45. Mia
MIA
Era de noche cuando llegamos a la casa franca de Alexander en Galicia. Aunque más que una casa, aquello parecía…
—¿Es un monasterio? —pregunté mirando la arquitectura. Era muy bonita.
—Sí. Bueno, lo era. Llevo dos años reconstruyéndolo.
—No mientas, hermano, ha sido la empresa de construcción —replicó Bastián al pasar a nuestro lado.
—¿Quién si no?
—Has dado a entender que lo habías hecho tú con tus propias manos.
Puse los ojos en blanco. Se habían pasado todo el camino hasta aquí discutiendo por tonterías, saltando a cada cosa que decía el otro. Estaban insoportables.
—¿Tenéis hambre? —los interrumpí—. ¿Sueño?
Ambos estaban cansados. Se les notaba. Alexander… Después de lo de anoche, era comprensible.
—Bastián, ¿qué hiciste anoche?
Una sonrisa enorme se extendió por su rostro.
—Vigilar la casa para que pudierais follar tranquilos. —Abrí los ojos—. ¿Qué? Esa gente nos está buscando. ¡De nada!
—Gracias, hermano —contestó Alexander, cruzado de brazos.
—Alguien que por fin reconoce mi duro trabajo.
—Gracias, sí, pero podrías decir las cosas con un poco más de tacto, Bastián —añadí.
Comencé a andar hacia la que imaginaba que sería la puerta principal.
—Anoche no pedías tacto, principessa .
—¡Bastián!
—¡¿Qué?! —gritó cuando me giré para fulminarlo con la mirada.
Volvió a gritar cuando Alexander le dio un golpe en la cabeza.
—Habla bien, joder —gruñó. Después se acercó a mí y me cogió en volandas. Me dio un beso y yo le rodeé el cuello con los brazos—. Bienvenida a tu nueva morada.
Después de la cena, una sencilla porque no quisimos parar a comprar, salí al jardín delantero.
Alexander estaba conectado al ordenador para ponerse al día con Keyla, y Bastián había ido a darse una ducha.
A la mañana siguiente llegaría Minerva para traernos todo lo necesario.
Ropa, comida, un botiquín de primeros auxilios por si acababan matándose o yo les arrojaba un cuchillo para que se callasen…
El antiguo monasterio tenía una bóveda subterránea llena de armas y munición que Alexander había exportado poco a poco.
Cuando me la mostró, dijo que aquel era el mejor lugar de la casa y que el imbécil de mi cuñado podría ser muchas cosas, pero que lo bueno que tenía era que había fabricado la mayoría.
Había bastante humedad. La hierba que crujía bajo mis pies descalzos estaba mojada. Se veían las estrellas.
Me habían vuelto a sacar de mi vida, pero esta vez se sentía diferente.
Esta vez podría haber dicho que no y estaba segura de que Alexander habría encontrado la manera para que yo pudiera quedarme en casa.
Aunque hubiera tenido que hacer guardia las veinticuatro horas del día en la misma puerta de entrada.
Me había dicho que me amaba y sabía que era verdad. Lo supe la primera vez que lo dijo, aquella noche en la que todo se convirtió en un caos absoluto. La noche que se marchó para rescatar a Gabi.
Y sabía que daba igual lo que pasase a partir de entonces, porque jamás dejaría que volviera a irse.
No me importaba si estábamos en peligro o si su cabeza y la mía tenían precio.
Él había dicho que haría lo que fuera para mantenerme a salvo, pero nadie sabía, ni siquiera él, lo que yo estaría dispuesta a hacer para que ese hombre, aquel niño que tuvo que crecer tan rápido, no volviera a sentir miedo.
Respiré, aliviada.
Me di la vuelta, dispuesta a entrar en la casa para ir en su busca. Porque quería tocarlo, besarlo y decirle cuánto lo quería. Como había hecho la noche anterior.
Entonces lo vi.
Un punto rojo en la lejanía, a mi derecha. Me paré en seco.
Y después lo sentí.
La respiración en mi nuca.
—Hola, principessa —susurró Ezequiel. Fui a darme la vuelta, pero me agarró de los codos—. No, no, no. Quieta.
Me apretaba tan fuerte que dolía.
—Me estás haciendo daño —supliqué, pero su agarre solo empeoró.
Me retorcí, quería que me soltara, pero la luz roja brillaba justo encima de mi corazón. No llevaba armas. Había dejado el cuchillo que me dio Alexander en la mesa de la entrada.
—¿Ves esta lucecita, cariño? —Colocó el dedo justo encima, apretando con fuerza.
Gemí e intenté soltarme, pero me rodeó con los brazos y me dio la vuelta para que lo mirara—.
A la derecha hay un francotirador. —Miré en esa dirección, de allí provenía la luz—.
A tu izquierda, un grupo de doce hombres armados, deseosos de ponerle la mano encima a la mierda alemana que te follaste anoche.
Estaba temblando.
—No quiero matarte, no todavía —explicó al tiempo que echaba un vistazo a mis espaldas, al interior de la casa—. No hace falta que te explique que tienes que estarte calladita, ¿verdad?
Negué con la cabeza. Tragué saliva y controlé las lágrimas.
El hombre de la derecha, el francotirador, venía hacia nosotros. Llevaba un pasamontañas negro.
Ezequiel volvió a girarme. Alexander seguía en el ordenador, discutiendo con alguien por los aspavientos que hacía con los brazos, y ahora tenía una luz roja justo en la cabeza.
Sollocé. Ezequiel me cubrió la boca con la mano para amortiguar mis gritos. Intenté que me soltara. No veía nada con las lágrimas excepto esa condenada luz.
—Por favor, no. ¡No! —seguí suplicando para que me soltara, para que no le hiciera nada.
—Te explicaré lo que va a pasar. Tú te vienes conmigo, no gritas, no te resistes, y él vivirá un día más. ¿Lo has entendido?
Asentí. Me dejé caer sobre las rodillas.
—Vamos —ordenó. Me cogió del brazo y tiró para que lo siguiera.
El agarre no fue delicado. Provocó que trastabillara por el camino.
Casi corríamos y cuando llegamos a la linde del terreno, donde comenzaban los árboles que rodeaban el monasterio, vi que no había mentido.
Había más de diez hombres. Los conté. Los observé en busca de una cara conocida.
Todos me miraban de la misma manera que Ezequiel. Con asco. Con odio.
Me arrojó a los brazos del primero que nos cruzamos.
—Dejadla inconsciente.
Grité, pero de nada sirvió.
Aquel hombre no dudó y me dio un golpe con la culata del arma.