41. Mia
MIA
No paré de dar vueltas y más vueltas en el salón de la casa franca de ese par de… imbéciles. Eso es lo que eran.
Dos imbéciles que se suponía que habían desaparecido.
Bueno, al menos uno de ellos. Hacía seis meses nos habíamos despedido, pero Bastián me había llamado a las dos semanas.
Me pidió perdón una y otra vez por marcharse ambos de mi vida de la manera que lo hicieron, con un simple adiós. Sin darme ni una sola explicación.
Minerva también insistió. Vino un par de veces a visitarme supuestamente por trabajo, pero se había tomado la molestia de hacerlo y de esperar durante una semana a que cerrara el restaurante para verme un rato cada noche y saber cómo estaba.
Me juró que ella no sabía nada sobre el plan de los hermanos Kane.
Los había llamado para saber su paradero, pero ninguno de los dos quiso darle detalles.
Lo único que sí me aseguró fue que la habían dejado a cargo de la empresa en su ausencia.
No quise herir sus sentimientos, pero verla después de lo que pasó solo me traía recuerdos que intentaba olvidar.
Como ahora.
Estábamos en una cabaña de madera en mitad de la nada. Rodeados de campos de olivos que la ocultaban a los ojos de cualquiera que pasara por las cercanías. Yo misma había transitado la carretera más próxima y jamás la había visto.
Era muy bonita. Acogedora. Olía a campo, a verano.
Tenía lo básico. Una cocina abierta acompañada de una pequeña isla de madera que daba a un salón donde había un par de muebles y dos sofás separados por una alfombra. Al otro lado de la cocina se veían dos puertas. Supuse que conducían a los dormitorios.
Estábamos en el salón, yo de pie, sin poder estarme quieta, mientras que Bastián se había sentado en uno de los sofás con el brazo estirado sobre el respaldo.
Alexander no había regresado y habían pasado ya dos horas desde que se bajó del coche.
—Por favor, Bastián, repíteme lo que me acabas de decir, porque de verdad que no lo asimilo —supliqué tras pararme en seco.
Bastián suspiró y miró a la puerta una vez más.
—Llevamos seis meses buscando a esos hijos de puta. Fuimos a Brasil, Canadá, incluso a la puta Alaska. Te aseguro que allí hace un frío de cojones.
—No lo entiendo.
—Son como una sombra. Y no solo quieren a Alexander, te quieren a ti para llegar a él.
—¿Por eso os largasteis y me dejasteis sola?
—No te dejamos sola, los hemos estado alejando de ti. Alexander se alejó para apartarlos. Para que creyeran que no eras nada para él.
Resoplé, porque aquella era la excusa más estúpida que había escuchado hasta entonces. Por supuesto que no era nada para él.
—Sabes que soy una principessa de la mafia, ¿verdad?
—¿Y?
—Tengo un maldito ejército a mis espaldas. ¡El mismo que mandé para que os protegiera! Joder. ¿Y dónde está mi gato?
—Ese cabronazo, al que deberías cortarle las uñas, por cierto, se ha escapado.
—No me extraña.
—¿No estás preocupada?
—Es un gato callejero. Eligió mi casa como suya, entra y sale cuando quiere. Lo más probable es que haya regresado allí tranquilamente para robar las capturas de los pesqueros mientras descargan.
Escuché el sonido de la puerta al cerrarse nada más decir la última palabra.
Respiré aliviada. Me di la vuelta y allí estaba, quitándose la máscara, que reveló una barba más larga de lo normal en él.
Tenía sombras oscuras bajos los ojos, con los que me repasó de arriba abajo.
Mierda. ¿Por qué tenía que ser tan atractivo?
Incluso tras haber pasado la noche en vela y después de haber asesinado a Dios sabe cuántos monstruos.
Tragué saliva.
Alexander arrojó la máscara encima de una cajonera que había al lado de la puerta.
Esos ojos me estaban devorando, me consumían.
Apretó la mandíbula y dio un solo paso en mi dirección.
Alzó la mano, solo un poco, como si no pudiera evitar ir en mi busca.
No me miraba como en mi casa. Para nada.
Aquella expresión la conocía. Quería tocarme.
Lo deseaba tanto que hasta podía sentirlo en la piel.
—Atrás —susurré, señalándolo con un dedo.
Alexander comenzó a negar. Al principio lento, pero después… después sonrió con gesto felino, meneó la cabeza de manera desquiciada y se acercó. Solo dos pasos.
Estampó la boca contra la mía y me robó un gemido mezclado de sorpresa y placer que se sumó a su gruñido de desesperación. Me besó como si fuera la última vez, me abrió la boca con la suya y apoyó ambas manos en cada una de mis mejillas, presionándolas con fuerza para guiarme.
Todo dejó de existir.
Noté su cuerpo duro contra el mío. Caliente. Desesperado. Su lengua al explorar cada recoveco de mi boca. Su respiración.
Hasta que recordé toda la mierda por la que había tenido que pasar cuando se marchó.
Lo aparté de un empujón y me alejé de él todo lo que pude, hasta chocar contra la pared al otro lado del salón.
Ambos respirábamos entre jadeos. Sin dejar de mirarnos.
—Eso ha sido… —comenzó a decir Bastián, pero entonces saqué el puñal que aún guardaba en la cintura del pantalón.
Fui rápida, más de lo que ya lo era. Había estado practicando aquellos seis meses, y no solo con el cuchillo, también a disparar. A defenderme.
Apunté a su maldita cara perfecta, pero lo desvié en el último segundo. ¡Joder! Había puesto una foto suya en el tablón de madera con el que había practicado y cuando por fin lo tenía enfrente dudaba.
El puñal se clavó en la pared de su espalda, no sin antes hacerle un corte en la sien.
Ni siquiera parpadeó. Su ojos estaban fijos en los míos. Su sonrisa creció.
—Cielo, sabes que eso solo me la pone más dura.
Esa voz… ¡No, por favor! ¡No!
—Estás enfermo. Eres un maldito perturbado.
—Desde luego que sí. Por ti —aseguró acercándose.
Bastián se había puesto en pie, así que hice un quiebro para evitar a Alexander y corrí hacia su hermano. Lo empujé para usarlo de escudo.
—¡Eh! ¡No, no, no! —exclamó. Lo aferré de la camiseta para impedir que se quitara—. ¡Suelta, coño!
—No des un solo paso más, Carnicero.
—Oh… Vuelvo a ser el Carnicero —susurró con los dientes apretados.
Apartó a su hermano de un empujón.
—Pero ¡bueno! —gritó Bastián, que se alejó de nosotros.
Lo seguí hasta llegar a la cocina sin perder de vista a Alexander. Bastián se dirigía a las puertas del fondo de la casa cuando su teléfono comenzó a sonar.
—¡Putos enfermos! —gritó antes de contestar—. ¿Diga? —Después escuché el portazo de una de ellas y nos quedamos solos.
Alexander gruñó para que volviera a prestarle atención.
—Tú fuiste el que me pidió que te llamara así.
—Estoy deseando escuchar cómo gimes y gritas mi maldito nombre mientras te meto la polla en ese precioso y delicado coño que tienes, cielo.
Me agarré a la encimera. «Respira. Recomponte. Estúpida».
—Eso no sucederá —aseguré.
—Te prometo que sí.
Estaba tan cerca…
—No.
—Sí.
—No —contesté.
Apoyó ambas manos en mis caderas. Tanto entrenar, tanta defensa personal y no era capaz de moverme, porque si le ponía un dedo encima no sabía si sería para darle un puñetazo o para aferrarme a él.
—Acabarás rogándomelo —aseguró.
—No antes que tú a mí.
—Puedo empezar ahora mismo —suplicó.
Su mirada me dejó sin palabras. Me observaba, se fijaba en cada detalle de mi rostro, en mi pelo.
Se llevó primero una mano enguantada, y luego la otra, a la boca, turnándolas para no dejar de tocarme, con el objetivo de quitarse los guantes con los dientes.
Después volvió a colocarlas sobre mis caderas, realizando pequeños círculos con el pulgar.
No sabría decir cuánto tiempo estuvimos así, mirándonos. Recordando cada detalle de nuestros cuerpos. No intentó volver a besarme.
Subió una mano para recoger un mechón de mi pelo y tocarlo.
—Quieres que empiece a suplicar ya, ¿eh?
—Dejó de mirarse la mano, envuelta en mi pelo, para clavar los ojos en mí—.
¿Quieres que te diga lo que he padecido al estar sin ti?
La ansiedad. El miedo de no poder estar cerca para protegerte, para abrazarte cada noche.
La desesperación y la culpa me han carcomido vivo.
Me dije que tenía que alejarme de ti para que estuvieras a salvo.
Lo hice. Y mira lo que ha estado a punto de ocurrir esta noche —suspiró y me agarró más fuerte de las caderas—.
Dime qué tengo que hacer para que me perdones, Mia —susurró contra mi frente—.
No puedo vivir un solo segundo más sin tu perdón. Sin ti.
Parpadeé, intentando controlar las lágrimas que luchaban por salir. Tenía un maldito nudo en la garganta que parecía acero fundido. Dios, cómo quemaba.
Negué con la cabeza.
Los últimos seis meses me había dedicado a reconstruirme a mí misma. A cerrar todas las heridas supurantes que él había dejado a su paso. No había llegado a conseguirlo, claro que no. Podía darle mi perdón, pero no lo demás.
—Te perdoné hace tiempo —contesté alejándome de él. Di un paso a la derecha, pero su mano me impidió que fuera más allá.
—No te alejes de mí.
—Tú fuiste quien lo hizo, ¿recuerdas? Me dejaste. Te marchaste después de decirme que eras un monstruo y yo solo un trato.
—Y lo soy.
Quise decirle que aquello no era cierto.
Que los monstruos no dejaban notitas junto al plato vacío de los pasteles de limón, aunque no le gustara el dulce, porque sabía que a mí me encantaba prepararlos.
Que no compraban libros de romance para que yo pudiera leerlos.
No me abrazaban cada noche ni me tocaban el pelo porque sabían que así me relajaría.
No preparaban baños de espuma. No traían las toallas directas de la secadora para que estuvieran calientes.
No hacían mil y una de las cosas que él sí hizo conmigo.
Pero me callé.
—¿Qué está pasando, Alexander? ¿Por qué has vuelto?
Esta vez dejó que me apartara. Me apoyé justo donde terminaba la encimera, esperando a que me contara cuál sería el plan a partir de ahí.
—Enzo sabe que te han estado siguiendo la pista. Sus hombres llevan seis meses vigilándote.
—Llevan haciéndolo desde que me mudé aquí hace casi cuatro años. No soy estúpida. Son buenos, saben camuflarse, pero no lo suficiente.
—Yo llevo un mes aquí y no te has dado cuenta.
Sonreí. Sí que me había dado cuenta, pero no quería pensar que fuera él. Deseaba que no. Me aterraba que fuera él. Ese tiempo había tenido la sensación de que alguien me observaba.
—No te distraigas.
—Esa sonrisa me distrae mucho, cielo. —Su mirada iba de mis ojos a mi boca—. Joder. Bueno, Enzo, Keyla y yo llevamos seis meses intentando pillar a los irlandeses, pero ha sido difícil. Si no han venido antes a por ti, ha sido porque sabían que estabas vigilada las veinticuatro horas del día.
—¿Cámaras?
—Las instalé la misma noche que me marché, hace seis meses.
—¿Me has estado espiando todo este tiempo?
—He reproducido una y otra vez las grabaciones donde te masturbabas con mi nombre, así que no finjas que me has olvidado.
—¡Alexander!
—Te retorcías en la cama mientras gemías…
—¡Joder, tío! No quiero seguir con esta mierda —gritó Bastián a nuestras espaldas. ¿Cuándo había vuelto?
Ni siquiera me había dado cuenta de que había entrado en la cocina ni de que había tomado asiento en el sofá.
Me llevé una mano a la cara intentando esconder no solo las mejillas, que deberían estar sonrojadas, sino también el cabreo que tenía. A la mierda.
—Pero ¡cómo te atreves!
—¿De verdad creíste que me marcharía así sin más?
—Sí.
—Lo nuestro fue real, Mia —gruñó cruzándose de brazos.
—Lo nuestro es pasado.
—Lo nuestro…
—Olvida lo de las cámaras. Continúa.
Alexander me miraba como si quisiera despellejarme viva, pero a la vez follarme sin piedad. Se mordió el labio de abajo y miró al techo antes de sonreír.
—Tenemos que marcharnos. Mañana como muy tarde.
—No.
—Nos vamos a España. A un pueblo de Galicia donde tengo una casa franca.
—Te he dicho que no.
—Cielo, me encanta cuando te enfadas y pones esa cara.
Me la pone muy dura, de verdad. Si me dejaras, te follaría aquí mismo, con la ropa puesta, pero tenemos que salir de Italia para que ese imbécil nos siga la pista y tenderle una emboscada.
Tienes que venir conmigo porque si no se creerá que es otra de mis jugadas.
Necesito que revele su posición. Se ha cansado de jugar al gato y al ratón.
—¡No voy a ir contigo a ninguna parte! Se suponía que toda esta mierda había terminado.
—Si no vienes conmigo, sabrá que es mentira.
—Pero ¡¿por qué?!
—Porque ese cabrón sabe que tú eres lo único que me haría caer.
Negué, parpadeando con rapidez. Esto no podía estar pasando otra vez.