56. Alexander
ALEXANDER
—¡Lo tengo! —exclamó Keyla.
Andrei se puso en pie para ver lo mismo que ella. Habíamos accedido a las cámaras de la mansión.
—¿Dónde está? —pregunté cerniéndome sobre su espalda.
Keyla comenzó a cambiar de cámara, una tras otra.
Nada.
—No hay cámaras en el sótano —explicó—. En los planos aparece, Alexander. Seguro que la tienen allí.
Asentí mientras me convencía a mí mismo de que estaba viva.
Tenía la dirección. Tenía acceso a la mansión. Era hora de irme.
Me incorporé y sin decir nada más salí de la sala en busca de mis armas.
Subí las escaleras de dos en dos.
Se estaba formando un tremendo revuelo entre los integrantes de la casa. Unos decían de planear el asalto. Otros de ir ya. Gabriella era de las de mi pensamiento. Cuando me puse la máscara y bajé cargado con todo lo necesario, me estaba esperando en el vestíbulo, armada hasta los dientes.
—¿Vamos? —preguntó colocándose sobre el hombro un lanzagranadas. Me hubiera reído si no fuera por la situación. El arma casi era más grande que ella.
—Vamos.
Los gritos seguían sonando a nuestro alrededor y, cuando todos vieron que nos dirigíamos a la puerta, se hizo el silencio.
—¿A dónde coño crees que vas, Gabi? —gritó su marido.
Esta siguió andando y rodeó el pomo para tirar con fuerza. Cuando abrió la puerta vi a Minerva con la mano alzada, seguramente a punto de llamar. Me miró extrañada.
—¿Nos vamos ya? —preguntó.
Asentí y ella hizo lo mismo.
Gabriella pasó por su lado, mirándola de arriba abajo.
—¿Vienes? —le preguntó.
—Sí. Soy amiga de tu hermana.
—Perfecto.
Ambas se dieron la vuelta en dirección a los vehículos que los hombres de Enzo habían robado.
—¡Gabi! —gritó Iván, que se acercaba a ella a pasos agigantados con dos chalecos antibalas en la mano.
Bastián ya se colocaba el suyo. Mikhail y Enzo ladraban órdenes sin parar para que el resto de los hombres se prepararan porque nos íbamos ya de ya.
—Tú conduces —ordené a Bastián.
Este abrió la puerta de la furgoneta para que ambas mujeres pasaran. Iván se sentó frente a su mujer, cargando el arma. Yo me subí en el asiento del copiloto.
Enzo salió de la casa y sus hombres lo siguieron. Se paró en seco cuando miró en nuestra dirección.
—¡Vamos! —grité. Me estaban poniendo de los nervios.
—¡¿Qué cojones hace esa zorra aquí?!
Miré atrás y vi que apuntaba a Minerva. Estaba blanca como la leche.
—¿Lo conoces? —pregunté extrañado.
—Le robé un cuadro muy caro —susurró mirando a Gabi de reojo. Esta resopló.
—Me gustas —indicó antes de devolverme la mirada—. Vámonos, Carnicero.
Asentí y miré a Bastián.
—¡Eh! —exclamó Enzo caminando hacia nosotros. Antes de que llegara, Minerva le cerró la puerta en las narices y le pidió a Bastián que arrancara—. ¡Te mataré!
Minerva seguía agarrada al manillar de la puerta, mirando a la nada. Gabi la observaba como una leona, agazapada, buscando su punto débil, pero no sabía que Minerva también tenía uñas.
—¿Qué? —le acabó preguntando esta.
—Te has follado a mi hermano, ¿a que sí? —preguntó Gabi con una sonrisa siniestra.
Minerva se sonrojó, cosa que jamás había visto en mi vida.
—Fue hace un par de años. Y no lo hice para robarle el cuadro como él cree —confesó de vuelta a su asiento.
—¿Te lo tiraste y después le robaste?
—Sí.
Gabi estalló en carcajadas. Después de eso, nadie dijo nada.
—Ahora me gustas mucho más.
Estacionamos a varios kilómetros del lugar donde tenían a Mia.
Debíamos ponernos de acuerdo en cómo acceder a la mansión.
El tema de las armas estaba controlado. Mikhail y Andrei habían hecho un conteo y una lista antes de que descubriéramos el paradero de Mia.
Lo habían organizado todo y cuando los hombres de Enzo trajeron los vehículos robados solo tuvimos que meterlo todo dentro.
Keyla se había quedado en la casa para informarnos de cada paso que dieran los irlandeses. Andrei iba a venir, pero Iván le ordenó que se quedase allí, que ayudara a Keyla y que vigilara las carreteras cercanas, además de pinchar la radio de la policía.
Esa era otra cosa.
Necesitábamos salir del país cuando todo terminara sin levantar sospechas.
No queríamos que nada de lo que ocurriera esa noche llegara a investigarse.
Keyla nos aseguró, junto con Andrei, que una vez que sacáramos de allí a Mia reventaría el sistema gracias a un programa que había creado Carter y que eliminaría cualquier prueba que pudiera incriminarnos.
Andrei había guiado a los hombres de Enzo paso a paso a la hora de robar los vehículos, utilizando los puntos ciegos de la ciudad para movernos. No solo por la policía, sino por los irlandeses. Usamos su misma técnica contra ellos.
Mikhail comenzó a repartir intercomunicadores para cada uno. Agarré uno para mí y otro para Bastián.
—No te despegues de mi lado —indiqué.
Al llegar al punto de encuentro, Enzo me sorprendió.
No volvió a dirigirle a Minerva ni una palabra, ni siquiera la miró, pero apostaría todo lo que tenía a que por dentro debía de estar como un volcán rebosante de lava que estallaba y salpicaba por todas partes.
Minerva se mantenía todo el rato junto a nosotros con una AK- 47 entre los brazos y lo miraba de soslayo.
Iván no le quitaba la vista de encima a su mujer mientras ladraba órdenes en ruso.
Al principio me extrañó que su mano derecha, Bladimir, no estuviera allí.
Hacía un par de días le había preguntado por el viejo y me contestó con una sonrisa malévola que alguien se debía encargar de los negocios en su ausencia.
Añadió que Milena, su antigua ama de llaves, que ahora formaba parte de los equipos de asalto, iría con él para aprender más sobre el negocio.
No me pasó por alto el gruñido que le dedicó Mikhail ni la sonrisa que le devolvieron el Pakhan y su mujer.
Miré la mansión desde la lejanía. La rodeaban altos muros de piedra oscura. Había cámaras apostadas que vigilaban tanto el exterior como el interior.
Pulsé el intercomunicador.
—¿Cuántos hombres? —pregunté a Keyla.
—Hola de nuevo a ti también —dijo, suspirando con ironía—. Cincuenta. Veinte fuera, el resto están dentro.
—¿Dónde está él?
—En la planta superior. Tercera puerta a la izquierda.
Asentí, aunque no pudiera verme.
—Yo me encargaré de él. —Hablé en voz alta para que todos me escucharan—. El resto, matad a los demás y sacad a Mia de ahí. Tenemos entrar sin levantar sospechas o irán a por ella.
—Va a ser complicado con veinte hombres en el exterior —indicó Mikhail.
—Keyla y Andrei nos guiarán.
—Primero que una avanzadilla con mis hombres abra paso —agregó Enzo—. Cuando esté todo despejado, entraremos el resto.
—Yo iré con ellos. —Me ajusté la máscara y los miré a todos para comprobar que estuvieran de acuerdo. Aunque me daba igual si les parecía bien o no. Entraría ahí el primero. Sí o sí.
—Dos de mis chicos son excelente francotiradores —informó Iván—. Os protegerán las espaldas en caso de necesitarlo.
—Sí, pero solo en caso extremo —interrumpió Gabi a su marido—. Intentad acabar con ellos sin hacer ruido. Necesitamos el factor sorpresa, aunque seamos más.
Sacamos el mapa de los terrenos y de la mansión y establecimos las posiciones de cada uno.
Minerva entraría pegada a Bastián en todo momento, y junto con Enzo se encargarían de bajar a por Mia.
Iván y Mikhail irían por la parte trasera de la casa para llevar hacia allí a los hombres de Ezequiel, mientras el equipo de avanzadilla y yo accedíamos por la entrada principal y subíamos a la parte de arriba.
Mi instinto me decía que fuera a por Mia, pero el psicópata que había en mi interior me susurraba una y otra vez que tenía que asegurarme de que aquel hombre acabara muerto, o ella seguiría en peligro.
Miré a ambos lados. Observé a todas las personas que estaban allí y memoricé sus rostros. Quizá algunos de ellos no verían un nuevo amanecer, y creo que eso mismo pensó Iván antes de darle un beso apasionado a su mujer para después hacerle una llave que la dejó inconsciente.
—Vosotros tres —apuntó con el dedo a sus hombres—, vigiladla y protegedla con vuestra vida. Y si se despierta, corred.