Obsession (Almas Letales 2) 53. Alexander
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53. Alexander

ALEXANDER

No podía más. Si me mantenía en pie, era por ella. Si seguía respirando, era por ella. Tenía que encontrarla. Cada noche miraba mi arma, desesperado por pegarme un tiro, pero no podía, no hasta que ella estuviera a salvo.

Seguíamos sin tener nada.

No podía dejar de pensar en si seguiría viva. No podía hacer nada, solo buscar, matar, torturar, amenazar.

Bastián y Mikhail me acompañaban en cada búsqueda. Enzo se iba con sus hombres por otra parte para cerrar los perímetros.

No teníamos nada y aun así yo sabía que permanecía en Irlanda. ¿Dónde? Nos faltaba la localización exacta, pero estaba seguro de que se encontraba allí. El lugar donde todo empezó.

No recibí mensajes de ese cabrón, excepto el de la primera noche, y ojalá se hubiera puesto en contacto conmigo. Ojalá hubiera tenido más información.

Gabriella no podía ni mirarme a la cara sin estallar en insultos y amenazas, hasta que su marido la rodeaba con los brazos y la llevaba a la planta de arriba.

Mia

Me habían traído una cama, un colchón que arrojaron al suelo. Después me soltaron. Dejaron una botella de agua y un poco de comida en una bolsa encima de la cama y se marcharon.

Intenté levantarme de la silla, pero tenía las piernas entumecidas.

Después de mucho tiempo, conseguí ponerme en pie.

Llegué dando tumbos. Caí de bruces sobre el colchón y sentí el dolor en todos los huesos del cuerpo hasta quedarme inconsciente.

Nicole volvió en algún momento con más medicinas. Nada de ropa limpia o descubrirían que había estado allí. Aunque eso era lo que menos me preocupaba.

Volví a pedirle ayuda. Le di el teléfono de mi hermana, me lo sabía de memoria, la dirección de Enzo, el nombre de la empresa de Alexander. Le di datos para que actuara, pero no hablaba.

Ezequiel no había vuelto a bajar.

Había suplicado, rogado y llorado, pero no me habían quebrado.

Dicen que el dolor está en la mente. Yo puedo asegurar que no, pero no acabaría conmigo.

Había sufrido cosas peores, como la muerte de mi hermano Luca, aquello sí que dolía; como ver a mi madre perder la cabeza, a Enzo volverse un adicto y no poder hacer nada porque era su forma de escapar de la realidad, a Gabi planear una venganza suicida y a mi padre llorar tan fuerte hasta doblegarse. Eso sí que dolía.

Me había vuelto una egoísta de mierda. Me había refugiado en la Toscana y había dejado que todas esas personas que tanto decía amar se hundieran poco a poco, que la mierda les sobrepasara mientras yo hacía ¿qué? Llevar un restaurante.

No.

El dolor no podría conmigo.

Saldría de allí y les suplicaría que me perdonasen.

Las medicinas de Nicole me dejaban inconsciente y cuando despertaba me sentía mejor. Había tenido demasiado tiempo para pensar y había llegado a la conclusión de que no podía perdonarme a mí misma.