43. Mia
MIA
Lo escuché alejarse de la puerta y respiré aliviada. No estaba preparada para volver a enfrentarme a Alexander. No, desde luego que no. Un solo minuto más a su lado y acabaría suplicándole que me follara en la encimera de la cocina. En la cama que tenía detrás. En el mismo suelo que pisaba.
No. Tenía que alejarme de él.
Dios santo.
Seis meses odiándolo. Seis meses preocupándome por si estaba bien, por si había conocido a otra mujer, por si había sido capaz de tocarla. Seis meses de mierda, joder.
La cabaña era de madera. Muy bonita para estar en medio de la nada.
La cama era enorme. Debía descansar, pero antes…
Vi una puerta al fondo. Suponía que sería el baño y ojalá lo fuera, porque estaba a punto de derrumbarme.
Bingo.
Llené la bañera con agua templada y me desnudé. Doblé la ropa con cuidado. No era ninguna mentira que solo tenía esa muda y que dormiría desnuda.
Me agarré a ambos lados de la bañera y respiré.
Estuve así diez, quince minutos. Respirando.
Hasta que oí el estruendo de los cristales al romperse. Me puse en pie de un salto buscando algo con lo que defenderme. Mierda.
Salí de la bañera y casi me mato. Me resbalé con el suelo mojado. Tuve que sujetarme al lavabo.
La puerta se abrió de un portazo.
Y cuando miré al espejo, vi a Alexander.
Alexander
Me dijo que si derribaba la puerta del dormitorio podrían verla desnuda, pero no dijo nada de la ventana, así que rompí el puto cristal y me colé.
Derribé la puerta del baño de una patada tras asegurarme de que no estaba detrás, ya que se escuchaba el chapoteo del agua. Entonces la vi agarrada al lavabo, desnuda, chorreando. Con las piernas abiertas, con su dulce y perfecto coño esperándome.
Me abrí la bragueta de un tirón, provocando que el botón saliera por los aires y que la cremallera se rasgara. Escuché el gemido de Mia. Sus ojos viajaron por todo mi cuerpo. Me quité la camiseta justo cuando me coloqué detrás.
La agarré de las caderas y la pegué a mí para que sintiera cuánto la deseaba, cuánto la necesitaba.
Su mirada estaba fija en el espejo, me miraba a través de él, pero cuando sitió mi polla entre sus glúteos su cabeza cayó hasta chocar contra el lavabo. No paraba de gemir.
—No me hagas esto —susurró—. Se suponía que si volvía a verte te mandaría la mierda.
Le dio un manotazo al lavabo.
—Si me fui, fue para protegerte. —La agarré del pelo sedoso. Tiré con fuerza para que me mirara—. No pienso alejarme más de ti. Nunca más.
La segunda promesa que había hecho en mi vida. La primera fue proteger a Bastián.
—Alexander…
—Sé que me amas, Mia. Aún no me lo has dicho, pero yo lo sé, joder. Por cómo me miras, por cómo sonríes como si yo fuera el maldito sol, cuando soy el monstruo predilecto de la oscuridad, pero aun así lo haces —aseguré—, y necesito mostrarte cuánto lo hago yo.
Tragó saliva.
Respiraba de forma entrecortada, aún aferrada al lavabo.
Sus ojos… Vi el cambio. Vi la decisión.
—¿Vas a hacerme el amor? —preguntó en un susurro.
Asentí.
Le haría el amor. Le haría todo lo que me pidiera. Le daría mi alma en bandeja.
—No quiero que me hagas el amor, Alexander. Primero quiero que me folles, que me enseñes cuánto me has echado de menos.
Gruñí antes de agarrarla de la cintura y darle la vuelta.
Le abrí las piernas con las mías y me dejé caer sobre las rodillas.