39. Mia
MIA
El sonido de los fogones, los gritos y las risas de fondo de la clientela ya se habían extinguido.
Estaba en la cocina de mi restaurante, sentada en un taburete supercómodo que escondía dentro del armario de las especias y que sacaba cuando la jornada había terminado para sentarme un rato en silencio, ya fuese con una copa de vino o un vaso de agua.
Cada noche abría los grandes ventanales. El restaurante estaba situado en la cima de una pequeña montaña. Las vistas daban al sureste, al mar, pero las cocinas daban al suroeste, a los acantilados, desde donde el sonido de las olas al impactar contra la roca inundaba toda la sala.
La brisa, el olor… Adoraba aquel momento. Era solo mío.
Vivía en Castiglione della Pescaia, un pequeño pueblo costero de la Toscana.
Todos mis empleados se enfadaban porque me quedaba allí sola, a veces hasta altas horas de la noche.
Yo ponía los ojos en blanco y los mandaba a casa.
Nadie entendía que aquel momento era mi favorito de la jornada, eso y que siempre tenía más de dos docenas de pares de ojos encima de mí las veinticuatro horas del día por cortesía de Enzo.
Después de vaciar la copa de vino blanco y cerrar las ventanas, apagué las luces.
La terraza exterior estaba iluminada por delicados focos solares, repartidos en pequeños puntos escondidos entre las macetas que adornaban las barandillas de madera.
El parterre, rebosante de limones y flores azahar, nos protegía del sol a empleados y clientes.
Allí también había colocado pequeñas lucecitas enredadas entre las ramas para dar un ambiente acogedor y romántico.
Las mesas de madera, cubiertas con manteles de tela celeste, ya estaban recogidas.
Adoraba aquel lugar. Esa terraza en la que, si no hubiera sido chef, habría construido mi propia casa.
Activé la alarma del restaurante.
Mis pasos sobre la madera retumbaron hasta que llegué a la reja de hierro y salí a la calle. Cerré la preciosa cancela y miré a mi alrededor.
Nadie. Ni una sola alma.
Pero como siempre sentía que no estaba sola. Y no sabía si sentirme asustada o reconfortada.
Anduve hasta mi apartamento. Me di una ducha y me metí en la cama con un nuevo libro sobre hombres lobo, reyes y brujas.