35.Alexander
ALEXANDER
Tenía que acompañar a Mia a Sicilia. El plan, en un principio, era que la dejaría allí por la noche para la celebración del compromiso de su hermana.
Pasaría con su familia todo el fin de semana mientras yo me hospedaba en un hotel, salvo que quisiera asistir; después volvería conmigo a Múnich.
Osso iba tras ellas, pero las mafias rusa e italiana estarían en el mismo lugar.
Mia no correría ningún peligro, de hecho, sí que lo haría si seguía a mi lado.
Aunque no pensaba dejarla sola. Aún no. No hasta que comprobara el terreno, y más en una ceremonia llena de mafiosos.
Primero tenía que asegurarme de que estaría bien.
Los irlandeses habían ido a por ella por mi culpa, para hacerme daño.
La noche de la gala investigué a Ezequiel. Sin familia. Domicilio falso. Sin número de la seguridad social. Era un fantasma.
Keyla me aseguró que no había ningún hilo del que tirar, pero yo encontré uno.
Mi padre.
La mafia irlandesa fue la que lo halló y secuestró. Los maté a todos, pero al jefe… A ese hombre lo hice sufrir. Busqué a cada miembro de su familia, investigué a cada uno de sus hombres. Tardé meses en observar y analizar sus movimientos. Horarios, visitas al médico, incluso cuándo iba a cagar.
Una vez que lo tuve todo controlado, organicé en su nombre una reunión en la casa familiar a las afueras de Belfast para el día siguiente.
Acudirían todos sus hombres, todas las personas a las que quería o con las que mantenía cualquier tipo de negocio.
Las fiestas y reuniones eran típicas en la mafia, la manera de mostrar una y otra vez su estatus, poder y riqueza.
Esa misma noche, de madrugada, trunqué el sistema de seguridad y entré en la mansión. No maté a ninguno de sus hombres porque si no levantaría sospechas. Lo que hice fue colocar cámaras de grabación para que no se perdiera ningún detalle de la velada que ocurriría al otro día.
Salí de allí igual que había entrado.
Al día siguiente, ese cabronazo abandonó la mansión para ir a su chequeo mensual y lo secuestré.
Maté al hombre que lo acompañaba y lo llevé a una casa cercana.
Lo quebré. Lo torturé durante horas y horas.
Le hice padecer lo que había sufrido mi padre.
Y justo antes de que espirara su último aliento, puse las grabaciones en directo de la casa.
Habían llegado todos los invitados. Iban muy bien vestidos y se preguntaban qué sucedía.
La verdadera fiesta comenzó cuando pulsé el detonador.
Ese hijo de puta vio cómo estallaban las bombas que había colocado y su familia quedaba sepultada bajo los escombros, excepto niños y mujeres.
Después, tras dejarlo que llorara y maldijera, le prendí fuego.
Aquel día me convertí en el Carnicero.
El cabrón que había conocido en la fiesta de Viena era un hilo del que tirar.
Cuando llegué a mi apartamento, Mia parecía desesperada.
—¡¿Dónde estabas?! —gritó nada más verme entrar en el salón.
Estaba preciosa. Se había comprado un vestido verde esmeralda que le resaltaba los ojos. Entallado, largo. Ese color le quedaba…
—¡Alexander!
Era perfecta. Me acerqué a ella. Dios sabe que la había echado muchísimo de menos.
—Espera. —La detuve antes de que tirara de mí.
Tenía un regalo. Se lo había encargado a Minerva al descubrir el vestido que se pondría. Yo aún tenía que ducharme y vestirme, pero lo haría en el jet.
Saqué el saquito de terciopelo negro que llevaba en el bolsillo. Lo había tenido guardado toda la noche, desesperado por dárselo. Conocía lo suficiente a Mia para saber que no era una mujer de joyas, pero esta la había encargado y diseñado para ella.
—Date la vuelta.
Mia abrió los ojos de par en par.
—Alexander —suspiró—, no puedo llegar tarde. Tenemos que irnos.
—Lo sé, y llegarás a tiempo, te lo prometo.
Sus hombros se relajaron, aunque seguía mirándome con aquella desesperación. Se dio la vuelta, de manera que quedó frente al espejo del salón. Tenía los ojos fijos en lo míos. Estaba preocupada, demasiado, y nerviosa, tanto que no paraba de retorcerse los dedos.
Saqué el collar y se lo coloqué sobre el pecho. Era una obra maestra y nadie excepto ella debería lucirlo.
—Dios mío. Es precioso. —Rozó con las puntas de los dedos cada piedra que lo componía—. ¿Son esmeraldas?
Emití una pequeña carcajada. Negué con la cabeza.
—Son diamantes, cielo. Diamantes verdes.
Mia
Cuando el jet privado de Alexander aterrizó, respiré aliviada. Llegaba una hora tarde. Casi arranco el cinturón de seguridad al intentar quitármelo, pero Alexander posó las manos sobre las mías. Lo miré sin aliento. Lo que estaba a punto de hacer…
—Relájate —ordenó mirándome fijamente a la vez que me desabrochaba el cinturón—. Respira.
Alexander no sabía nada. No sabía que sería el cebo de Gabi.
Dios, la culpa me carcomía por dentro. Lo peor de todo era que él seguía creyendo que estaba así porque había matado a ese desgraciado.
Al principio sí que fue así, hasta que acepté que si había tenido que hacerlo para proteger a mi familia, a él o a mí, bien hecho estaba.
Incluso aquella noche. Haría lo que fuera necesario.
—¿Qué ocurre? —susurró.
Sentí una leve caricia en la mejilla. Cerré los ojos. Negué con la cabeza. No podía decírselo.
—Nada.
Me arremangué el bajo del vestido antes de ponerme de pie. Lo aparté como llevaba haciendo desde hacía días.
—Mia —gruñó a mis espadas.
Sabía que vendría a por mí, así que aceleré el paso.
Corrí hacia la salida del jet , donde la azafata nos esperaba con una sonrisa y, lo más importante, la puerta de desembarque abierta de par en par.
Sentí de nuevo el roce de sus dedos en el codo, pero ya era demasiado tarde.
Noté la brisa en la cara y bajé las escaleras de dos en dos, consciente de que la mafia italiana me estaría esperando para recibirme. Cuando pisé el suelo, respiré aliviada.
Por fin, joder.
Estábamos en una de las pistas de aterrizaje privadas de mi familia a las afueras de Roma, rodeados por árboles centenarios y naves abandonadas que la ocultaban de las carreteras.
Ya casi había comenzado a anochecer.
—¡Mia, preciosa!
Enzo tenía ambas manos alzadas. Sostenía un cigarro en la boca mientras sonreía con ese gesto pícaro que lo caracterizaba. Corrí hasta él. No pude evitar lanzarme a sus brazos mientras me rodeaba con fuerza.
Olía a casa.
Lo estrujé tanto como pude. Las lágrimas se peleaban contra mi determinación de no llorar, pero esa noche se trataba de fingir, así que ganó la segunda opción.
—¡Mírate, joder! —Enzo me bajó al suelo y tomó mi mano para darme una vuelta—. Estás preciosa.
—Tú tampoco estás mal, hermano.
Enzo iba guapísimo. Llevaba un chaqué negro a medida con un chaleco verde oliva que le resaltaba los ojos. Camisa blanca y corbata verde oscura con dibujos de colibrís. ¿En serio? Vio que me había quedado extrañada.
— La nonna —indicó con un encogimiento de hombros.
Su postura cambió y supe que Alexander había llegado a nuestro lado. Eché un vistazo sobre mi hombro. Él iba… Joder, espectacular. No quería mirarlo. No debía hacerlo o acabaría confesándole hasta mis más oscuros secretos a cambio de un solo roce de sus labios.
—Por fin le pongo rostro al famoso Carnicero —susurró Enzo para que nadie que no fuéramos nosotros tres lo oyera—. No sabía que estuvieras invitado. ¿Qué tal se ha portado mi querida hermana?
—Demasiado bien. Ojalá me hubiera sacado más las uñas —contestó, mientras me daba un repaso de arriba abajo, con una sonrisa que pedía que lo hiciera aquella noche.
Tragué saliva y evité mirar a Enzo.
—¿Te lo has follado? —me increpó.
Seguí mirándome las manos.
—En diferentes posiciones —contestó Alexander cabreado.
—¡Alexander!
Miré en su dirección indignada, pero él me respondió con una preciosa sonrisa.
—¡Mia! —gritó Enzo.
Suspiré, me recogí el vestido y eché a andar hacia los todoterrenos que esperaban al final de la pista.
—Ni se te ocurra mirarla —escuché de lejos la voz de Enzo.
—Demasiado tarde para eso, capo.
—Soy el puto Don, joder.