40. Mia
MIA
Me despertó una suave y leve caricia en la mejilla parecida al roce de una pluma. Pensé que me lo había imaginado, que el calor que se había extendido por todo mi cuerpo no era real, que una vez más estaba soñando con él, aunque no fuera verdad. Hasta que volví a sentirla y abrí los ojos.
Aspiré el aroma a jabón, a él.
Alexander Kane.
Ver a un hombre de casi dos metros iluminado tan solo por la luz de la luna y que portaba esa máscara de pesadillas no era una visión tranquilizadora. Mi primer instinto fue gritar tan fuerte como me lo permitiesen los pulmones, pero no pude. Él no me dejó.
Me conocía, sabía cómo reaccionaría y antes de que pudiera emitir ningún tipo de sonido me tapó la boca con una mano enguantada a la vez que con la otra me indicaba que guardara silencio.
Era preocupante y propio de él que, después de seis meses desaparecido, hubiera decidido que el mejor momento para colarse en mi casa o venir a visitarme fuera de madrugada.
Pero realmente no me angustié hasta que noté que la mano con la que me tapaba la boca estaba caliente, demasiado, y que una especie de líquido me manchaba los labios y las mejillas.
Su olor, junto con el del hierro, se coló por mis fosas nasales.
Sangre.
Abrí los ojos todo lo que pude e intenté apartarlo de mí, pero entonces dejó de ordenarme silencio con la mano para agarrarme del cuello y hacerme señas con los ojos.
No estábamos solos.
Miré en todas direcciones en busca de una explicación para lo que estaba pasando…
hasta que lo vi. Había un hombre tirado en el suelo, rodeado por un brillante charco de sangre que reflejaba la luz de la luna y que crecía y crecía.
Todo mi cuerpo se tensó. Grité contra la mano por puro instinto, pero el agarre en mi cuello se intensificó hasta dejarme sin aliento y me obligó a mirarlo. A él, solo a él.
Con movimientos felinos y silenciosos se inclinó sobre la cama, sobre mi cuerpo, hasta pegar la cara tanto a la mía que noté el roce de la tela de su máscara.
—No grites. No digas nada —susurró con urgencia, mirándome con firmeza. Asentí—. Necesito que te levantes y no hagas ni un solo ruido. Nos están observando.
Fui a preguntar, pero me hizo un gesto con los ojos y volví a asentir.
—Tengo que sacarte de aquí —indicó. Intenté incorporarme, pero antes de que pudiera moverme un solo milímetro me pasó un arma que no dudé en agarrar—. Vístete, ropa cómoda. No enciendas ninguna luz.
Tragué saliva. ¿Qué cojones estaba pasando? ¿De dónde había salido Alexander Kane? Y lo más importante, ¿por qué había un hombre muerto?
Cuando se incorporó, se alejó a una velocidad que aún me sorprendía y admiraba. Me puse en pie. Evité como pude la sangre que comenzaba a llegar a los pies de mi cama y avancé hasta la cómoda. Abrí el primer cajón y saqué un pantalón de deporte, una chaqueta fina y una camiseta.
Me giré para observar al hombre que había ocupado cada uno de mis pensamientos de los últimos seis meses. Estaba en la esquina más alejada de la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho, observándome.
Me di la vuelta y comencé a desnudarme.
Alexander Kane era una mala decisión, siempre lo había sido y seguía siéndolo. Que estuviera aquí y que hubiera un hombre desangrándose en el suelo solo significaba una cosa: peligro.
Eso era él.
Terminé de vestirme y me calcé unos tenis antes de volver a mirar en su dirección.
Aquellos ojos que me recordaban a la primavera estaban fijos en los míos.
Asintió y se acercó a mí. Me observó de arriba abajo de manera eficaz y sin ninguna prisa para la situación que estábamos viviendo.
Hacía nueve meses, cuando lo conocí, me hubiera robado el aliento. Seguramente hubiera hiperventilado, pero ahora… todo era diferente, y tanto él como yo lo sabíamos.
Aun con la máscara puesta aprecié que apretaba la mandíbula antes de agarrarme la mano para sacarnos del dormitorio. Cuando llegamos al umbral, me pasó un cuchillo enfundado. Me lo guardé en la cintura del pantalón.
—Hay otros dos hombres muertos en el salón. Si no quieres verlos, cierra los ojos y yo te sacaré de aquí —susurró sin apartar su mirada de la mía.
La manera de observarme era… No quería pensarlo ni saberlo, pero aquellos preciosos ojos expresaban demasiado. Y sentía, sin que lo dijera, que me había echado de menos. Lo hacía de la misma forma que antes, cuando vivíamos en una burbuja que había acabado por explotar.
Parpadeé varias veces para volver a la realidad.
Nueve meses antes lo habría hecho. Habría cerrado los ojos y hubiera dejado que él me condujera fuera de allí, pero ya no.
Ya no era esa chica. Ya no era la tímida y callada Mia Bianchi, la mujer prudente y observadora que no interfería en temas de la mafia ni en nada que se relacionara con el peligro.
Pensaba que estaba rota, no antes, sino en aquel momento.
Hasta que me di cuenta de que estaba más viva que nunca, de que por fin era libre, de que nada podría hacerme daño porque ya no tenía miedo.
Eso a él lo enfurecía, porque el peligro o, mejor dicho, el miedo ya no era una de sus armas para controlarme.
Negué con la cabeza y lo miré con la misma intensidad que él lo hacía. Torció el gesto y no pude evitar sonreír de manera involuntaria. Había cosas que nunca cambiarían.
Era su pequeño monstruo, la pequeña creación de la que no estaba nada orgulloso.
Pues que se jodiera. Todo era por su maldita culpa.
Lo había echado de menos, y por la manera en la que me contemplaba, quería creer que él también a mí.
No podía dejar de hacerlo. Alexander Kane se había convertido en una obsesión que quería olvidar.
—Deberás estar atenta a todo —dijo antes de volver a su típica actitud fría y tirar de mí con el objetivo de llevarme hacia la salida.
Iba un par de pasos tras él, segura y decidida. Miré cada parte del salón. Había dos hombres muertos y salpicaduras de sangre por todas partes. Observé los cristales rotos, los cuadros torcidos…
—Sigues durmiendo como si fueras un maldito oso hibernando —susurró en voz tan baja que pensé que me lo había imaginado.
—Mi gato.
—Tu gato está a salvo. Lo tiene Bastián encerrado en nuestra casa provisional. Casi le saca los ojos. Nos espera un par de calles más abajo.
Sonreí nada más escuchar el nombre de ese bastardo. Volvió a fijar la mirada en mí, pero esta vez lo ignoré.
—Vaya… Veo que con él todo siguen siendo sonrisas y ojos bonitos —me recriminó con un tono de voz más grave, el mismo que usaba conmigo para indicarme cómo le gustaba que…
Ahí sí que me quedé sin aliento.
«Finge demencia. No has sentido nada y, por lo que más quieras, ni lo mires», me repetí a mí misma, pero ese mantra nunca funcionaba cuando se trataba de él.
—¿Celoso, Kane? —susurré con voz sensual.
Abrió los ojos de par en par, eso no se lo esperaba. Cuando se recuperó, cerró la puerta de mi casa, que había acabado convertida en una tumba.
—¿Por ti? No, amor. Eso jamás. —Me rodeó la mano con más fuerza y me acercó a él al llegar a las escaleras.
—Ya —respondí cabreada.
No debería de estarlo. Joder, no debería permitir que siguiera cogiéndome la mano, pero él no me soltaba y yo no era capaz de hacerlo. No después de tanto tiempo sin verlo, sin sentirlo.
Sí, sin ninguna duda era masoquista.
—Tú ya eres mía, cielo —susurró bajando los escalones conmigo a rastras sin ni siquiera mirar atrás.
Ahí sí que me cabreé.
—¡¿De qué vas?! —grité un pelín más alto de lo que debería sabiendo que alguien intentaba encontrarnos para matarnos, o al menos a mí, por los hombres muertos de mi casa.
Alexander me dio un fuerte tirón hasta que consiguió que bajara dos escalones de golpe y me pusiera a su lado.
—Shhh… La madre que te parió, joder. No grites —gruñó contra mi cara.
—Pues deja de decir esas cosas —contesté. Me solté la mano de malas maneras y coloqué ambas manos en las caderas.
—No es el momento, Mia. De verdad que no.
—Claro. Si en seis meses no lo ha sido, ¿por qué iba a ser distinto ahora?
Me arrepentí nada más decirlo. «Patética. Eres patética», pensé.
Alexander Kane había desaparecido hacía seis meses unos en los que no había dado señales de vida.
Ni una llamada ni un mensaje ni un puto «hola».
Pero ¿qué se puede esperar de una persona que te advirtió que no sabía lo que era el amor, la amistad?
Una persona que te dejó claro desde un principio que no sabía ni conocía lo que era el afecto.
Pues nada, no se puede esperar nada. Eso fue lo que obtuve yo: un silencio tan ensordecedor que dolía.
—De verdad que no es el momento —susurró con voz ronca y el calor abrasador de sus ojos verdes.
Me quemaba la piel, sentía un nudo en la garganta que crecía y crecía con solo sentirlo cerca. Eso tenía que acabar.
—Ni nunca lo será —contesté antes de recomponerme.
Chasqueó la lengua y volvió a intentar cogerme la mano, pero no, esta vez no. Me solté de un tirón y con un gesto, o más bien con un dedo, le señalé el camino para que comenzara a andar.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos. Aquella mirada me hizo recordar cuánto la temía al principio, la misma que con el paso del tiempo acabé buscando desesperada.
Una que decía: «Si pudiera, ahora mismo te rodearía el cuello con mis propias manos y te follaría sin parar hasta que te quedaras afónica».
Seguí cada uno de sus pasos en silencio; pisaba donde él lo hacía, me detenía cuando levantaba la mano para observar. Así en cada tramo de escaleras hasta salir a la calle.
Estábamos en el mes de julio y el calor de la costa de la Toscana era asfixiante. No comprendía cómo podía ir todo de negro, con pantalón largo y los brazos cubiertos. A ver, sí lo entendía, para camuflarse y eso, pero debería buscarse un outfit veraniego de asesino loco con una manga más fina.
—Mierda —dijo Alexander y se paró en seco.
No me dio tiempo a registrar qué estaba pasando, no digamos ya a prepararme para sacar el arma y apuntar.
Solo pude inhalar antes de salir volando por los aires cuando Alexander giró sobre sí mismo para cogerme de la cintura con la mano que le quedaba libre y lanzarme sobre su hombro.
Salió corriendo en dirección contraria a donde nos dirigíamos.
Era sorprendente que pudiera correr a esa velocidad, hacer quiebros y saltar conmigo sobre él. Entonces escuché los disparos, las ruedas de un coche al derrapar y el sonido de un motor acercándose.
—¡En la esquina norte!
—¿Qué? —pregunté sin aliento.
—¡Bastián, joder! ¡¿Dónde estás?! —gritó.
Un deportivo negro nos cortó el paso.
Alexander abrió la puerta trasera y nos metió dentro. Me choqué la cabeza contra el techo. Luego, mi cuerpo cayó sobre el suyo y, cuando el coche aceleró, caí a los pies del vehículo.
—¡¿Dónde están?! —gritó Alexander, que sacó su arma mientras se sentaba. Después me agarró de la camiseta y de un tirón me colocó a su lado—. ¿Estás bien? —preguntó con la voz entrecortada. No por la carrera, sino por el cabreo que tenía. Lo notaba en el tono de su voz.
Me llevé la mano a la frente y asentí.
—Ponte el cinturón —ordenó antes de cargar el arma y girarse para mirar por la luna trasera.
—Dos calles más abajo. Hola, preciosa —contestó Bastián, sonriéndome a través del retrovisor.
Le respondí del mismo modo hasta que cambió la trayectoria de tal manera que salí despedida hacia el lado contrario. Si no hubiera sido por Alexander, que de nuevo me sujetó, esta vez del pantalón, me habría estrellado contra la puerta.
—¡Ponte el puto cinturón! —gruñó tras volver a sentarme.
No esperó a que me recuperara. Con el arma aún en la mano, cogió el cinturón y me lo puso él mismo. Se pegó tanto a mí que olí su perfume, noté el calor de su cuerpo. Todo eso sin rozarme, sin tocarme.
Tragué saliva y evité mirarlo hasta que se alejó.
—Me bajo aquí. No vuelvas —indicó a su hermano.
—¿A dónde vas? —pregunté mientras Bastián estacionaba en una esquina protegida por dos edificios.
—A matarlos —contestó.
Abrí la boca para intentar decir cualquier cosa, lo que fuera. No pude. Una sonrisa torcida fue lo último que vi antes de que se apeara del coche sin mirar atrás y se escabullera entre la oscuridad.
Bastián aceleró y pisó a fondo para alejarnos de allí. Seguí mirando a mis espaldas, buscándolo.
—No te preocupes, estará bien.
Miré aquellos ojos color avellana que me observaban a través del retrovisor.
—No estoy preocupada.
—Ah, vale —respondió con una sonrisa socarrona—. Perdón. Pensé que después de seis meses preguntándome por él, podrías sentirte un pelín intranquila.
Negué con la cabeza y respiré. «Estará bien. Sabe lo que hace. Nunca le pasa nada. Tiene mil vidas, pero ¿cuántas le quedan?». Me retorcí los dedos sobre el regazo.
Alexander Kane, el Carnicero, había regresado para marcharse a los diez minutos. Típico de él.
—Eres un imbécil al que no se le puede contar nada.
—No pienso desmentir esa acusación. Por cierto, te he echado de menos.
—Yo también. ¿A dónde vamos? —pregunté antes de agarrarme a los reposacabezas para no ahogarme por el bloqueo del cinturón cuando aceleró.
—A una casa franca que tenemos a las afueras.
—¿Mi gato?
—He tenido que llevarme a esa fiera antes de que despertara a todo el vecindario.
—¿Cuándo…?
—Sabíamos que vendrían esta noche —contestó.
—No sé cómo puedes conducir así, hablar, mirar por los espejos… ¡Ayyy! —grité antes de volver a mirar a nuestras espaldas y ver… nada—. ¡Nadie nos persigue! ¿Qué está pasando?
—Ezequiel ha vuelto —contestó así como de pasada.
—¿Qué?
—Que el psicópata que quería matarte ha vuelto. Bueno, nunca se fue.