30. Alexander
ALEXANDER
—No quiero ir —sentencié por cuarta vez.
—Tienes que hacerlo —aseguró Bastián antes de dejarse caer frente a mí en la silla de mi despacho—. Tienes que ir y salir de aquí. De hecho, tenéis que ir ambos, o acabaréis volviéndoos locos.
Sonreí. Desde la cena de Viena, no había salido de la casa excepto para ir a comprar con Mia a aquella tienda que tanto le gustaba, o por la noche para dar un paseo por las zonas rurales.
Habíamos hecho pícnics a la luz de la luna, follado sobre la manta de cuadros que usábamos de mantel, incluso teníamos que parar en mitad del camino.
Mia se había vuelto insaciable y mi obsesión por ella solo había crecido más aún.
Deseaba confesarle cada día lo que sentía por ella. No era una obsesión. No era solo sexo. Me había enamorado de ella y no tenía ningún tipo de duda al respecto. Pero ella no estaba preparada para oírlo. Aún no.
Me sentía incapaz de dejarla sola, de despegarme de ella, y cuando lo hacía, era en un momento como aquel, por trabajo. No podía quitarle el ojo de encima e incluso en ese momento, con mi hermano frente a mí y estando en mi casa, tenía las cámaras de vigilancia activadas.
Estaba en la cocina, con una de mis camisas puesta y unos pantalones cortos vaqueros. Si el bastardo de mi hermano no hubiera bajado, no llevaría nada debajo.
Le dirigí a Bastián una mirada asesina, porque eso era lo que sentía en ese momento: unas ansias insanas de matarlo por perturbar mi calma.
Ella. Si él no estuviera aquí, observaría cada uno de sus movimientos, la forma de moverse por mi casa de manera tan relajada, escucharía sus gemidos mientras probaba cada uno de sus inventos en la cocina, la vería usar los cuchillos.
Solo de pensarlo me empalmaba, joder. Tenía que deshacerme de Bastián.
—¿Me estás escuchando? —preguntó mi hermano dando una palmada frente a mi cara.
—Voy a cortarte las putas manos —susurré— y luego voy a mandárselas a tu madre para que sepa que eres un metomentodo inaguantable que no sabe quedarse en su parte de la casa.
Bastián rompió a reír en carcajadas sonoras que solo hicieron que me cabreara aún más. Apreté los puños para controlarme. En el primer cajón tenía un enorme cuchillo afilado capaz de destrozarlo y de hacerme cumplir esa promesa.
—Vamos, hermano, sabes que tengo razón. Lleváis un mes jugando a las casitas.
—A las casitas pervertidas.
—Califícalo como quieras —asintió con un gesto de la mano—. La cosa es que tenemos que ir a esa reunión, y es esta noche. Así que levántate, dúchate y vamos.
—Podrías ir tú solo o con Minerva.
—Minerva está de viaje y esos tíos quieren hablar contigo.
—¡No entiendo entonces para qué cojones os pago!
Bastián puso los ojos en blanco antes de levantarse y colocar la silla en el lugar exacto donde debería estar.
—Para limpiar la mierda que dejas de vez en cuando en tus escapadas psicópatas. Esta noche a las siete y media en el hotel Amelie.
Teníamos dos futuros clientes que eran unos auténticos tocapelotas.
No necesitábamos la pasta, ni mucho menos el contrato de millones que firmaríamos con ellos, pero sí sus recomendaciones.
No solíamos trabajar en Estados Unidos , de donde procedían los socios con los que cenaríamos esa noche, solo en Europa.
Nos iba bien, pero abrirnos paso en otro continente nos daría el impulso que necesitábamos.
Ser el director ejecutivo de Industrias Kane me apasionaba, más aún si controlaba miles de cámaras y accesos directos a calles, empresas y lugares donde podía encontrar a mis víctimas como el Carnicero.
También vigilaba a la gente poderosa. Tenía acceso a sus viviendas privadas, pruebas contra sus desfalcos y adulterios.
Pero desde que Mia había llegado a mi vida nada de eso me importaba como antes.
Me daban igual los nuevos clientes. No quería ir a esa puta cena.
Quería abrir una botella de vino y follármela de todas las maneras posibles mientras gritaba mi nombre una y otra vez con esa boquita dulce e inocente.
Sí, mi dulce Mia se había vuelto una pervertida insaciable.