54. Keyla
KEYLA
Me encontraba tras Andrei, apoyada en la silla en la que estaba sentado, mientras repasaba con él una de las grabaciones del aeropuerto más cercano a la Toscana.
Un hombre me llamó la atención.
—Para —ordené.
Andrei fue rápido. En otro momento hubiera admirado la celeridad de sus dedos, la precisión, pero mi mente estaba en otra parte. La de todos. Estábamos agotados psicológicamente.
La presión era asfixiante.
—¿Ese? —Señaló con un dedo la pantalla para ampliarla.
Asentí con frenesí y me fui a mi ordenador.
—Dime la hora exacta de la grabación.
Las abrí en mi ordenador y busqué.
Habíamos vuelto a empezar de cero y nos habíamos remontado a casi un mes y medio antes del secuestro.
Aquel hombre no tenía nada de especial, pero después de tantas reproducciones había algo que me decía que era él.
Andrei y yo estábamos agotados. Nos turnábamos para dormir y comíamos en la sala donde estaba instalado el equipo. No salíamos de allí excepto para ir al baño, o Andrei para fumar. Me contó que no solía hacerlo, pero que en esos momentos lo necesitaba.
Me dio las coordenadas y recé.
—¿Qué buscamos? —preguntó mientras las anotaba y volvía atrás.
Me gustaba cuando era así de metódico y preciso. No era de muchas palabras. Estaba concentrado en el trabajo. De vez en cuando soltaba algún comentario que me hacía sonreír o mirarlo; entonces descubría que él me devolvía la mirada y la sonrisa. Era preciosa.
Hacía tiempo que no estaba con un hombre.
Bueno, con nadie. Era bisexual y casi siempre prefería a las mujeres, pero Andrei tenía ese aura de chico callado y misterioso que vuelve locas a todas las mujeres.
Ese misterio… Era como tirar un dado. Suerte.
A veces descubres que el envoltorio era interesante, pero que luego no era para tanto.
Otras descubres que ese misterio es oscuro, fuerte y muy apetecible.
Parpadeé y volví a la realidad.
—Vuelo. Llegada y salida. Lugar de origen del pasajero —dije mientras abría todas las cámaras del aeropuerto a esa hora exacta—.
Si va acompañado o si interactúa con otra persona.
Y, por supuesto, revisar las cámaras del aeropuerto, tanto de este como del que proviene, horas previas y posteriores. Luego todas las cámaras cercanas…
Paré para respirar, pero al mirar a mi derecha vi que Andrei me miraba.
—¿Qué? —pregunté.
—Cuando hablas así de rápido me pregunto si eres humana —admitió antes de ponerse en pie para ir a la pequeña nevera que nos habíamos traído.
Cogió dos bebidas energéticas y se acercó para pasarme una.
—Gracias.
—De nada. —Se sentó y se puso las gafas.
Cuando se las ponía… Quería que me castigara por ser una chica mala.
Mierda.
Miré la pantalla y me recordé a mí misma que tenía que concentrarme.
Alexander
Keyla y Andrei tenían algo.
Cuando nos lo dijeron, los hermanaos Bianchi y yo nos pegamos a sus espaldas para observar cada segundo de la grabación.
Pero entonces recordé…
—¡La gala, joder! —grité buscando a Bastián—. ¡La puta gala de mierda!
Todos me miraron sin entender nada. Excepto Bastián.
—El 12 de noviembre. A las ocho y media en Viena —indicó a Keyla.
Esta se puso en acción sin preguntar nada. Andrei se acercó a ella para ver lo mismo que los demás.
Era un imbécil. Un maldito estúpido. Me llevé ambas manos a la cara.
¿Cómo no había caído en ese día? Joder. Me dejé caer en el sillón que Iván había colocado allí para que uno de los dos descansara, o para que su mujer se sentara mientras le ladraba órdenes a Andrei y este la mandaba a tomar por culo.
Sentí una mano sobre el hombro.
—Yo tampoco había caído en ese día —confeso Bastián.
Sabía que intentaba consolarme.
—¿Cómo es físicamente? —preguntó Gabi.
Iván estaba tras ella, la rodeaba por la cintura.
Bastián tomó la palabra y yo me puse en pie para ver lo mismo que Keyla.
Hasta que lo vi.
—Para —ordené. Entrecerré los ojos y lo vi. Allí estaba ese hijo de la grandísima puta—. Ese es —indiqué con el dedo. Ojalá pudiera traspasar la pantalla para matarlo.
—¿Estás seguro? —preguntó Andrei. Asentí sin quitar la mirada de la imagen—. Pues vamos a por ese cabrón.