Obsession (Almas Letales 2) 42. Alexander
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42. Alexander

ALEXANDER

Quería comérmela a besos. Morderle esas malditas mejillas sonrojadas. Dios, cómo la había echado de menos. Me dolía hasta el alma por tenerla de nuevo tan cerca.

Estaba diferente. Más bonita. Más preciosa. Más fuerte.

La había besado. Bastián me había hecho prometerle que no lo haría, que después de cómo nos despedimos tendría paciencia con ella, más aún si habíamos vuelto para llevárnosla, pero cuando la vi…

Cuando por fin supe que no había más irlandeses en la Toscana, que ella no corría ningún peligro, no pude controlarme.

Llevaba toda la noche vigilando, a la espera de que pusieran un pie en el apartamento solo para rajarles las garganta. Y Dios, cómo lo disfruté. Después vino la mejor parte: acercarme a ella, tocarla, aunque fuera un simple roce en la mejilla.

Sabía que no me conformaría con eso. No esa noche. Ni nunca.

Seis meses sin ella.

Seis meses vigilándola a miles y miles de kilómetros de distancia. Obsesionado. Desesperado porque los irlandeses dieran un paso en falso.

No había nada.

Había llamado a Keyla para que me ayudara a encontrarlos.

Incluso volvió de Colombia, donde se había marchado con Carter.

Me presenté en la mansión de Enzo y se lo conté todo.

Me dio una paliza. No diré que me dejé porque no fue así, pero sí que me pilló con la guardia baja.

Me amenazó, me puso un arma en la cabeza, pero qué más daba rematar a un hombre que ya estaba muerto por dentro.

Sin ella, ya nada importaba.

Bastián seguiría con su vida. Le dejaría una fortuna. Además, tener a un hermano como yo no era fácil. Eso lo sabía.

Los tres, Enzo, Keyla y Bastián, ideamos un plan.

Lo que le había dicho a Mia era real. Llevaba seis meses moviéndome por el mundo.

Aeropuertos, aduanas, puertos, todos ellos llenos de cámaras de vigilancia, nada de lugares clandestinos.

Necesitábamos sus rostros. Casi los pillamos en Alaska, pero se habían estudiado los ángulos, los puntos muertos y se movían como fantasmas.

Keyla fue quien dijo que usáramos a Mia. Enzo casi la mata a ella también.

Hasta que decidimos que aquella sería la única forma de hacerle creer que nos marcharíamos para desaparecer de verdad. Regresar a por ella, sacarla del país sin la protección de cincuenta hombres.

Ezequiel sabría que ese sería el momento de atacarme.

Volví a mirarla, se había apoyado en la encimera; seguro que buscaba las palabras adecuadas para mandarme a la mierda.

Me gustaba esta Mia. Tanto como la Mia inocente, igual que la Mia que me pedía entre gemidos que le hiciera de todo. Me gustaba ella. Estaba enamorado de ella. Lo quería todo con ella.

—Entonces, ¿el plan es sacarme de Italia, ir a España y esperar?

—En ese pueblo no hay pista de aterrizaje. La más cercana y segura está a ciento cincuenta kilómetros y es un aeropuerto con solo dos líneas de vuelo. No hay nada más. Si quiere venir a por ti, tendrá que arriesgarse.

Mia asintió.

—Podría hacer el viaje en coche.

—Podría, pero solo hay dos formas de entrar. La carretera principal o la costa. Si es por carretera, lo tendríamos; y si es por la costa, lo veríamos llegar. Únicamente hay un pequeño embarcadero.

—¿Tan pequeño es?

—Lo es. Por eso tengo allí esa casa.

—¿Por qué no fuimos al pueblo cuando lo de Osso?

—Porque en mi ciudad estabas a salvo. Ahora no lo estás en ningún lugar, ni siquiera conmigo. —«Por mucho que eso me cabree. Lo odio».

—Ni una llamada. Ni un puto mensaje —recriminó cansada.

—No debía ponerme en contacto contigo.

—Podrías haberlo hecho si hubieras querido. Keyla te habría abierto camino.

—¿Y ponerte aún más en peligro? No.

Se retorció los dedos y me recorrió de arriba abajo con la mirada. Intentaba evitarlo con todas sus fuerzas. Comerme con los ojos.

—No sonrías así —susurró.

—¿Así cómo? —pregunté y di otro paso en su dirección.

Ya le había explicado el plan, así que solo quedaba solucionar la desesperación que tenía por tocarla.

—Como lo estás haciendo. Sabes perfectamente lo que provocas en mí, Alexander, y tengo demasiadas cosas que pensar ahora mismo.

Se pasó una mano por la frente. Se veía cansada.

Ya había amanecido y no hacía falta que me dijera que desde que la saqué de su casa no se había parado ni un segundo a descansar. La alfombra del salón era prueba de ello. Había hecho un cerco en el centro, me había fijado nada más entrar.

—Ahora estás a salvo. Los hombres de Enzo han limpiado tu apartamento y vigilan cada calle. Keyla está en directo con el aeropuerto, por si llega alguien inesperado. Y yo estoy aquí. Date una ducha y duerme tranquila.

Se le escapó una carcajada irónica. Incluso creí escucharla murmurar algo como: «Que duerma tranquila, dice», pero no estaba seguro.

—¿Dónde está mi dormitorio? —preguntó.

Le señalé la puerta que había al fondo del pasillo, justo detrás de ella.

—¿Hay cámaras aquí también?

—No.

—Muy bien.

Cuando se dio la vuelta, susurré:

—Ese también es mi dormitorio.

Mia se paró en seco. Me miro sobre su hombro.

—No va a suceder, Kane. Dormirás en el sofá.

Fui a replicarle, pero Mia salió corriendo. Y justo antes de que pudiera llegar a ella, me cerró la puerta en las narices, incluso escuché el cerrojo. Dios, sabía que eso me pondría furioso… y cachondo.

—Mia, cielo, sabes que estos juegos —golpeé la puerta para ver su entereza. Podría echarla abajo— solo provocan que me gustes más aún.

—Si tiras la puerta abajo, tu hermano me verá durmiendo desnuda. Tú sabrás.

—¿Qué? —Me quedé paralizado.

—Solo tengo una muda. Si tiras la puerta, que seguro que es lo que estás pensado ahora mismo mientras resoplas como un cavernícola, Bastián me verá durmiendo sin bragas.

Volví a resoplar.

Retrocedí un par de pasos y pensé.