Obsession (Almas Letales 2) 44. Mia
66%

44. Mia

MIA

Tenía a Alexander a mis pies, con la cabeza a la altura de mi coño. Me miraba a los ojos, a la espera de que le diera permiso.

El corazón me iba a mil. Mi cuerpo no paraba de temblar.

Lo deseaba. Lo quería. A él, solo a él.

Lo necesitaba.

Asentí.

Y con el primer leve movimiento de mi cabeza, se lanzó a por mí.

Gemí con el primer lametazo. Me recorrió desde detrás hasta delante. Me rompí cuando llegó a ese punto tan sensible y lo mordió.

Subió las manos por mis muslos para abrirlos, sin parar de devorarme, raspándome con sus dedos callosos. Dios santo.

Me cogió por detrás del culo y me alzó ambas piernas sobre sus hombros. Tuve que agarrarme de su pelo cuando nos puso en pie y giró. Dio largas zancadas hasta que me estrelló contra la pared y continuó.

Enredé los dedos en él, tirando para guiarlo. Él sabía lo que quería, cuándo y cómo. Miré hacia abajo y vi su lengua ir desde mi culo hasta ese punto, una y otra vez.

—Alexander —gemí.

Nos separó de la pared para volver a estrellarme contra otra. Sentí el golpe, la madera, y que me tratara así solo me creo más necesidad de él.

Se separó de mi cuerpo para meterse un dedo en la boca y luego pasearlo por toda mi vagina, desde la vulva hasta los labios.

—Eres una princesa a la que le gusta que la traten como a una guarra.

—Sí —aseguré. Estaba fuera de mí. Y cuando introdujo dos dedos, mirándome de la manera que lo hacía, puse los ojos en blanco. Apreté las piernas alrededor de sus ásperas mejillas. Lo agarré del pelo y volví a conducirlo a ese lugar—. Dios santo.

—Cielo —gruñó—, estás chorreando.

Lamió más rápido, empujó más fuerte.

Y cuando estaba a punto de correrme, paró.

Vi cómo se sacaba su perfecta y gruesa polla. Entonces dobló un poco las rodillas.

—Agárrate a mi cuello.

Y eso hice.

Me agarró los muslos y los soltó de sus hombros. Me dejé caer y él me condujo hasta meterse en mí. De un solo golpe.

Ambos gemimos. Noté su boca en mi cuello. Los besos desesperados. Yo apenas podía respirar.

Salió de mí y volvió a enterrarse hasta el fondo. Guio mis piernas para que lo rodeara con fuerza. Hasta que estuvimos tan pegados que nada ni nadie hubiera podido separarnos. Después, volvió a estamparme contra la pared. El impacto, mientras lo tenía dentro, fue maravilloso.

Entonces, Alexander me abrió los muslos y comenzó a follarme con la desesperación y el anhelo que le había pedido.

Me apretaba tanto con las manos que dolía. Sentía sus labios en todas partes, me mordía la barbilla mientras gruñía, me comía las tetas mientras botaban. Me devoraba la boca.

—Joder, cielo. Cómo he echado de menos este precioso coño.

Asentí, mirándolo fijamente. Porque quería que me follara de esa manera. Que se deshiciera por mí. Y lo vi todo. Vi el brillo de sus ojos. Cómo contemplaba todo mi cuerpo sin saber dónde tocar o besar. Cómo resoplaba. Cómo me follaba mientras me miraba con un amor imposible de explicar.

—¡Mierda, joder! —gritó antes de separarme de la pared para dejarme en el suelo y darme la vuelta. Me cogió las manos y las puso en la pared para follarme por detrás—. Necesito estar más adentro, cielo. Necesito…

—¡Sí, sí, sí!

Me agarré a los troncos de madera, hincando las uñas en ellos hasta que volví a sentirlo.

No podía más.

Alexander me agarró de la cadera, me tiró del pelo como si fueran unas riendas y me rompí. Lo recibí en cada golpe. Ese era el único sonido de la noche, el de nuestros cuerpos, junto con mis gemidos, que se entremezclaban con los suyos.

Hasta que no pude más. Le entregué lo que quedaba de mi alma.

Alexander me sujetó de la cintura cuando las piernas me fallaron. Sentía su respiración en el cuello, el roce de su barba. Inhaló mi aroma y me besó justo en esa parte.

Llevé las manos a donde las suyas estaban, enredadas a mi alrededor. Intentaba enlazar nuestros dedos, pero él debió de pensar que quería que me soltara porque emitió un gruñido que no llegué a entender y me rodeó con más fuerza. Casi me echo a reír, si no fuera porque apenas podía respirar.

—Eres un bestia.

—Y a ti te encanta.

Ladeé la cabeza para darle mejor acceso. No había parado de besarme.

Cerré los ojos.

—Te he echado de menos —susurró. Abrió las palmas de las manos para tocarme con total libertad, recreándose—. Tu piel. Tu olor. Tu pelo.

Me giré antes de que dijera nada más.

—¿Me amas?

—Te lo dije una vez —sentenció sin dejar un solo espacio a la duda—.

Por si no te quedó claro, cielo, sabes de sobra que mataría por ti, pero lo que siento no se queda ahí.

Daría mi vida y mi propia alma. Haría cualquier cosa por mantenerte a salvo.

Dejaría todo lo que tengo, ahora mismo, todo lo que conozco y poseo solo por estar un día más a tu lado.

¿Te crees que no lo he pensado? Irnos tú y yo al fin del mundo Dejarlo todo.

Me vendría aquí a vivir contigo. —Sonreí con solo imaginarlo viviendo en Castiglione della Pescaia—.

Donde quieras, mi amor. Iría contigo a donde fuese, pero antes tengo que acabar con todos esos monstruos que quieren hacerte daño.

No dejaré que vivas en un mundo lleno de tanta mierda.

Eso no es debatible. —Asentí—. Claro que te amo, Mia.

No sabía lo que era el amor hasta que te conocí.

Y duele, ¿sabes? Amar a alguien. —Se llevó la mano al pecho—.

Es precioso, como tú, pero necesito saber que estás a salvo o acabaré loco.

Volví a sonreír y esta vez Alexander me imitó. Parecía más joven. Era feliz.

—Esa sonrisa que tienes… —Me besó, con una intensidad que solo se lee en los libros, y me agarró de las mejillas, mordiendo y sonriendo a la vez—. Esa sonrisa es lo más bonito que he visto.

—Yo también te amo. Y haría lo que fuera por ti.

—Lo sé, cielo.

Le di un manotazo antes de que volviera a besarme.

—¿Y ahora qué? —preguntó con curiosidad.

—Ahora es cuando me llevas a la cama y me haces el amor.

Y así lo hizo, durante horas y horas llenas de placer, descansos, confesiones. Sus manos siempre estuvieron en contacto con alguna parte de mi cuerpo. Ni siquiera dejó que saliera de la cama para apagar la luz cuando estuvimos tan cansados y satisfechos que no podíamos más.