49. Mia
MIA
Estaba medio dormida, exhausta por el agotamiento, cuando escuché el sonido de la puerta. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Me había orinado encima. Estaba mareada. Agotada.
Levanté la cabeza poco a poco, como pude.
Ezequiel estaba frente a mí, lucía un traje a medida e iba acompañado por dos hombres. Uno de ellos se acercó y me quitó el cinturón.
El dolor me destelleó en la cabeza. Me dolía la mandíbula de haberla tenido abierta tanto tiempo. No solo eso, las costuras me habían hecho rozaduras que debían de estar infectadas. Me ardía la cara, la notaba inflamada.
—Ezequiel… —susurré con la voz rota. Me dolía la garganta. Estaba muerta de sed.
—Mia Bianchi, nada más y nada menos. No esperaba que la hija del gran Leonardo acabara siendo la puta del Carnicero.
—Yo no soy ninguna…
—Cállate —ordenó—. Aquí solo hablo yo. A no ser que te pregunte, entonces quiero que me respondas y que sea con sinceridad.
Me mordí la lengua y asentí. Los miré a los tres. Aquello no acabaría bien.
—Espero que hayas descansado —añadió mientras se crujía los dedos y antes de que su compañero le pasara el cinturón con el que me había tenido amordazada—. ¿Ves esto? —Asentí otra vez—. Espero que seas lo suficiente inteligente para saber lo que viene ahora, principessa .
Nunca me enseñaron a aguantar un interrogatorio.
A Gabi y a Enzo, sí. Cuando Gabi salía de esos «entrenamientos», se encerraba en su habitación durante días.
Yo siempre intentaba entrar para cuidarla, para comprobar que estuviera bien, pero ella atrancaba la puerta y salía días después como si nada hubiera pasado.
Enzo actuaba parecido, solo que esos días se emborrachaba hasta perder el conocimiento, aunque su aislamiento no duraba tanto como el de Gabi.
Pero yo no sabía.
No quería saberlo.
—Ah, y una cosa, principessa , esto no lo hago para que me digas dónde está ese cabronazo —amenazó en un susurro y apoyó ambas manos en mis muslos.
La bilis me subió por la garganta por el roce, por el olor a alcohol que desprendía junto con el del tabaco rancio—.
Esto lo hago para hacerlo sufrir. —Cuando se apartó, vi que sus hombres habían colocado justo frente a mí un trípode—.
Sonríe a la cámara. Al Carnicero le encantará ver tu sonrisa.
Me habían traído al infierno.
Supliqué entre hipidos, jadeos. Grité.
Pedí clemencia.
Pero nadie me escuchó.
Hasta que dejé de hacerlo y me fui a un lugar oscuro y tranquilo.