Obsession (Almas Letales 2) 31. Mia
48%

31. Mia

MIA

Alexander y Bastián se habían marchado a una reunión, momento que aproveché para darme un relajante baño con espuma sin que el psicópata me sacara de allí a rastras para venerar mi cuerpo, como él decía.

Había cambiado tanto desde el día que nos conocimos.

Ya no era el hombre gruñón y callado. Ni el acosador tras una pantalla o al fondo de la cocina, aunque sabía que seguía observándome cada vez que se alejaba de mí y había un muro que nos separaba.

Llegaba a entender su obsesión por controlarlo todo, más aún con la clase de infancia y de vida que habían llevado.

Me preguntaba qué pasaría el día que todo volviera a la normalidad, el día que Gabriella pusiera fin a aquella locura de venganza.

Yo tendría que regresar a mi vida, a mi restaurante, y entonces, ¿qué?

Era feliz con él y sus pequeñas locuras, pero anhelaba una vida normal, salir a dar un paseo a la luz del sol y no entre las sombras de la noche.

Alexander era un hombre poderoso, dirigía una empresa millonaria y nuestras vidas no podían ser más diferentes.

Si a eso le sumabas su trabajo como el Carnicero…

La verdad, no quería saber nada acerca de eso. No preguntaba.

Hacía lo mismo con mi familia. Ojos que no ven corazón que no siente, aunque a veces la mierda de lo que no ves te estalle en la cara.

Sabía que en un futuro debíamos tener una conversación sobre todo eso. Sobre su vida conmigo. Sabía que lo nuestro tendría un punto y final, no era tan ilusa, pero no estaba preparada para que ese momento llegase.

Yo quería formar una familia, vivir en algún lugar cerca del mar, cocinar. Nunca le había preguntado a él por su futuro, por cómo se veía dentro de diez años, pero daba por hecho que se alejaba muchísimo del mío.

Salí de la bañera cuando sentí que el agua comenzaba a enfriarse. Me envolví en el enorme y mullido albornoz negro que Alexander me había dejado sobre su cama antes de marcharse. Busqué el móvil y vi que me había dejado un mensaje.

Bueno, varios.

Me había estado observando por las cámaras y con cada prenda de ropa que me había quitado habían ido subiendo la temperatura, hasta llegar al punto de prometerme que estaba deseando volver a casa para arrancarme el albornoz.

Le mandé un emoticono de fuego y una sonrisa. Mentiría si dijera que yo no deseaba lo mismo.

Decidí que abriría una botella de vino, me prepararía algo para picar y lo esperaría en el salón justo así, solo con el albornoz. Alexander era un hombre de palabra, y cuánto me alegraba de eso.

Preparé hummus y corté varios palitos de verduras. Lo acompañé con almendras tostadas y unas pocas aceitunas. Partí queso y coloqué varias lonchas de pastrami a su alrededor. Agarré una copa con la otra mano, el sacacorchos en la boca y me fui con mi preciado botín al salón.

Me puse una película de Tim Burton y las horas pasaron.

Había bostezado tantas veces que incluso Alexander me mandó un mensaje para que me fuera a dormir.

Pervertido.

A la segunda película le quedaban diez minutos para terminar. Era tarde y comenzaba a hacer frío. Podría haber encendido la enorme chimenea del salón, pero pretendía irme pronto a la cama. El problema era que quería esperar a Alexander para dormir.

De camino a la cocina, mi teléfono empezó a sonar y puse los ojos en blanco. Seguro que era él para decirme alguna guarrada de las suyas. Cuando lo cogí, vi que se trataba de Keyla.

Casi se me cae el móvil de las manos. Era demasiado tarde. ¿Gabriella estaría bien?

—¿Keyla?

—Mia, no digas nada a no ser que yo te pregunte —indicó con voz ausente, con el sonido de las teclas de fondo y gritos de otras personas que no entendía—.

Alguien ha hackeado la seguridad del edificio y están entrando.

No tienes mucho tiempo. Necesito que mantengas la calma hasta que llegue Alexander.

Ya está en camino. Carter está en directo con él, pero ahora, nena, quiero que cojas cualquier arma que ese enfermo tenga escondida por la casa.

Sentía el corazón en la garganta, las manos me temblaban.

—Ya llegan. No he podido bloquear el ascensor para impedírselo. ¡Te están observando, haz como que hablas con una amiga!

—Estoy… estoy de acuerdo. La semana que viene me vendría genial.

—Lo estás haciendo muy bien. ¿Recuerdas la habitación del pánico? Cuando yo te diga, corre.

Cogí un cuchillo de carne, mi favorito. Lo agarré con manos temblorosas.

—Recuerda que eres una principessa de la mafia, has recibido entrenamiento, sabes defenderte. No tengas miedo —aseguró Keyla con voz tranquila.

—Sí, las vistas de la ciudad son maravillosas.

—¿Cuándo llega? ¡Carter, joder! —gritó Keyla.

—Cinco minutos —contestó este.

Oí su voz, aunque un poco distorsionada.

—Necesito que aguantes cinco minutos.

—La ciudad es maravillosa.

—Están dentro. Ve tranquila a la habitación del pánico. Haz como si fueras a la biblioteca.

—¿Y por qué no he ido antes allí?

—Necesitaba que primero cogieras un arma y asegurarme de que aquella zona estuviera despejada. No hagas movimientos bruscos y date más prisa.

—Sí, sí, claro.

—Corre.

Corrí tan rápido como pude con el teléfono en una mano y el cuchillo en la otra. Escuché gritos a mis espaldas y el sonido de una bala que me rozó la cabeza. Giré la esquina, agachada, pero alguien enredó las manos en mi pelo. Tiró con fuerza y me hizo caer de rodillas. Subí ambas manos.

Había soltado el teléfono, pero no el cuchillo.

Volvió a tirar y me dio la vuelta antes de lanzarme contra el suelo. Caí de espaldas. Aquel hombre se cernió sobre mí e intentó agarrarme de las manos; dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre el mío, pero Keyla tenía razón. Podía con esto.

—Eres una zorra preciosa —susurró—. Qué pena que dejaras que ese bastardo te follara. —Una lágrima me surcó la mejilla—. No llores, preciosa, él será el siguiente, pero antes jugaremos un rato para que sufra como lo hizo su padre.

Venían a hacerle daño.

Me retorcí para activar la memoria muscular.

Conseguí soltar la mano del cuchillo después de darle un rodillazo en las costillas y se lo hinqué en el muslo con el que me presionaba y dejaba sin respiración.

Lo retorcí para buscar la vena femoral al tiempo que aguantaba sus golpes.

Seguí curvándolo mientras con la otra mano me protegía.

Si algo sabía era despiezar carne, y pensaba dejarlo hecho un puto desastre.

La adrenalina hacía lo suyo porque no sentía dolor. Grité, incluso mordí. Extraje el cuchillo cuando noté que la sangre comenzaba a salir sin control. Era hombre muerto. Acabaría desangrado. En un minuto comenzaría a marearse; en tres, a perder la visión, y se le entrecortaría la respiración.

—¡Dispárale, joder! —gritó uno de los que lo acompañaban.

Miré por encima del cabrón que seguía sobre mí y que intentaba estrangularme mientras yo trataba de cortarle el cuello.

Había otros dos más, uno de ellos rubio y grande, el otro pequeño, con la cara tatuada.

El primero me apuntó a la cabeza. Sonaron un par de detonaciones y cerré los ojos mientras me cubría la cabeza.

Todo quedó en silencio y yo aproveché para clavarle el cuchillo en el pecho al hijo de puta que seguía sobre mí.

Abrió los ojos de par en par. Las manos que me rodeaban la garganta dejaron de hacer presión. La vida y su alma desaparecieron en pocos segundos.

No podía moverme.

No podía respirar.

—Mia —la voz rota de Alexander me partió el alma.

Cerré los ojos. Intenté apartar el cuerpo del hombre que acababa de asesinar. Estaba cubierta de sangre, la sentía por todas partes.

Se me escapó un sollozo cuando no pude quitármelo de encima. Las manos se me resbalaban.

El peso desapareció de repente. Alexander se lanzó a mi lado tan rápido… Me cogió de las mejillas. Tenía el rostro salpicado de sangre y respiraba entre jadeos. Sus ojos se movieron desesperados por todo mi cuerpo, junto con sus manos.

—¿Estás bien? Joder, Mia. —Asentí, evitando romperme. Acababa de matar a un hombre—. Pensé que te habían asesinado, cielo.

—Lo siento —susurré.

Los ojos de Alexander se oscurecieron, su boca se crispó y me rodeó con fuerza con las manos.

—No. No me pidas disculpas. Debería haber estado aquí. Esto es culpa mía —gruñó devastado.

—¡Mia! ¡Alex!

Bastián acababa de llegar. Tenía el pelo despeinado. Estaba asustado.

—Mírame —suplicó Alexander con voz rota.

—He matado a un hombre —confesé sin dejar de mirar el cuerpo desangrado.

—Has hecho lo necesario para seguir con vida, que es muy diferente a asesinar a alguien —aseguró con rabia, con las manos ensangrentadas apoyadas en mis mejillas, después de comprobar cada parte de mi cuerpo.

—He matado a un hombre —repetí una y otra vez.

Alexander miró a Bastián y con un asentimiento le dio una orden silenciosa. Mi cuerpo había comenzado a temblar y no podía detenerlo.

—Vamos a quitarte esta ropa y a darte un baño. Luego hablaremos de lo que ha pasado.

Negué con la cabeza. No quería hablar, no quería moverme.

—Mia —gruñó, presionándome la barbilla para que lo mirara—, has hecho lo que tenías que hacer. Perdóname por no haber estado aquí —suplicó cuando por fin lo miré.

No supe qué fue lo más doloroso: tomar consciencia de que había asesinado a un hombre o la pena y la destrucción que había en su mirada por no haberlo hecho él mismo.

Sabía que aquello sería un punto de inflexión en mi vida, en nuestra relación. Jamás me perdonaría a mí misma lo que había ocurrido. Aunque aquel hombre quería hacerme daño, aunque hubiera tenido que pelear por mi vida, jamás olvidaría su rostro.

Desde que nací estuve rodeada de peligro, de muerte, pero nunca había sido yo el verdugo. Lo había evitado con tanta desesperación como ahora evitaba la mirada de Alexander, el dolor de sus ojos y el anhelo de su cuerpo por consolarme.

Me sentía asqueada cuando me vi en el espejo con las manos aún manchadas de sangre. El temblor no había cesado. Notaba un enorme nudo en la garganta, los ojos hinchados de llorar, la boca reseca.

Alexander quiso entrar conmigo al baño, pero necesitaba estar sola. Necesitaba enfrentarme a la desconocida que me devolvía la mirada.

No era estúpida. Lo había hecho para defenderme, para defendernos. Si no lo hubiese matado, ahora sería mi cuerpo el que estaría en el maletero del coche de Bastián. Se habría desencadenado otra guerra.

Hice lo necesario, pero eso no quería decir que algún día llegara a perdonármelo, aunque hubiera actuado sin dudar solo para que no se acercaran a él. Porque cuando dijeron que querían hacerle daño… Ahí supe que haría lo que fuera para protegerlo.

Daban igual todas las vidas con las que tuviera que acabar.

No, no olvidaría sus rostros, pero prefería eso a no volver a ver jamás el de Alexander.

Rememoraría cada una de ellas a diario, aunque me costara entregar un pedazo de mi alma a cambio.

Aunque dejara de ser quien era. Mataría a todas las personas que le hicieran daño. Sin excepciones.