Obsession (Almas Letales 2) 37. Mia
56%

37. Mia

MIA

Gabi lo había conseguido. Había llegado a México y yo… A mí me arrastraba Alexander escaleras arriba tras haberme preparado para marcharme con ellos.

Debíamos irnos para sacar a Gabi del recinto de Giovanni, el jefe del cártel de México.

Mi hermana había conseguido colarse con la excusa de que la habían obligado a casarse con Iván, de que lo odiaba con todas sus fuerzas, para que así Giovanni, el hijo de la gran puta que siempre había estado obsesionado con ella, la sacara del país y se la llevara con él al pensar que la estaba protegiendo, sin saber que lo único que había hecho era meter en su propia casa a la mismísima muerte.

Le daba igual que aquel gesto provocara una guerra.

Todos sabíamos, y Gabi más aún, que en cuanto ella le hiciera un poco de caso lo tendría comiendo de su mano.

Giovanni era uno de los mayores productores de cocaína, el principal suministrador de mi familia y de media Europa. Llevaba años en guerra con los colombianos, nuestros aliados después de que mi hermana hiciera un trato con ellos.

El plan era simple: fingiría estar enamorada de Giovanni y no de Iván, le pediría que la sacara de su propia fiesta de compromiso, huirían juntos, entraría en el recinto de los mexicanos, hasta entonces inexpugnable, y lo mataría.

Después, nosotros, mi familia, la mafia italiana, la rusa y los colombianos, los destrozaríamos y sacaríamos a Gabi de allí. No antes de que ella lo matase. Giovanni había sido el culpable de la muerte de mi hermano pequeño, Luca. La mafia ni perdona ni olvida y la sangre se paga con sangre.

Anoche Alexander desapareció después de que se desvelara el plan de Gabi.

Aún no sabía a dónde había ido, porque no había vuelto a verlo hasta ese momento, a los pies de las escaleras.

Tampoco sabía si él nos acompañaría. En cuanto mi pie tocó el suelo después del último escalón y lo vi justo enfrente de mí, con aquella máscara de pesadillas y cargado de cuchillos, supe que sí, que se había unido al rescate.

Me agarró la mano para arrastrarme de vuelta por el mismo camino que había venido y descubrí que estaba cabreado. Muy cabreado.

—Eres… —gruñó Alexander cuando llegamos a la planta de arriba, lejos de miradas indiscretas. Tiró de mí con más fuerza—. ¡Eres una puta loca de mierda!

Sus cuchillos resonaban con cada paso enfurecido que daba.

—¡Que me sueltes! —grité justo antes de darle una patada para desequilibrarlo.

Alexander cayó al suelo y, cuando me dispuse a correr, me rodeó el tobillo y tiró con fuerza, de manera que me precipité sobre él.

Me agarró de la cintura y nos dio la vuelta.

Me sujetó ambas manos, sobre nuestras cabezas.

—¡No vas a ir! ¿Lo entiendes? No saldrás de esta puta mansión y menos aún te subirás a ese avión. ¡No irás a una misión suicida! Pero lo peor no es eso, sino que me has engañado.

—Haré lo que quiera cuando quiera —suspiré entre jadeos por el esfuerzo para que me soltara.

Alexander se echó a reír y me miró como si fuera la primera vez que lo hacía. Sorprendido y… devastado.

—Joder, cielo, eres la mujer de mi vida —susurró—. ¿Dónde está tu dormitorio? —Negué con la cabeza, desesperada porque no me apartara—. ¿Dónde está, cielo? —Miró al fondo del pasillo, a la única puerta de esa ala. Sus ojos brillaron eufóricos y culpables—. Vamos, dímelo.

Se puso en pie de un solo movimiento y tiró de mi cuerpo para que lo acompañara. Hinqué los talones, pero de nada sirvió. Alexander estaba muy enfadado y no hizo uso de la delicadeza. Caminó conmigo hasta llegar al final del pasillo iluminado solo por las luces del amanecer.

Abrió la puerta de una patada, haciendo que se estrellara contra la pared, y me arrojó dentro. Di varios traspiés, hasta que caí en la cama de bruces. Volvió a cerrar, lo supe porque hasta los cimientos de la casa temblaron. Antes de darme la vuelta, lo tenía sobre mí.

—Me has mentido —susurró sobre mi cuello—. Me has traído aquí engañado, llevas semanas haciéndolo. ¿Por eso te has alejado, cielo?

Me aferré a las sábanas. Notar su cuerpo después de tantos días me estaba volviendo loca.

Lo había echado de menos, mucho. Incluso cabreada, sabía que en ese momento y en aquella posición caería.

Dejaría que me hiciera cualquier cosa. Vendería mi alma al mejor postor con tal de estar con él unos segundos más.

Di un gritito cuando noté el mordisco que me dio en el cuello para que le diera una respuesta.

—¿Has jugado conmigo por todo esto? ¿Para ayudar a tu hermana? ¡Podrías habérmelo dicho! ¡Habría hecho cualquier cosa por ti, joder! —gritó enfadado.

Noté cómo su cuerpo se alejaba. Me di la vuelta y mis manos fueron directas a su pecho para que no se marchara, no así.

Él las agarró y volvió a arrojarme sobre la cama. Una sonrisa oscura sonó a mis espaldas.

—No te preocupes, Mia. No voy a irme de aquí sin follarte. —No me gustó cómo lo dijo. Intenté levantarme, pero me estampó la cara contra la cama—. Eso es lo que quieres, ¿no? Que te folle. Eso es para lo único que me quieres, ¿no?

Lo escuché bajarse la bragueta.

—Alexander…

—No quiero verte ahora, Mia. Voy a follarte y después me iré. Porque cuando quieres a alguien no lo engañas. Cuando amas a alguien, no lo utilizas. ¡No juegas con él!

—¡No! No puedes irte sin que te explique…

¿Acababa de decir que me quería? ¿Que me amaba? ¿Ahora? ¿Justo en este momento de mierda? No, no, no. Abrí la boca para decirle que lo amaba, que yo también lo quería tanto como él a mí.

—¡¿Sin que me expliques qué?! ¿Que me has mentido estas semanas? Me he estado muriendo por dentro desde que te atacaron, Mia. Me he culpado cada día, cada puto segundo por no haber estado ahí, y aún sigo haciéndolo. ¡Lo haré el resto de mi miserable vida! Pero que te alejaras de mí por esto…

Conseguí darme la vuelta y mirarlo a la cara y lo que vi fue…

—Ojalá me lo hubieras contado —susurró—, porque habría tirado el mechero justo donde tú hubieras colocado el detonante, aunque me hubiera quemado, aunque yo mismo hubiera acabado en mil pedazos, y lo habría hecho con una puta sonrisa en la cara.

Una lágrima me surcó el rostro, lo supe porque Alexander la siguió con la mirada.

Vi la duda, la desolación y después la determinación.

Volvió a presionarme contra la cama, esta vez con delicadeza, y yo le dejé.

Me puso las manos sobre la cabeza y me relajé.

Si aquella iba a ser la última vez que sintiera a Alexander…

Noté cómo se hundía en mi cuerpo y lo acepté. Enredó los dedos con los míos. No podía mirarlo. No podía…

—Eres una mentirosa.

Sus estocadas delicadas comenzaron a volverse fuertes, decididas. No me hizo daño, no más del que podía soportar. No más del que quería que me hiciera.

Ambos llegamos al orgasmo juntos, aunque algo me decía que ninguno de los dos lo disfrutó.

Se limpió con la colcha y se marchó sin decir nada. Sin mirar ni una sola vez atrás.