46. Alexander
ALEXANDER
—Keyla, eso es imposible.
Aquella mujer me tenía al borde de un ataque de nervios.
—No me gusta ocultarle esto a Gabriella. Si su hermana está en peligro, debería saberlo.
—No está en peligro.
—¡Sí que lo está, todos lo estáis!
—Pero para eso estás tú, para protegernos.
—Me habéis dejado ciega. No entiendo de quién fue la estúpida idea de iros a un pueblo sin tecnologías. No hay cámaras. No sé cómo mierda quieres que trabaje si estoy en Nueva York —gritó. Tuve que alejar el teléfono.
Aproveché para mirar al exterior en busca de Mia. Keyla seguía y seguía gritando. Aquella noche estaba insoportable. Bueno, llevaba el último mes insoportable.
Arrugué el entrecejo para intentar ver mejor en la oscuridad.
Dejé el móvil sobre la mesa. Que Keyla le gritase a la nada, a ver si el eco le contestaba, porque yo ya no tenía nada más que decirle.
Abrí la puerta y lo primero que sentí fue que algo iba mal. No veía a Mia, y sabía que no se alejaría, porque entonces me provocaría un miedo tan atroz como el que sentía en ese momento.
—¡Bastián! —grité desgarrándome la garganta.
Los gritos de Keyla que sonaban en la lejanía se habían detenido. No escuchaba nada. Ni siquiera los latidos de mi corazón.
Las sienes me palpitaban.
Las manos me sudaban.
Comencé a caminar. No sabía hacia dónde.
Recorrí cada centímetro del terreno.
—¡Bastián!
No llamé a Mia porque sabía que no estaba aquí, que me la habían arrebatado.
No había llorado desde que era un niño, pero conocía el ruido que se abría paso entre mi pecho y me lo desgarraba… Eran sollozos rotos.
Quería gritar, destrozar el mundo pedazo a pedazo con mis propias manos, prenderle fuego a todo.
La busqué desesperado, llamando a Bastián sin parar.
—¡¿Qué pasa?!
Escuché sus pasos acercándose.
—¡No está!
—¡¿Cómo que no está?!
Encontré lo que estaba buscando. Había pisadas, iban desde los árboles hasta la casa. ¡Joder!
—¡Coge el puto teléfono y encárgate de Keyla! —Bastián me agarró de la camiseta para detenerme—. ¡Suelta! —Le aparté las manos y me deshice de él.
—Tienes que calmarte, hermano. Estás hiperventilando, te está dando un ataque de ansiedad.
—¡Llámala! ¡Ya! —le grité a la cara.
Bastián ni parpadeó. Sacó el móvil y la llamó.
Seguí las huellas y justo frente a la casa vi el brillo. Me acerqué corriendo.
—Se la han llevado —explicó Bastián—. ¡No lo sé, Keyla, estaba todo bien y ha desaparecido!
Un Zippo plateado. El mismo que yo solía usar. Con un nombre grabado.
Ezequiel.
Lo apreté con tanta fuerza que las bisagras crujieron.
Bastián seguía hablando con Keyla.
Entré en la casa y llamé a Enzo.
Dos pitidos y el capo contestó.
No dejé que hablara.
—La tienen. Se la han llevado —informé.
Oí su respiración. Solo eso. Después de unos segundos comenzaron a llegarme los estruendos y los gritos despiadados. Los insultos y las amenazas en italiano. Colgué.
—¿Qué hacemos? ¿Por dónde empezamos a buscar? —preguntó Bastián.
—Nos vamos a Irlanda —sentencié. Arrojé el Zippo al suelo.
—Ya hemos buscado allí.
—¡Pues volveremos a buscar!
—¡Maldito bastardo de mierda! ¡Te dije que no te acercaras a ella! —Enzo volvió a golpearme.
—¡Parad de una vez! —Keyla no dejaba de meterse en medio. Intentábamos tener cuidado, pero aquella mujer era cabezota.
Bastián estaba apoyado en el capó del coche. Todos habíamos viajado a Irlanda. Nosotros fuimos en barco. Enzo había llegado antes que nadie. Vino en el jet de la familia, con quince de sus hombres de confianza que se mantenían a raya, firmes y cautelosos.
Keyla acababa de aterrizar tras un vuelo de casi siete horas, las mismas que llevaba Mia desaparecida.
—Tenemos que ponernos en marcha —indicó Keyla una vez más, y me dio un empujón para que me alejara de Enzo.
Este la miró y le sacó un dedo. Bastián se tapó la boca con el antebrazo para no reírse. Era la primera vez que reaccionaba desde que Mia había desaparecido. Yo la miré fijamente.
—Estoy de acuerdo. Enzo —lo llamé—, mis hombres llegarán mañana por la mañana en diferentes vuelos para no levantar sospechas. ¿Cuántos tienes tú?
Él apretó la mandíbula y volvió a fulminarme con la mirada.
—He traído quince, pero hacen por treinta. En caso de necesitar refuerzos, di órdenes para que lo tuvieran todo preparado. Máximo, mi primo, se encargará mientras tanto. Y mañana llega Iván con los rusos. Supongo que vendrá Gabriella.
Mierda.
Miré a Keyla.
—¿Se lo has contado tú?
—No —interrumpió Enzo—. Lo he llamado y le he dicho que hable con ella. Lo habría averiguado de todas maneras y no quiero que me corte las putas pelotas.
Tenía razón, y cuantos más mejor, pero tener a la hermana de mi futura esposa —porque era la mujer de mi vida, no tenía ninguna duda—, una loca psicópata y encima preñada de tres meses, no era buena idea.
Principalmente me preocupaba que le pasara algo, pero también que acabara liándose a tiros con media ciudad.
—Vamos.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Keyla.
—Levantaremos hasta la última piedra del país. Solo han pasado siete horas. Mis hombres están en ello.
—Carter también nos ayudará, he contactado con él.
—¿Enzo?
—Mis hombres están con ello desde Italia.
Asentí.
—Pues vámonos.