59. Minerva
MINERVA
—¡Salid de ahí! ¡Ya! —gritó Keyla por los intercomunicadores—. ¡Vienen más hombres! ¡Vienen refuerzos!
Miré a Bastián antes de coger la mano de Mia con más fuerza.
No quería hacerle daño, no más del que esos cabrones le habían hecho.
Su piel estaba blanquecina, inflamada en aquellos lugares donde tenía heridas, que eran muchas.
Apenas quedaba un trozo de piel sana en ella.
Algunas supuraban por la infección. Debía de tener fiebre por el brillo de sus ojos.
Cuando Alexander la viera, se pegaría un tiro en la cabeza.
Corrí mientras tiraba de ella. Escuchaba sus jadeos tras de mí. Me paré para subirla a mis espaldas y, cuando vio mis intenciones, me mandó a la mierda y aseguró que saldría de allí por su propio pie.
—¿La tenéis? —preguntó Alexander por el intercomunicador entre jadeos y ruidos indicativos de una pelea.
—La tenemos —informó Bastián.
—Sacadla de aquí y largaos, ¡ya! Yo me encargo del resto.
—¡Vete o acabarás muerto! —gritó Keyla.
—¿Cómo está? —exigió saber Alexander.
Salimos del sótano y vimos la carnicería que se había montado en la puerta principal.
Enzo había tenido que abandonar su posición al final del pasillo para situarse justo en la pared contraria. Estaba agazapado y disparaba a diferentes ángulos, con la cara y el pelo salpicados de sangre.
—Mierda. Los refuerzos han llegado —informé.
Si queríamos salir de allí, tendríamos que hacerlo a la fuerza.
—Minerva, ¿cómo está? —suplicó Alexander con voz rota.
Miré a Bastián buscando ayuda, que me dijera qué contestarle.
—Está viva —aseguré—. La puerta principal está infestada. No podemos salir, no sin heridos.
—Ya vamos para allá.
Esa voz era de uno de los rusos. Mikhail.
Mia
Me dolían las costillas solo por respirar. La carrera desde el sótano hasta la puerta principal de la mansión me había pasado factura.
Bastián se había adelantado y no paraba de disparar a los hombres que llegaban en tropel.
Escuché los gritos y detonaciones que venían de la parte trasera.
Vi llegar a Iván y sus hombres; nos abrían camino para que los siguiéramos. Minerva tiró de mí y me colocó a sus espaldas en un gesto protector.
—¡Vamos! —gritó Bastián.
Avanzamos y llegamos a la esquina. Minerva pasó primero, así se lo indicó Bastián. Me colocó una mano en la cintura y me sonrió con cariño.
—Nos vamos, principessa —susurró Bastián.
Tenía una de las sonrisas más bonitas y puras que jamás hubiera visto, un brillo en los ojos que destilaba ternura. Él sí que era un príncipe.
Asentí y le devolví el gesto con todo el cariño y la gratitud que pude. Había venido a por mí. Siempre supe que lo haría. Miré al frente cuando me hizo un gesto con la cabeza para que continuara. Hasta que lo escuché.
El sonido a nuestras espaldas. El aliento de la muerte. Dejé de notar su mano, su contacto.
Bastián me empujó para cubrirme con su cuerpo. Recibió el disparo por mí. Caímos al suelo.
—¡No!
Lo empujé para que dejara de protegerme, pero él me rodeo aún más con sus brazos, creando una jaula a mi alrededor, aprisionándome con fuerza.
Noté los espasmos de su cuerpo al recibir cada bala. Al igual que noté cómo se me fracturaba el alma, cómo cada maldito trozo caía al suelo para hacerse aún más añicos.
Sollocé. Grité y lo abracé con fuerza para intentar girarnos. Yo llevaba su chaleco. Yo podría haberlo protegido.
Escuché los gritos en ruso, uno más agudo y desgarrador proveniente de Minerva.
—¡Sacadlos de aquí, joder! —gritó Iván.
—Bastián… ¡Bastián! —susurré levantado las manos para tocarlo.
Levanto la cabeza y me miró. Tenía esa sonrisa perfecta, la misma que me había dedicado el día que lo conocí.
—Dile que me ha salvado tantas veces que perdí la cuenta… Dile que esta vez me tocaba a mí.
Bastián suspiró cuando terminó de decirme aquellas palabras. Con sus últimas fuerzas, me soltó.
—Bastián…
Minerva llegó corriendo. Se dejó caer al lado de Bastián y comenzó a tocarle el cuerpo en busca de las heridas para intentar taponarlas con las manos.
Aquello no podía ser cierto.
No podía ser verdad.
Me miró por última vez, sonriendo, antes de buscar la mano de Minerva y llevársela a los labios.
—Te quiero, hermana —susurró con aquella sonrisa y con tanta paz…
Alguien me agarró por las axilas y tiró de mí mientras contemplaba aquella escena. Minerva se desmoronó y gritó contra su pecho cuando Bastián dio su último aliento. Enzo corría a por ella para sacarla de allí. La mujer se aferraba a Bastián, ignorando los disparos que llegaban sin descanso.
Y dejé de escucharlo todo.
No escuché nada que no fuera mi propia alma romperse.
No escuché las ordenes de Iván ni las palabras que Mikhail me susurraba al oído antes de pasarme el brazo bajo las piernas y alzarme en el aire, apoyándome en su pecho para alejarme de aquel lugar que se había convertido en mi infierno personal.
Echó a correr conmigo en brazos.
Vi la luna.
Las estrellas.
Vi a Gabi al otro lado de un muro oscuro esperándome con lágrimas en los ojos y los brazos abiertos.
Vi a Minerva caer de rodillas una vez más en el suelo después de que Enzo la soltara tras haberla sacado de allí a la fuerza.
—¿Dónde está Alexander? —pregunté. Nadie me respondió—. ¡¿Dónde está?!
—Sigue dentro —informó Enzo.
Minerva se puso en pie de un salto.
—¿Qué? —preguntó.
—¡Tenemos que irnos, y tiene que ser ahora! ¡Van a seguir llegando hombres! —exclamó Iván.
Miré a Enzo, buscando a la única persona que sabía que me ayudaría.
—Tienes que ir a por él —susurré. Gabi no dejaba de tocarme, de examinar cada una de mis heridas mientras decía algo, no sé el qué—. Tienes que traerlo —supliqué.
Minerva esquivó la mano de Enzo, que intentó frenarla, y se adentró de nuevo en la mansión.
—¡Minerva! —gritó.
—¡Tenemos que irnos! —repitió Iván poniendo a su mujer en pie.
—¿Qué te han hecho…? —Miré a mi hermana, su voz tan rota como la mía al hacerme aquella pregunta.
—Enzo… —supliqué una vez más.
Mi hermano me miró. No había dejado de hacerlo excepto para observar el lugar por el que se había marchado Minerva.
—¡Joder! —gritó, apretando la mandíbula antes de arrancarle a Iván su fusil de asalto de las manos y marcharse por el mismo camino que Minerva.
—¡¿A dónde vas?! —gritó Iván, antes de señalar a varios hombres y ordenarles que fueran tras ellos.
Los italianos, los hombres de confianza de mi hermano, también lo siguieron.
—¿Qué te han hecho, Mia? —repitió Gabriella.
—Nada que no pudiera soportar —contesté, soltando su agarre—. Nada que no duela más que perder a Bastián, o a Alexander, o a alguno de vosotros…
A los pocos minutos vi la mansión de aquel monstruo estallar en llamas antes de que varias figuras aparecieran entre el humo.
Sollocé cuando vi a Alexander portando aquella máscara de pesadillas, con Bastián entre los brazos. Minerva iba tras él y Enzo tiraba de ella.
—¿Nicole? —pregunté entre jadeos.
—Ahí dentro ya no queda nadie vivo —respondió Enzo.
Alguien me puso en pie y me metió en una furgoneta. Dieron igual los gritos que diera. Dio igual que suplicara una vez más.
Gabi me abrazó y sofocó todo el miedo, el terror y el dolor que tenía dentro.
Entonces todo se volvió negro.