58. Bastián
BASTIÁN
Minerva y yo entramos por la puerta principal cuando quedó despejada. Enzo protegía nuestra retaguardia. Al llegar, vimos a Alexander subir por las escaleras mientras lanzaba cuchillos a todo aquel que se moviera, y los hombres de Enzo limpiaban el resto de la casa.
Iván y Mikhail ya habían entrado por la parte trasera después de volar por los aires casi todo el terreno a sus espaldas.
—Vamos, vamos —susurré a Minerva.
—Girad a la izquierda —indicó Keyla.
Obedecimos con las armas apuntando al frente.
—Os veo —indicó—. Es la puerta del fondo.
—Os espero aquí —informó Enzo, que protegía el pasillo.
Agarré el pomo y lo giré. Estaba cerrada con llave. Le di tres patadas para intentar echarla abajo, hasta que Minerva me apartó de un empujón y le pegó dos disparos. La puerta se abrió y bajamos.
Mia
Conocía el sonido de las botas que bajaban por las escaleras.
—¡Bastián! —sollocé.
Bajó los peldaños de dos en dos después de comprobar que no hubiera nadie más en el sótano, seguido de Minerva.
Ambos me miraron de arriba abajo. Se les ensombreció el rostro.
—Perdóname —susurró Bastián cuando estuvo cerca.
Negué con la cabeza.
—Tenemos que soltarla. Hola, preciosa. —La sonrisa triste de Minerva solo era un indicativo de lo mal que me veía.
Bastián no dejaba de mirarme. Estaba impactado y sabía lo que estaba viendo: la ropa sucia, los cortes por todo el cuerpo, incluso en la cara, las quemaduras.
Volví a negar con la cabeza.
—No —susurré con la garganta cerrada—. No es culpa vuestra.
Bastián aferró el arma y disparó a las cadenas que se anclaban a la pared.
—Es culpa nuestra que fueran a por ti —añadió sin mirarme a la cara—, y jamás podré perdonarme lo que te han hecho.
Minerva me agarró la mano con delicadeza para que la siguiera.
—Tenemos que salir de aquí. ¿Puedes andar? —preguntó con cariño.
—Por supuesto que puedo —contesté—. Deja de mirarme así —supliqué a Bastián—. Estoy bien. —Fue a responderme y lo callé con un dedo—. Estaré bien.
Bastián arrojó el arma al suelo para desabrocharse el chaleco antibalas.
—No.
—Hazlo por mí —pidió en un susurró.
Negué con la cabeza, pero él no se rindió.
Me colocó el chaleco y me besó en la frente.
Después asintió y se dio la vuelta para salir de aquel maldito agujero.
Hasta que se paró en seco. Se había llevado la mano derecha a la oreja, donde vi que tenía un intercomunicador.
Gritó que corriéramos con el terror grabado en sus facciones.