces.

—No dejaré que vayas sola a ningún lado en tu estado, y sé que amas a Alexander, al igual que sé que querías a Bastián.

—No pude aguantar el sollozo ni las ganas de estrechar a mi hermano.

Abrió los brazos antes de que yo lo pensara.

Me dio un beso en la cabeza y me sujetó con fuerza—.

Además, yo también deseo estar presente en el funeral, rendirle mis honores.

Sé lo que es perder a un hermano. Bastián te protegió con su vida. Le debo parte de la mía.

Enzo, Keyla y yo íbamos en un todoterreno.

Los hombres de Enzo nos seguían en otro.

La casa de la madre de Bastián se encontraba en un pequeño pueblo montañoso, a los pies de unas colinas cubiertas de flores silvestres.

Aquel lugar era precioso. Entendía por qué Alexander lo había elegido para su hermano.

Transmitían paz. Esperanza.

Enzo tuvo que parar y preguntar en el pueblo. Nos dieron varias indicaciones.

No dejaba de estrujarme los dedos ni de mirar a la lejanía.

Hasta que los vi.

Tres figuras.

Alexander, Minerva y la que suponía sería la madre de Bastián.

Bajé del coche, acompañada de mi hermano y Keyla.

No fui capaz de mirar el agujero cavado en la tierra, no sin romperme más de lo que ya estaba.

Me coloqué al lado de Alexander y entrelacé una mano con la suya.

Oí el suspiro. Sentí cómo sus hombros caían, cómo su cuerpo se relajaba solo un poco. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos así.

Minerva dijo unas palabras preciosas.

La madre de Bastián se arrojó a los brazos de Alexander, que no soltó mi mano en ningún momento.

Enzo pronunció las palabras sagradas que reservábamos en la mafia italiana para los caídos con honor.

Keyla se mantuvo firme y con la cabeza baja.

Y yo… Yo lloré. Me rompí por dentro en mil pedazos antes darle las gracias en silencio. Lo perdoné por sacrificarse por mí. Lo perdoné por abandonarme de aquella manera, por no dejar que yo lo protegiera. Me entregó su vida. Me salvó.

Su muerte… La culpa…

Miré el agujero cavado en la colina, rodeado de flores silvestres. Recordé su sonrisa, sus bromas, su lengua desvergonzada. El brillo de sus ojos. La forma en la que protegía a Alexander, cómo consiguió que en solo unos días me sintiera una más de la familia.

Su muerte sería la mayor condena que jamás soportase y por eso lo perdoné allí mismo. Porque si él supiera que la culpa me carcomía, que me mataba cada segundo que pasaba, se enfadaría conmigo. Lo perdoné por abandonarme.

Jamás olvidaría a Bastián y no por su sacrificio, sino por su corazón y las mil sonrisas maravillosas que me había dedicado cada día.

No solté la mano de Alexander.

La hermana de la madre de Bastián llegó cuando nos marchábamos. No sabía si Alexander se quedaría unos días con ella, pero no pensaba alejarme. No lo dejaría solo. Nunca.

No hablamos. Ni siquiera me miró.

Enzo nos llevó hasta Múnich cuando Alexander dijo que iría a su casa.

Alexander, Minerva y yo íbamos en la parte trasera.

Nadie pronunció ninguna palabra.