34. Alexander
ALEXANDER
Cerré la puerta del dormitorio con cuidado para no despertarla.
Habían pasado tres semanas desde que la agredieron en mi casa, las mismas que yo llevaba volviéndome loco por encontrar a todos y cada uno de los que participaron en el ataque.
Keyla, la amiga de Mia, me ayudaba junto con mi equipo a buscarlos, ya fuera por reconocimiento facial, rastreo de matrículas, llamadas, llegadas y salidas de la ciudad, cámaras de vigilancia…
Esos hijos de puta sabían lo que hacían y habíamos llegado a un punto en el que no quedaba ni un solo cabo suelto del que tirar.
Estaba desesperado.
Sentía demasiadas cosas que no sabía cómo digerir ni catalogar.
Miedo, ansiedad, rabia. Apenas dormía unas horas al día y, si lo hacía, tenía que ser abrazado a ella.
Mia era la única razón de que no estuviera preso a esas alturas, o muerto.
Había infringido todas mis normas. Todas.
Y seguiría haciéndolo hasta cerciorarme de que ella estuviera a salvo.
Había una pieza que no encajaba. Aquellos hombres querían matarla.
Si hubiera sido una petición de Osso, se la habrían llevado.
Ese era su modus operandi . De nada le servía tener la cabeza de la principessa de la mafia italiana sin antes haberles hecho sufrir durante algún tiempo para luego rematarlos. No. Tenía que ser otra cosa.
Mia estaba… mejor. Me evitaba. Joder si me evitaba, pero no pararía hasta que aceptara de una puta vez que, si no hubiera sido él, habría sido ella.
Los primeros días dejé que se regodeara en la pena, en la angustia, pero ya no. Hasta que le rogué que me dijera qué hacer. ¡Le supliqué! Eso tenía que terminar.
La llevaría a Sicilia para la ceremonia de compromiso de su hermana y no estaba preparado. Antes de todo aquello, había pensado en marcharme con ella. Me daba igual la empresa, me daba igual Múnich. Ya nada importaba. Pero no podía hacer ese viaje, dejarlo todo atrás, sin encontrarlos primero.
Bastián y yo nos turnábamos para quedarnos en la casa.
Incluso Minerva se pasaba por allí para tenerla vigilada como un halcón a su cría.
Pero Mia se cabreaba y nos decía que éramos unos aprensivos.
La casa se había convertido en un búnker, supervisado las veinticuatro horas del día desde las oficinas por turnos rotativos de ocho horas.
Tres hombres de mi más entera confianza eran los encargados, junto con Kyle y Lev.
Debían notificar cualquier rareza de inmediato.
Esa misma tarde, después de cerrar la puerta del dormitorio y dejar a Mia allí durmiendo como un oso hibernando, Keyla me envió la dirección de una calle donde no había cámaras de seguridad.
Según el mapa que tenía en mi oficina, donde había ido trazando el trayecto que realizaron, ese era el lugar más lógico del que debían de haber salido.
Investigué la zona.
La habitaba gente común y normal, pero había un edificio donde las luces permanecían apagadas. Nadie entraba ni salía. No había ningún rastro de vida.
Me colé de madrugada. Estaba vacío, pero en uno de los pisos había restos de comida en la basura. El lugar apestaba. Las camas estaban deshechas y todo en medio. Como si hubieran salido corriendo. Llevaría abandonado unas semanas.
Registré cada esquina, papel o envoltorio de comida. Y entonces descubrí lo que Mia me había estado ocultando. Porque ella lo sabía. Ella era la única que podía saberlo.
Eran irlandeses, joder.