Obsession (Almas Letales 2) 55. Mia
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55. Mia

MIA

Nicole volvió a bajar dos días después de que su marido y sus hombres me visitaran.

—Quiero un arma.

Nicole miró sobre su hombro y asintió.

—Voy a ayudarte —susurró—, pero no puedo bajarte un arma. Él lo sabría.

—Un cuchillo, entonces. De cocina mismo.

—Vale.

—Tú y yo tenemos que salir de aquí, ¿me oyes? —insistí.

Nicole no estaba bien y no quería imaginar las marcas que tendría en el cuerpo. Me había fijado en que siempre llevaba manga larga y cuello alto, aunque no hiciera frío.

Asintió y se puso en pie.

—Mi familia vendrá, Nicole. Tarde o temprano lo hará.

Estaba totalmente segura de eso. No tenía ninguna duda y aquello era lo único que me mantenía cuerda en aquel momento. El dolor se había vuelto insignificante comparado con la rabia.

Quería matarlos, a todos ellos, a los que me habían llevado allí. Quería hacerles pagar por lo que me habían hecho.

Alexander

Andrei dio con él. Lo rastrearon hasta llegar a Irlanda, justo donde estábamos, pero se encontraba a más de tres horas en coche.

—Tenemos que conseguir varios vehículos. No solo para nosotros, sino para las armas. No sabemos lo que nos encontraremos allí —indicó Iván.

Miré el mapa de las hectáreas del terreno y los planos de la mansión, todo obra de mis chicos. Los llamé y les di las mismas coordenadas que a Keyla para que buscaran más información. No era lo mismo dos personas que doce.

—Seguramente la tenga en el sótano —añadió Mikhail, cruzado de brazos—, a no ser que haya algún otro tipo de edificación en los terrenos.

—En menos de una hora lo sabremos. —Keyla seguía la conversación a la misma vez que intentaba hackear el sistema de seguridad. Llevaba así desde la noche anterior.

—Minerva está de camino. —Asentí cuando mi hermano entró con el móvil pegado a la oreja—. Llegará en menos de una hora.

—Dile que consiga un vehículo grande que pase desapercibido. Que pague en metálico y que use la documentación falsa —contesté.

—¿Lo has escuchado? —preguntó Bastián, que asintió para darme a entender que eso estaba hecho.

—Mis hombres nos traerán lo vehículos, por eso no os preocupéis —indicó Enzo—. Dile a esa amiga tuya que no alquile nada. Usaremos coches robados.

—La policía podría detenernos, imbécil —añadió Gabi.

—Esos caminos están desiertos, joder. Y si la policía nos para, usaremos documentación falsa. Y si no les convence, les pegamos un puto tiro. —Enzo estaba fuera de control.

—¿Keyla? —pregunté.

—Treinta y nueve minutos —respondió con la vista fija en la pantalla.

En cuarenta minutos la seguridad de aquel lugar caería. En cuarenta minutos podría ir y reventarle la cabeza a ese cabrón. En cuarenta minutos volvería a ver los ojos más bonitos y la sonrisa más sincera que jamás hubiera visto.