Obsession (Almas Letales 2) 33. Mia
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33. Mia

MIA

—Se acabó, Mia. ¡Se acabó! —me gruñó Alexander a escasos centímetros del rostro.

Lo aparté de un empujón, pero él me agarró de la muñeca para tirar de mí y acercarme hasta rozar su nariz con la mía.

—Suéltame —exigí con los dientes apretados sin desviar la mirada.

—¿Quieres eso de verdad? Pues saca esas malditas uñas y hazlo tú misma. Sé que puedes y sé que sabes hacerlo.

Tragué saliva para eliminar las palabras que estaba a punto de decirle.

Quedaban dos días para marcharme de allí y no podía más.

Se me rompía el corazón por tener que separarme de él.

Tenía el alma destrozada de pensar en el peligro que correría mi familia a partir de ese momento.

Sentía culpa, ira, desesperación. Sentía tantas cosas que no sabía cómo manejarlas.

Y también estaba el peligro que él mismo corría cada día.

—No sé cómo ayudarte —suplicó—. No sé ponerme en tu lugar y sentir lo que sientes…

No sé lo que es eso, Mia. Hasta que llegaste desconocía lo que era siquiera querer a alguien que no fuera mi hermano.

No sé empatizar con las personas ni con su dolor, joder.

Solo sé que verte así me está matando. Por favor, dime lo que tengo que hacer.

—Tú no tienes que hacer nada. Estoy… bien.

—Te has criado en la puta mafia. Has visto cosas peores que estas.

—Lo sé —aseguré.

Mi relación con Alexander se había debilitado.

Me había alejado de él poco a poco. Cada día daba un paso atrás para protegerme de lo que sabía que venía: una despedida para la que no estaba preparada y de la que él no tenía ni idea.

El plan era que iría a la ceremonia de mi hermana, pasaría allí el fin de semana y volvería a Múnich con él.

Nadie, ni Iván, sabía lo que iba a pasar, pero yo sí.

Conocía el plan de Gabriella y, después de aquello, ya no me marcharía de Sicilia.

A partir del día siguiente no necesitaría la protección del Carnicero.

Mi hermana volvería a estar en peligro. Osso, el jefe de la mafia albanesa, seguía detrás de nosotros.

No quería que la mierda de la familia Bianchi le salpicara también a él.

Aunque llegué a Alemania por un trato con Iván, Alexander decía que era suya.

En realidad, todavía no. Al menos, no del todo.

Aún no habíamos tenido esa conversación sobre qué pasaría después, porque para él no había llegado ese momento.

Él creía que nos quedaba tiempo y yo tenía claro que me marchaba a casa.

Necesitaba alejarme de allí, de aquella ciudad.

Necesitaba volver a la Toscana, a Castiglione della Pescaia, a su aire limpio, al pueblo donde vivía y que olía a mar y a serenidad.

Necesitaba refugiarme en mi casa, la de verdad.

Quería ver a mi familia, pero sabiendo que él estaría bien.

Keyla y Carter se ocuparían de ello. Mandarían un escuadrón del equipo personal de Gabi el mismo día que todo terminara. Mientras tanto, Bastián se encargaría de todo.

Ya apenas era capaz de mirarlo a la cara.

No sin romperme. No sin que descubriera que le estaba mintiendo.

Hacía días que no lo tocaba, que le decía que estaba cansada, que evitaba sus abrazos y sus medias sonrisas.

Él seguía desapareciendo cada noche y yo me acostaba sola.

Notaba sus brazos rodearme de madrugada, pero cuando despertaba ya no estaba, ni siquiera en el sillón a los pies de la cama.

Me había alejado de él y lo había conseguido.

No porque no lo quisiera, sino porque aún tenía demasiada mierda que limpiar.

Hasta que no estuviera la situación controlada, hasta que Máximo, mi primo, no destruyera todas las pertenencias de Osso, hasta que Gabi no acabara con el peligro que nos perseguía desde aquella maldita noche cuando Luca murió, no podía pedirle que siguiera a mi lado, no cuando acabaría más aún en peligro de lo que ya estaba.

Teníamos que acabar con nuestros enemigos uno a uno.

Le mentiría. Y estaba segura de que no le haría ninguna gracia.