38. Alexander
ALEXANDER
Ayudé en el rescate de Gabriella. No lo hice por Iván, sino por ella.
Mia…
No había pensado en despedirme, no después de follármela como si no fuera nada para mí. Me avergonzaba. Tampoco es que me hubiera propasado con ella, pero esa noche… no me gustó.
Sin embargo, las cosas habían cambiado.
Durante el vuelo de vuelta de México, Bastián me envió las grabaciones de la noche del ataque.
Misteriosamente el sonido no funcionaba desde un principio, y pensé en Keyla, pero me dijo que ella no había tenido nada que ver.
Habían sido los irlandeses. Aun así, Bastián y mis chicos de Industrias Kane habían conseguido recuperar un mensaje. Me mandaron el audio.
Mia sabía que iban a por mí. Al principio me cabreé con ella por no decírmelo, pero después de darle vueltas y más vueltas… Lo había hecho para protegerme, joder, para que no me volviera loco por la culpa.
Acorralé a Keyla nada más bajar del avión. Carter, el rubio que no se separaba de su culo, me dio un puñetazo que casi me parte la nariz. La maldita no confesó nada. No me dio ningún tipo de información. Yo sabía que ella y Mia confabulaban a mis espaldas.
Me sentía como la mierda más grande de este mundo.
Y ella estaba en peligro por mi culpa.
«Hola, Carnicero:
Quiero que sufras tanto como yo.
Voy a por ella.
E».
Mia
Gabi había vuelto.
Estaba sana y salva, ella y todos los que habían ido en su rescate.
Volví a contemplar los jardines que rodeaban la mansión.
Daba por hecho que él estaría allí, un presentimiento dentro de mí me lo decía, y sabía que estaba bien.
Al menos eso me había prometido Enzo, otro que no quería ni mirarme.
Que se fuera a la mierda. Si él me hubiera pedido algo similar, habría hecho lo mismo.
Me puse el abrigo antes de salir.
El olor a azahar y a cítricos me envolvió. Me recordaba tanto a mi casa, a mi antigua vida. La hierba helada crujía bajo mis botas. El vaho se concentraba frente a mí con cada respiración.
Alexander estaba apoyado en un árbol, aún con el rostro cubierto y lleno de sangre.
Aceleré el paso, desesperada por tocarle, por comprobar que estuviera bien.
La última vez que nos habíamos visto… Sí, le había mentido, pero no podía contarle nada del plan de Gabi.
Él podría habérselo dicho a Iván, aunque me hubiera prometido que no lo haría, y no podía arriesgarme.
No después de ver a mi hermana dejarse el alma en aquella locura de la que no quise saber nada durante cinco años.
Pero ella ya había acabado con Giovanni, todo estaba bajo control, y Alexander, la persona más fría a ojos de los demás, me había confesado que sentía algo por mí. Deseaba pedirle perdón, contárselo todo, decirle que lo amaba.
Alcé las manos para arrancarle aquella máscara y verlo por mí misma, pero me rodeó las muñecas para que no pudiera tocarlo. Las soltó al instante, como si quemaran. Aquel gesto me rompió el alma.
—Alexander…
—Me marcho —informó con sequedad.
—¿Cómo?
—Tu hermana y tú estáis a salvo, sobre todo tú. Ese era el trato.
Sus ojos…
—Déjate de gilipolleces. Sabes que esa mierda expiró hace tiempo —respondí sin aliento. Volví a alzar las manos, pero él se separó del árbol y se alejó de nuevo—. ¡Alexander!
—Para ti, y a partir de hoy, soy el Carnicero, como para todo el mundo.
—Pero ¿qué cojones estás diciendo? —Estaba cabreada, joder. Muy cabreada.
Di otro paso más.
—¿Sabes lo que es un psicópata, Mia? —susurró—. Me has llamado así muchas veces.
—Alexander…
—Una persona incapaz de empatizar. El ser humano más peligroso que existe —gruñó y se alejó otro paso atrás—. Y yo soy un maldito monstruo, Mia.
—¡Eso no es verdad!
—No quiero que me toques. Quiero irme y acabar con este puto trabajo.
Sabía que estaba mintiendo, sabía que en el momento que le pusiera un solo dedo encima sería mío. No tenía ninguna duda. Él me quería. Me lo había dicho. Me confesó que me amaba. Había estado pensando en esas dos palabras desde que se marchó.
—¿De qué tienes miedo? —pregunté en un susurro y me acerqué un poco más; me estaba rompiendo a mí misma en mil pedazos solo por alcanzarlo.
—De ti, cielo.
Alexander miró a mis espaldas. Bastián. Sonreí. Se me escapó un sollozo.
—Nos vamos, princesa. —Bastián me miraba como si aquello fuera un adiós real—. Tenemos trabajo, pero no podía marcharme sin despedirme.
Ambos iban con trajes de asalto. Cargados de armas hasta decir basta.
—¿Cuándo has llegado?
—Hace media hora.
—¿Qué me estáis ocultando, desgraciados de mierda? ¿Qué ha pasado ahora?
Bastián miró al suelo. Cuando volví a mirar a Alexander…
—Espero que tengas una vida larga y plena, Mia Bianchi. —De repente lo tuve justo frente a mí—. Hueles a cítricos.
Sentí su leve caricia y vi el amor en su mirada.
—¿Solo un trato? —pregunté.
—Solo eso.
Alexander retrocedió varios pasos y se marchó.