27. Mia
MIA
Minerva observó cada uno de mis pasos y gestos mientras me acercaba a ella. No solía juzgar a las personas sin conocerlas, pero a ella la odiaba, y eso no estaba bien.
Cogí aire y me preparé para hacer un esfuerzo soberano por no tirarle del pelo.
Seguramente mi hermana la habría arrastrado al baño, la habría dejado inconsciente y habría atrancado la puerta para que disfrutara de la velada en absoluta soledad.
Enzo habría… No sé qué habría hecho él, la verdad.
Pero yo no solucionaba las cosas de la misma manera que el resto de mi familia, o al menos eso había intentado hasta entonces.
Cuando estuve frente a ella, levanté el mentón y fingí mi mejor sonrisa. Minerva siguió mirándome sin parpadear si quiera durante varios segundos, que se hicieron eternos, hasta que soltó una carcajada ronca con la que reaccioné.
—Me ha encantado cómo has mantenido la calma en todo momento —aseguró mientras asentía con la cabeza.
Agarró un par de copas de champán y me pasó una con una sonrisa deslumbrante en la cara—.
Soy Minerva y, aunque no lo creas, es un placer conocerte.
—Acepté la copa, extrañada—. Conozco a este par desde que era una cría.
—Acompañó sus palabras con un movimiento de hombros—.
Son como mis hermanos mayores. Te aseguro que no tengo ni he tenido nunca nada con ellos.
—No necesito esa información —contesté antes de darle un sorbo a la copa.
No quería explicaciones, aunque parecía que la expresión de mi cara daba signos de todo lo contrario. No paraba de contemplarme con una diversión que me estaba poniendo muy nerviosa.
—Yo creo que sí, al menos por la forma en la que os miráis, y por la forma en la que quieres asesinarme con la mirada.
Minerva no dejaba de observar a los dos hombres que se habían alejado del centro de la sala para salir por la puerta del fondo.
—Nunca antes había visto a Alexander cerca de una mujer. No consiente que nadie lo toque, no quiere que nadie lo haga. Pero contigo… —suspiró antes de sonreír, con tal brillo en los ojos que supe que todo lo que me decía era real— contigo es él. Por fin, después de tantos años, se permite ser él.
—No sé qué quieres decirme.
—Esos críos han pasado por mucho. Han vivido en la miseria, han matado para sobrevivir, han perdido demasiadas cosas. Que Alexander esté feliz, que haya vida en sus ojos, es una realidad que jamás pensé que vería. Así que gracias.
Levantó la mano para que se la estrechara y eso hice, aunque casi se me cae la copa por la confusión.
—¿Empezamos de nuevo? Soy Minerva.
—Mia.
—Un placer conocerte. Lo del vestido era una prueba, por cierto.
Acompañó aquellas palabras con una sonrisa que daba miedo y después se bebió el culo del vaso.
—Era horroroso.
—Lo sé.
—No iba a ponerme esa mierda.
—Si lo hubieras hecho, habría sido una decepción. Divertido, pero decepcionante.
Sonreí y miré en la misma dirección que ella.
Bastián había regresado acompañado de Alexander; ambos traían mala cara.
Me fijé en los andares de Alexander, regios, contundentes.
Estaba cabreado. Antes me habría dado miedo, pero en aquel instante solo quería lanzarme sobre él para comérmelo a besos y que hiciera ese pequeño amago de sonrisa que tanto me gustaba.
Estaba guapísimo, incluso con la máscara negra que llevaba.
Recordé la noche que lo vi en la cocina, con la máscara de las pesadillas, con ese cuerpo… Apreté los muslos de manera instintiva, gesto que no pasó desapercibido para él.
Ahí estaba aquella ligera sonrisa, el brillo en sus ojos.
Me gustaba ese hombre. No la imagen perfecta de príncipe azul con la que siempre había soñado.
Me gustaba esta, el retrato dantesco de la oscuridad enmascarada.
La fuerza bruta de su cuerpo. El atractivo de sus facciones.
La forma protectora con la que me trataba pero que a la misma vez me incitaba a que me rebelara.
Nadie me ofrecía esa opción, la de decir que no, la de mandar a la mierda a alguien. Supongo que yo tenía la culpa de atribuirme a mí misma ese papel. Debía ser la normal de la familia.
Me retorcí los dedos cuando Alexander comenzó a abrir y cerrar las manos de manera hipnótica, hasta que llegó a mi lado y rodeó una de las mías para luego entrelazar nuestros dedos.
Se acercó para darme un beso en la cabeza.
—Me queman las manos solo de verte y no poder tocarte.
Sonreí antes de mirar a Bastián y a Minerva, que susurraban entre ellos. No sabía qué había pasado, pero seguro que nada bueno por la forma en la que él observaba a su alrededor.
—A mí me ocurre lo mismo —contesté al comentario. Era cierto, no podía controlarlas cuando lo veía, no sabía qué hacer con ellas—. ¿Qué pasa?
—Nos vamos.
—Pero la cena aún no ha comenzado.
—Lo sé, pero hemos averiguado…
—¿El qué?
—Nada que debas saber.
—No me dejes fuera, Alexander. Mi familia siempre lo hace para protegerme y estoy harta.
Asintió antes de llevarse nuestras manos entrelazadas a los labios para besarlas con demasiadas promesas.
—Cuando estemos en un lugar seguro. Ahora tenemos que marcharnos.
—Estaba preocupada y él lo sabía. Al principio me había cabreado por la forma en la que había tratado a Ezequiel; no me gustaba la violencia, pero era la primera vez que veía una pizca de miedo en la mirada de Alexander y eso era no solo preocupante, sino aterrador—.
Necesito sacarte de aquí. Ha sido una estupidez traerte.
—Se pasó la mano que tenía libre por el pelo y después se dio la vuelta para observar la sala con disimulo—. Vamos.
—Alexander…
—No.
—Por favor —insistí.
—Te he puesto una diana en la cabeza. Aunque ya la tenías, solo lo he empeorado.
—¿Qué?
—Nadie conoce la identidad del Carnicero, pero a Alexander Kane… —susurró mientras me agarraba la mano para alejarnos del tumulto de gente sin perder de vista cada rincón de la sala—. A ese lo odian, le ponen rostro.
—Es un baile de máscaras, nadie sabe quién soy.
Llevaba razón. Era una chica sin rostro.
—Claro que nadie sabe quién eres, ni lo sabrán, pero intentarán averiguarlo, y el trato era que pasaras desapercibida, que estuvieras a salvo. Tengo que mantenerte a salvo. Necesito hacerlo —contestó con los dientes apretados mientras les hacía señas a Minerva y Bastián.
Por eso estaba tan enfadado, porque su maldito trato peligraba. Porque yo solo era eso, un acuerdo.
Tiré de la mano para que me soltara. Ahora no solo estaba preocupada, también enfadada.
Primero… No sabía ni qué decir. Primero me encerró en su ático, después me robó la ropa y me acorraló contra una encimera.
No solo eso, sino que averigüé que me espiaba por las cámaras de vigilancia.
Encima me folló como si fuera un animal, que no me quejaba, me había encantado, y yo misma había sido la que le había pedido más, pero después actuó como si no hubiera pasado nada.
Apareció con otra mujer de la mano… Dios santo, no.
No sabía por dónde coño empezar ni cómo tomarme esa mierda de relación, si es que aquello podía llamarse así.
—¡Mia! —Alexander no dejó que me alejara más allá de varios pasos hasta que volvió a agarrarme.
Estaba cansada, me dolían los pies y se me empezaron a llenar los ojos de lágrimas.
Casi habíamos llegado a la salida cuando volví a sentir el tirón de su mano para que parara. Me dio la vuelta con un movimiento brusco en cuanto desaparecimos de la vista de miradas indiscretas.
—¿Qué te pasa? —preguntó. Llevó ambas manos a mis mejillas para que dejara de mirar el suelo.
No quería que me viera llorar, y por mucho que él lo intentó, me resistí, hasta que no le quedó más remedio que agarrarme de la nuca e inclinarse hasta quedar a la altura de mis ojos—. ¿Qué cojones…? ¿Estás llorando?
Se me escapó una carcajada histérica. Quizá por la pena, por la rabia de ver a mi familia en esta situación, por ser solo un favor y que él no se hubiera dado ni cuenta.
Toda la mierda que habíamos ignorado desde que llegué, la tensión, el deseo, la curiosidad por conocerlo de verdad, me estalló en la cara.
Alexander estaba paralizado. Si no fuera porque sus ojos se movían frenéticos para registrar cada uno de mis gestos, habría pensado que sí, que se había transformado en piedra.
«Como su corazón», pensé. Y ahí sí que estallé a reír mientras las lágrimas caían sin control ninguno.
Acabé mirando al cielo mientras las carcajadas seguían llegando.
Alexander me sujetó porque había perdido no solo el control de mi mente, también de mi cuerpo.
—¿Puedes, por favor, tranquilizarte y decirme qué ocurre? —susurró antes de tirar de mí para envolverme entre los brazos.
Su mirada… Parecía preocupado de verdad, quizá sí que estuviera perdiendo la cabeza.
Vi a Bastián y a Minerva acercarse a nosotros. Tenía que coger aire y tranquilizarme.
—¡Mia! Te juro por Dios que si no paras de una vez te daré un azote en el culo. —Alexander me zarandeó con una delicadeza demasiado contradictoria con sus palabras antes de tirar de mí para que siguiéramos caminando.
Di varios traspiés, pero conseguí recomponerme. Eché un vistazo a mi alrededor, estábamos cerca de la salida. Había demasiada seguridad como para que alguien se hubiera dado cuenta del numerito de histeria que acababa de montar.
—¡Solucionadlo, joder! —les indicó a Bastián y a Minerva y me cogió en brazos.
Le rodeé el cuello y justó ahí metí la cabeza.
Volví a llorar, esta vez de manera sosegada—.
No sé qué te ocurre, amor, pero lo arreglaremos.
No… no quiero verte llorar. Por favor, Mia —susurró y me apretó entre los brazos—, no lo hagas más.
Alexander
No podía dejar de mirarla.
Desde que subimos al jet había eludido mi mirada de manera descarada. Daba igual si le hablaba, incluso si le preguntaba. Ella solo respondía y seguía ignorándome.
Decidí darle un poco de tregua. Sabía que estaba cansada, que echaba de menos a su familia, su hogar, pero estaba en peligro y mi deber…
, mi obligación era protegerla. No porque hubiera hecho un trato con el ruso, sino porque yo mismo lo necesitaba para sobrevivir.
No estaba obsesionado con Mia, estaba enamorado y, joder, esa era la locura más grande que me había pasado en la vida. Y la más aterradora.
Verla llorar había destruido el último trozo de alma que me quedaba. Había sido la peor de las torturas, sus lágrimas y esa mirada triste.
Mia era una mujer alegre, risueña y delicada. Con el paso del tiempo había descubierto que además era atrevida, que tenía carácter y ese lado oscuro que tanto amaba. Amaba a Mia Bianchi y haría cualquier cosa por verla sonreír.
Esperaría a llegar a casa.
Agarré una de las mantas que descansaban en las cabinas superiores. Me senté a su lado y la tapé, no sin antes agarrarle la mano y posar nuestros dedos entrelazados en mi regazo.