32. Mia
MIA
Conseguí que tanto Alexander como Bastián me dejaran tranquila. Desde aquella noche no se habían alejado de mí ni un solo segundo. No importaba si estaban a menos de un metro de distancia o en la misma casa, pero nunca me quedaba sola.
Les dije que estaba bien y aunque todos sabíamos que mentía al final cedieron.
Necesitaba respirar.
Habían pasado dos semanas desde aquel suceso. Sabía que Alexander estaba buscando a todos los responsables que participaron. Bastián me lo había dicho. Aunque no lo hubiera hecho, yo misma me lo había imaginado.
Estaba insoportable, no conmigo, pero sí con el resto.
Demasiado arisco. Ladraba órdenes sin parar, amenazaba con despellejarlos vivos, los apuntaba con su cuchillo favorito si no le daban un nombre.
Algunas noches desaparecía y me dejaba con su hermano para volver a la mañana siguiente.
Cuando despertaba, me lo encontraba sentado frente a mi cama, aún con la máscara del Carnicero puesta, cargado de innumerables cuchillos y dagas que brillaban con los reflejos del amanecer, con aquella mirada tan suya que prometía la muerte más sanguinaria que uno pudiera imaginar.
Cuando le preguntaba cómo estaba, solo gruñía.
Me sacaba de la cama con sumo cuidado y me hacía el amor en la ducha o en cualquier superficie que encontrara una vez que se había lavado, mientras me susurraba todo tipo de palabras, algunas llenas de amor y otras tan obscenas que era imposible que no me sonrojara.
Me preguntó una y mil veces qué recordaba.
Quería cualquier detalle que pudiera ayudarlo.
Jamás le conté que esos hombres habían venido a por él.
La culpa ya lo carcomía, la veía cada día y a cada segundo en su mirada.
Si hubiera sabido ese detalle, se habría perdido en la oscuridad.
Aunque sí que se lo conté a Keyla para que ayudara a encontrar a los culpables, y también a Bastián, que se enfadó muchísimo conmigo y me dijo que estaba loca, que Alexander debería saberlo.
Quizá tuviera razón, pero me prometió no decirle nada.
Llevaba casi tres meses viviendo en aquella casa.
Con Alexander, lo que empezó siendo una auténtica locura, se había acabado convirtiendo en lo más parecido a una relación.
Rara, pero una relación. Éramos tan diferentes, teníamos visiones de futuro tan dispares que sospechaba que nada de aquello terminaría bien.
Él evitaba tener esa conversación, o al menos nunca había intentado hablar del tema, y yo no quería pensarlo.
Para mí no era solo sexo, lo sabía desde hacía tiempo.
No sabía qué sucedería en el futuro, pero tenía claro que aquel hombre se había incrustado de tal manera en mi alma que dolía.
Se aferraba a mí cada noche con tanta desesperación que daba miedo. Sabía que aún se sentía culpable por no haber estado allí aquella noche. Sé que muchas cabezas rodaron por el fallo en el sistema, por la falta de control en la ciudad. Si no hubiera sido por Keyla…
A la mañana siguiente, después del ataque, hablé con ella.
Me dijo las mismas palabras que Alexander, las mismas que me habría dicho Gabi si hubiera podido hablar con ella, pero no me atrevía a llamarla.
Si mi familia se enteraba de aquello, Alexander moriría, de eso no tenía ninguna duda.
Pero Keyla fue franca: «Si no lo hubieras matado, si Alexander no hubiera llegado a tiempo, ahora mismo estarías en manos de a saber qué clase de monstruo.
Si es que llegas a salir viva de allí». Y tenía razón.
Me dio el sermón y me contó lo que había averiguado: había sido un ajuste de cuentas.
Sabía que estaba ayudándolo a encontrar a los culpables y no solo porque fueran un peligro para mí, sino porque yo se lo había pedido.
Tenía que marcharme, al menos por un tiempo.
Tenía que ayudar a mi hermana. La invitación para el compromiso de Gabi e Iván reposaba sobre la mesa.
Mi misión para la gran noche sería montar un espectáculo cuando el ruso se despertara.
Distraerlo. Ganar tiempo para que mi hermana llegase a México antes de que comenzaran a buscarla como perros de presa.
Y después, evitar que mataran a Carter y a Keyla cuando toda la mierda estallase. Superdivertido y para nada peligroso.
Asesina y, además, mentirosa.
No dudaría. Si había algo que no me daba miedo en esta vida era hacer lo necesario por las personas a las que amaba. Y a mi familia, a mis amigos, a Alexander… los amaba con toda mi alma. Si tenía que matar a alguien para que ellos fueran felices, lo haría sin dudar.
Me quedaba una semana al lado de Alexander. Siete días para volver a casa, para que mi hermana terminara con esto.
Alexander
Acabé con la vida de más de veinte hombres de forma cruel y aun así la rabia no menguó.
Cuando recibí la llamada de aquella mujer, Keyla, para decirme que Mia estaba en peligro y que corriera como si me fuera la vida en ello…
¡Joder, claro que se me iba la vida! Mia era mi vida.
La única luz que había visto entre tanta oscuridad.
Sentía una presión constante en el pecho desde aquel día. Se trataba del más puro y absoluto miedo, la desesperación de imaginar qué le podría haber sucedido de no haber llegado a tiempo.
Se defendió con uñas y dientes. Acabó con un hombre que le sacaba cincuenta kilos y medio metro de altura. Debería sentirse orgullosa, pero la culpa la estaba matando. Ojalá hubiera sido yo quien hubiese asesinado a ese hijo de puta. Ojalá.
No me separaba de su lado a no ser que fuera para cazarlos.
Pero ella había cambiado. Aunque la dulzura de su mirada seguía allí, ahora había un brillo nuevo y diferente.
Por el día cocinaba, leía, incluso interactuaba con los chicos.
Desde que los informé de que la habían atacado, venían a verla cada dos por tres.
Por las tardes se iba al gimnasio y lanzaba puñales hasta que fallaba, y eso que tenía una puntería perfecta.
Se pasaba así horas. Cada noche nadaba en la piscina hasta quedarse sin aliento para después buscarme y hacerme el amor de manera feroz.
Su dulce esencia se había roto y no sabía cómo ayudarla.
Le rogué que me dijera cómo hacerlo. Jamás en mi vida había vuelto a suplicar desde la muerte de mi padre, pero por ella rompí ese pacto. Por ella le pediría clemencia al mismísimo diablo. Por ella haría hasta lo indecente.
Mi corazón, mi alma, todo era suyo.