28. Mia
MIA
Desperté entre los brazos de Alexander. No me hizo falta abrir los ojos para saberlo. Olía a jabón, al perfume que usaba cada día y que tanto me gustaba.
Olvidé por un momento la mierda de noche que había tenido y me acomodé en su cuello.
Alexander se sentó en algún lugar, conmigo aún entre los brazos.
—Sé que estás despierta —susurró contra mi mejilla y me estrechó aún más, si es que se podía, contra su cuerpo—.
No hace falta que abras esos preciosos ojos ni que me mires si no quieres.
No hace falta que me dirijas la palabra, pero sí necesito que me escuches.
—Suspiró para hacer una pausa—. No quiero verte llorar, cielo.
Antes, dime qué te pasa, qué te pone triste y qué deseas.
Da igual lo que sea, yo te lo daré. Te daré todo lo que me pidas, pero, por favor, no llores.
Parpadeé para evitar que se me escapasen más lágrimas. Las notaba en los ojos, junto con el ardor en la garganta y la calidez de su mirada.
Alexander Kane podía ser la persona más despiadada del universo, pero también tenía aquella parte de él tan oculta y reconfortante. Me sentía segura en sus brazos, me sentía en paz.
—Solo soy un trato. Anoche lo dijiste —susurré con voz ronca.
Noté el cuerpo de Alexander tensarse bajo el mío, su agarre tierno se volvió duro como el acero.
Pasaron unos segundos que se hicieron eternos. Estuve tentada de levantar la cara para mirarlo, para saber qué se le estaría pasando por aquella mente perturbada.
—Al principio sí, fuiste solo un trato, pero ahora eres mucho más que eso. Eres mía, eres mi obsesión, mi condena y mi perdón. Anoche también te dije otras muchas cosas, Mia. Estoy…—Una de sus manos viajaba por mi espalda a un ritmo lento y tranquilizador—. No me tienes miedo.
Lo dijo sorprendido a la vez que asustado.
—No, no tengo miedo —respondí abriendo los ojos. Descubrí que estábamos en su dormitorio.
Me moví para pegarme más a él mientras se acomodaba en la cama, hasta que tiró de mí para recolocarme a horcajadas sobre él.
Seguía aferrada a su cuerpo. Posó ambas manos sobre mis mejillas para que lo mirase.
—No me tienes miedo y te encantan los cuchillos —susurró elevándome el mentón.
Sus preciosos ojos verdes se fijaron en los míos. Era demasiado guapo para ser real, por eso estaba loco. Debía tener algún defecto.
—Me encantan tus cuchillos —afirmé con voz delicada.
—Eres valiente y adoro cuando me desafías.
—Lo sé —contesté, no pude evitar sonreír un poquito.
—Ahí está —susurró y me pasó un dedo por la mejilla hasta llegar a la boca— esa sonrisa que me vuelve loco.
—¿Más aún?
—Más aún.
Ladeó la cabeza de aquella manera que tanto me gustaba.
—Me encanta cómo sabe tu cuerpo. Sobre todo tu coño.
—¡Alexander!
Le di un manotazo en el pecho antes de echarme hacia atrás para que me soltara, pero solo conseguí que él se moviera para acomodarse más aún.
—Me encantan tu pelo, tu sonrisa, tu olor…
Tu pasión al cocinar. Tu forma de moverte tanto fuera como dentro de mi cama.
Cómo me comes la polla y me miras con esos ojos de corderito, aunque tengas el coño tan empapado que podría metértela entera.
Me encanta cómo me miras, cómo me cambias las putas cosas de sitio, cómo me desafías, cómo me amenazas con mis cuchillos…
—Creo que eso no debería gustarte —susurré preocupada.
—Me gusta todo de ti —sentenció—. Así que no, no eres un puto trato. Eres mía y mataré a quien te haga derramar una lágrima, incluso si soy yo mismo.
—Eso… es preocupante.
Hizo un gesto con los hombros antes de bajar las manos a mis caderas para posarlas allí con delicadeza.
—¿Estás mejor? —preguntó.
Asentí y después volví a acomodarme sobre su pecho.
—A mí también me encanta amenazarte con tus cuchillos.