48. Gabi
GABI
—Me estás ocultando algo, amore , y sabes que eso me enfurece.
Señalé a Iván con un dedo.
La noche anterior había recibido una llamada de madrugada. Lo había escuchado salir del dormitorio antes de hablar en susurros.
Quizá en otro momento de mi vida me habría levantado y lo hubiera seguido. Quizá no, seguro. Pero estaba embarazada de tres meses. Solo quería dormir, comer y follar. En ese orden. Así que agarré su almohada, la abracé y me tapé hasta la barbilla.
Pero a la mañana siguiente vi sus ojeras, su mandíbula tensa y su pelo despeinado.
No había ni rastro de Bladi, de Andrei ni de nadie. Joder, incluso Milena había desaparecido.
Mikhail era el único que había en la casa junto con nosotros dos, y el pobre desgraciado no sabía a dónde mirar.
Estábamos en la cocina, yo comía como si no lo hubiera hecho en un mes y ellos… ellos se lanzaban miraditas.
—¿Y bien? —pregunté antes de darle un sorbo a mi café descafeinado. Qué asco.
—¿Has hecho lo que te he pedido? —preguntó Iván a Mikhail.
—Sí, Pakhan —asintió y me miró de reojo.
—¿Seguro? —volvió a preguntarle mi marido con seriedad.
—Seguro.
—Bien. —Iván asintió y pasó a centrar toda su atención en mí.
Alcé una ceja, esperando. Miró los cubiertos que tenía entre las manos.
—Será mejor que comas, mi amor, y después…
—¿Qué mierda está pasando?
Esta vez le apunté con el cuchillo.
—Joder, no hemos pensado en los cubiertos —añadió Mikhail, que se puso en pie y se alejó de la mesa.
Iván gruñó y le dijo que era un imbécil.
—¡Iván!
—Han secuestrado a tu hermana.
Dejé caer las manos sobre la mesa.
—¿Qué?
—Anoche…
—¡¿Anoche?! —grité.
Me puse de pie de un salto. Iván me imitó.
—Sí. Anoche.
—¡¿Y me lo dices ahora?! —Di un manotazo, cabreada.
—Tenías que descansar y yo saber qué había ocurrido para…
—¡Vete a la mierda, joder! ¿Dónde está Enzo? ¿Dónde se la han llevado?
Cogí el móvil y descubrí que el cabronazo de mi hermano no me había dicho ni mu. Nada.
—Enzo está buscándola junto con Alexander y Keyla. Han llamado a Carter y…
—Panda de hijos de puta traidores —susurré. Comencé a buscar el número de Enzo para llamarlo. Iba a matarlos, a todos. Miré a Iván—. ¡Es mi hermana!
—Lo sé.
Estaba enfadada, joder, pero sobre todo aterrada.
Escuché los pitidos que indicaban que el móvil de Enzo estaba operativo, pero no contestó. Llamé a Keyla, a Carter. Nada.
Arrojé el móvil contra la pared.
—¡Cálmate! —gruñó Iván. Había esquivado el lanzamiento por los pelos.
—Me voy a buscarla.
Ignoré sus gritos y amenazas. Subí las escaleras de dos en dos.
Aguanté las náuseas y el calor como pude.
Abrí el armario y saqué una bolsa de viaje.
Comencé a meter ropa como loca y las armas que encontré escondidas en el ropero.
Estaba arrodillada en el suelo. Tuve que controlar las ganas de llorar. Putas hormonas de mierda.
— Amore —susurró Iván.
No me había fijado en que llevaba un traje de combate en vez de su traje de todas las mañanas. Era el embarazo. Hacía que pasase cosas por alto que antes hubiera descubierto con solo un vistazo.
—¿Qué?
—¿Puedes tranquilizarte dos minutos? No necesito más.
Asentí, llorando. Hipando.
—Tengo a todos mis hombres preparados. Vamos a ir a por ella y la llevaremos a casa sana y salva, ¿entendido?
Volví a asentir.
—Pero tú te quedarás aquí —ordenó con ese tono que no admitía réplica.
Dejé de llorar automáticamente.
Solté la camiseta que tenía entre las manos y agarré una Glock.
Iván dio dos pasos atrás.
— Moya Koroleva …
—Te diré lo que va a pasar —susurré.
—¡Estás embarazada! —gritó—. ¡No permitiré que pongas tu vida y la de nuestra hija en peligro!
—Iré con vosotros, mataré a esa panda de hijos de puta con mis propias manos —seguí susurrando mientras Iván gritaba a saber qué cosas. Mikhail nos miraba desde el pasillo con una sonrisa—. Y que sea la última vez que me dices lo que tengo que hacer —amenacé.
—No irás.
—Voy a hacerlo, porque si no jamás te lo perdonaré, ¿me oyes? ¡Cogeré esa maldita puerta y me iré!
Iván por fin se calló.
—¿Estás amenazando con dejarme? —preguntó—. ¿Otra vez?
—Sí.
—No serías capaz —susurró entre dientes.
—Sí, sí que sería capaz si a otro de mis hermanos le pasara algo y yo no estuviera allí para ayudarlo —juré.
Él conocía el trauma, el dolor y la mierda que tenía dentro desde la muerte de Luca. Si a Mia, mi otra mitad, le pasara cualquier cosa y yo no hubiera hecho nada… Él lo sabía.
Miró a Mikhail y asintió.
—Tenía que intentarlo —suspiró—. Vamos.