47. Mia
MIA
Desperté atada a una silla, amordazada con una especie de cinturón de cuero, lo supe por el olor. Me dolía muchísimo la cabeza, estaba mareada, pero lo peor no era eso, lo peor era el miedo.
Las pulsaciones las tenía aceleradas; la respiración, entrecortada. Estaba cerca de sufrir un ataque de ansiedad.
Me habían colocado en mitad de una sala.
Las paredes eran de ladrillos desgastados.
Las ventanas estaban sucias, tanto que no habría sabido decir si era de día o de noche.
Había un váter y un lavabo en una de las esquinas, no había tabiques ni puertas.
Solo unas escaleras viejas de madera. Era un sótano.
No quería llorar. Quería ser fuerte, no tener miedo.
Pero no pude evitar que las lágrimas se me derramaran por la cara, que me asustara y diera un respingo cada vez que escuchaba algún sonido en la planta de arriba.
A diferencia de Enzo y de Gabi, a mí no me habían entrenado para esto. Fingir. Matar. Escapar.
No porque mis padres no insistieran, sino porque yo no quise pasar por ello.
Me arrepentí de no haberlo hecho.
Seguramente mis hermanos mirarían las escaleras y esperarían a que esos hijos de puta bajasen para escupirles en la cara. Sin miedo. Para mandarlos a la mierda. Para asegurarles que los despellejarían vivos incluso estando amordazados y maniatados.
Fabricarían un arma con cualquier cosa que tuvieran a mano.
Lucharían.
Pero yo no era así.
Podía matar a alguien si así protegía a la gente que amaba. Pero ¿eso? Eso era una locura.
Estaba aterrada.
Las horas pasaron y nadie bajó.
Pensé en Alexander, en mis padres, en mis hermanos.
Sabía que todos ellos me estarían buscando.
Intentaba convencerme a mí misma una y otra vez de que estaría bien, de que pronto saldría de allí.
Pero esa otra parte de mí, una que odiaba y que me saboteaba sin cesar, me decía que quizá lo hiciese, sí, pero con los pies por delante, más rota de lo que jamás había estado.