Obsession (Almas Letales 2) 36. Alexander
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36. Alexander

ALEXANDER

—¿Qué cojones te pasa? —le volví a preguntar a Mia, esta vez cabreado de verdad.

No paraba de mirar a su alrededor y de observar cada detalle, cada persona, cada gesto o conversación. Algo estaba a punto de ocurrir, joder, y ella lo sabía.

Me había evitado durante toda la ceremonia y, encima, nada más llegar al lugar, me había dejado solo con el idiota de su hermano. Un tocapelotas. No paró de tirarme pullitas y de amenazarme desde el mismo momento que se fue su hermana, incluso con ella presente.

Podría haberlo degollado en esa maldita sala de café donde me habían metido para esperar Dios sabe qué, pero sería un sufrimiento innecesario para Mia.

Cuando por fin el amor de mi vida volvió, dio comienzo la velada. Me sacó de allí a rastras para meterme en un salón atestado de personas y desapareció a los segundos.

Me coloqué en una esquina para ver dónde estaba. Saludaba a unos y a otros, pero vigilaba mi posición. En otra ocasión me habría enorgullecido de ella, pero no en ese momento. La tenía calada. La conocía demasiado.

Cuando pasó cerca de donde estaba, decidí que hasta allí había llegado mi paciencia. La agarré del brazo y la acerqué a mí.

—Como vuelvas a saludar a alguien más, juro por lo más sagrado que te saco de aquí a rastras, Mia —susurré.

—Suéltame.

—No hasta que me digas qué está pasando.

—Llevo tres meses fuera, aquí están mi familia y amigos.

—¿Amigos? Esa gente no sabe quién cojones eres.

—¿Y tú sí? —preguntó cabreada.

Pero ¿qué…?

Intentó deshacerse de mi agarre, lo que provocó que la apretara con más fuerza.

—Si quieres ir a algún lugar, lo harás conmigo.

Tiró de nuevo para que la soltara. Negué con la cabeza, hasta que noté la hoja de un puñal clavada en el muslo, cerca de una zona muy sensible que la echaba demasiado de menos.

—Suéltame, Carnicero, o haré que lo hagas.

—¿Ahora soy el Carnicero?

—Hoy sí —susurró.

—Dime. Qué. Ocurre.

Negó con la cabeza, dio un paso atrás y entonces los gritos y las detonaciones comenzaron. Tiré de ella para ponerla detrás de mí.

Iván había entrado en el salón dando tiros como un loco mientras vociferaba dónde estaba su prometida.

Mi instinto me dijo que sacara a Mia de allí, y eso haría, pero según lo pensé ella dio un paso en dirección a su cuñado con una mirada, con una determinación que jamás en mi vida, o lo que quedaba de ella, pensé que le vería.

—¡Tú tienes la culpa! —gritó, amenazándolo con un dedo.

Mierda.