Obsession (Almas Letales 2) 26. Mia
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26. Mia

MIA

¿Por qué susurraban? ¿Y por qué ella era tan jodidamente bella? Odiaba su pelo rubio brillante y peinado a la perfección. Sus ojos verde jade. Su cuerpo, que parecía esculpido por los dioses. Minerva era preciosa y ambos hacían una pareja perfecta.

Alexander se giró una vez más en mi dirección. Tenía las aletas de la nariz dilatadas; parecía cabreado si te fijabas en sus ojos y en su forma de respirar, pero nada más. Si le mirabas el cuerpo, las manos, incluso la posición de las piernas, se le veía relajado.

Estaba cansada de bailar, tenía sueño y hambre. Suspiré y me mordí la lengua para no suplicarle a Ezequiel que me sacara de aquella fiesta y me llevara a casa.

Era un chico agradable. Si no estuviera retenida en contra de mi voluntad y con mi hermana a punto de atacar a las mafias rusa y albanesa, le diría de tomar una café otro día.

Como amigos, claro. Me había dado conversación y había dejado el tema de los hermanos a un lado.

Una vez que hizo eso, bailar con él fue divertido.

La música cambió. Sonaba el vals «Cuentos de los bosques de Viena», y Ezequiel me agarró más fuerte para guiarme.

Pero sentí que bajaba la mano un poco más, cerca del límite aceptable. Estaba a punto de cogerla y subirla. No, estaba a punto de apartarlo y de salir de allí cuando su tacto desapareció.

—¡Ah! —gimió de dolor al lado de mi rostro.

Cuando miré en la misma dirección que él, vi a un Alexander Kane que prometía una muerte segura solo con la mirada.

—Llevo un rato observando cómo tocas lo que es mío con tus asquerosas manos —susurró para que solo nosotros tres pudiéramos escucharlo.

—Tuyo, ¿eh? —preguntó Ezequiel con sorna—. Mia, no sabía que tuvieras dueño.

Di un respingo sin darme cuenta.

—Y no lo tengo —aclaré de malas maneras.

—Claro que no, preciosa —contestó. Dio un paso atrás y tiró de la mano que Alexander aún le sujetaba.

Tenía mala pinta, solo la había visto unos segundos, pero entre el quejido que había dado y el pequeño crujido que había oído aquello había tenido que doler.

—Enséñamela —dije bajito.

Ezequiel ya no me miraba, solo tenía ojos para Alexander, y por la manera en la que esos dos se observaban…

—Si vuelves a tocarla, te cortaré la mano —gruñó más cerca de su rostro.

—A no ser que ella misma me lo pida, ¿no?

No sabía qué decir.

—Ella no te lo pedirá, créeme.

Alexander me rodeó la mano con delicadeza.

Aquel numerito de celos no tenía sentido, más aún cuando él llevaba toda la noche al lado de su secretaria.

Intenté soltarme de aquel agarre, que parecía tan natural como esencial en mi vida, pero me apretó la mano con más fuerza.

Volví a tirar, esta vez con ahínco, pero era imposible.

—Suéltame —exigí.

—No —contestó rotundo.

Ni siquiera me miró.

—Que me sueltes —repetí.

Me llevé nuestras manos entrelazadas al regazo para intentar abrir cada dedo, uno por uno. Imposible.

—¿De qué os conocéis? —quiso saber Ezequiel.

—¿Quién eres? —preguntó Alexander a la vez.

—Ezequiel.

Noté el ligero cambio en el cuerpo de Alexander, tan breve y disimulado que solo hizo que prestara aún más atención a aquella conversación mientras seguía peleándome con sus dedos.

—¿Irlandés? —preguntó Alexander con sequedad.

—Irlandés. Nacido y criado.

—Es la primera vez que te veo aquí.

Alexander seguía sin soltarme, incluso tiró de mí para pegarme más a su cuerpo hasta casi esconderme tras su espalda. Seguía teniendo aquella mirada que hacía que se me pusieran los pelos de punta pero que a la misma vez me volvía loca.

—Sí, bueno, es mi primer año —contestó Ezequiel. Aún tenía la mano escondida detrás de la espalda, como si quisiera ocultar la gravedad del asunto.

—Mia, por favor, ¿puedes esperarme en la barra? Tengo que hablar un momento con el señor…

—O’Hannel —contestó el chico.

Vi el odio en su mirada cuando Alexander dejó de prestarle atención.

Conocía esa expresión. Apreté la mano del Carnicero más fuerte, como un acto reflejo para que no se separara de mí.

Como si yo, una simple chica de veintisiete años con miedo a disparar un arma o matar a una persona, fuera capaz de protegerlo contra el resto del mundo. Un mundo lleno de veneno.

—Creo que debería quedarme aquí, a tu lado —contesté.

Alexander acercó su rostro al mío. Sabía que no había dejado de fijarse en mí desde que habíamos llegado a la fiesta. Miradas fugaces cargadas de mil palabras mudas. No sabría explicarlo, pero supe que me estaba rogando que me alejara de allí, de ellos. Ya.

—Ve junto a Minerva. —Torcí el gesto de la mala gana. No quería ir a hablar con ella—. No es lo que crees —susurró para que solo yo pudiera escucharlo.

Miré a Ezequiel por última vez. Agarré la mano de Alexander y retrocedí un par de pasos para llevármelo conmigo.

—¿Qué ocurre?

—Mia, ese hombre no es ningún santo, te lo aseguro. Si he dejado que estés cerca de él diez minutos, es porque tenía que guardar las apariencias. Que te vean conmigo es peligroso. Una estupidez.

—¿Y para Minerva no?

Se llevo una mano al puente de la nariz. Se apretó los lagrimales antes de mirarme.

—Es una ladrona de guante blanco profesional, Mia.

Trabaja para nosotros y es capaz no solo de robarte en tu cara, sino también de obtener información con cuatro sonrisas y varias palabras bonitas.

Necesito saber todo lo que anhela la gente de esta sala.

No son mis amigos, y los tuyos tampoco. Te aseguro que aquí no hay nadie inocente excepto tú.

—Pero a Ezequiel no lo conoces. ¿Cómo sabes que es malo?

—Cielo, acabo de romperle dos dedos y de desencajarle la muñeca por tocarte y apenas se ha quejado. Si fuera una persona normal, estaría pataleando en el suelo.

Asentí como una autómata mientras asimilaba aquellas palabras. Un momento…

—¡¿Acabas de romperle los dedos?! Eso no está bien, Alexander. No era necesario…

—Nadie —interrumpió con contundencia—, absolutamente nadie, te toca.

Esas palabras, junto con aquel tono de voz, me enfurecieron en la misma medida que me pusieron cachonda.

Tenía un problema, y de los graves, con aquel hombre.

Me gustaban las palabras bonitas y delicadas.

Las historias de amores imposibles con finales felices, no los villanos tóxicos y acaparadores como él. Tragué saliva antes de contestarle.

—No me gusta lo que has hecho. Soy una mujer adulta, capaz de apartar una mano de mi cintura si creo que se están propasando. —Solté la suya antes de dar un paso atrás—. No me gusta esa actitud de hombre de las cavernas.

Vi el pequeño espasmo de su mandíbula, la minúscula mueca que hizo.

—Cielo, tienes las pupilas dilatadas, te brilla la piel y has tragado saliva tantas veces que he tenido que observar a mi alrededor para comprobar que no estuviéramos en el desierto y que por eso tienes tanta sed —susurró antes de rodearme la cintura y apretarme contra su cuerpo.

Apoyé las manos en su pecho para no chocar contra él—.

Sé que estás cachonda, ya conozco esa mirada, y ¿sabes lo peor de todo? Que estoy obsesionado con ella.

Alexander era la viva imagen del demonio. Ojos brillantes y mirada pervertida, la auténtica máscara de la lujuria y la maldad.

—Tus ojos se vuelven… —Emitió un pequeño murmullo ronco antes de acariciarme la espalda hasta posar su enorme mano, que acaparaba toda mi cintura—.

No puedo dejar de mirarlos cuando sufren ese pequeño y leve cambio, Mia.

Mataría por verlos cada día —susurró cerca de mi oído, y provocó que todos los vellos del cuerpo se me pusieran de punta antes de besarme el cuello—, quemaría ciudades, arrancaría corazones si alguna vez viera una sola lágrima en ellos.

Su boca siguió acariciándome esa piel tan sensible y comenzó a mecer nuestros cuerpos al ritmo de la música.

—Creo que estás un poco obsesionado teniendo en cuenta que apenas nos conocemos y que solo hemos follado una vez.

Noté cómo su cuerpo se tensaba de nuevo.

—Obsesionado es poco, cielo. Con respecto a que no nos conocemos, eso tiene solución, aunque llevo observándote desde el mismo momento en que llegaste. Cada día y cada segundo. Te conozco demasiado. Cada mirada y cada gesto.

—Ya, te gusta espiarme por las cámaras, pervertido.

—Sí, lo soy, pero solo contigo.

Seguíamos moviéndonos al ritmo de la música, con la diferencia de que antes estaba atenta a cada movimiento de la sala, a cualquier cambio en el ambiente. Ahora solo lo veía a él. Solo lo sentía a él. El leve roce de sus labios, el toque suave y delicado de sus rudas manos.

—En cuanto a lo segundo…, cuando termine de hablar con el hijo de puta de la mano rota, le pondremos solución. —Abandonó mi cuello para mirarme—. No me gusta verte en los brazos de otro hombre, Mia.

—Ni a mí que otra mujer te toque.

Alexander sonrió como nunca antes lo había hecho.

—Te aseguro que no es lo que crees, pero me encanta verte celosa, cariño.

Hice un mohín con la boca para no darle la razón, aunque sabía que la tenía.

—Ahora, te pido por favor… —Levanté las cejas, sorprendida. Alexander Kane pidiendo permiso. Inaudito—. No me hagas gestitos, que me distraes. Sabes que me vuelven loco.

Loca me estaba volviendo yo con aquella mirada hambrienta que me dirigía a mí y solo a mí.

—Ya me has jodido los planes. Se suponía que debías pasar desapercibida, de ahí que viniera con Minerva.

Ahora todo el mundo ha visto que tengo un punto débil.

Tú. —Me acarició la mejilla antes de mirar a nuestras espaldas—.

Sé buena y ve con ella. Debo arreglar lo del cabronazo y tenemos que salir de aquí ya.

—No quiero que le hagas daño —contesté antes de cogerle la mano para que no me soltara tan pronto—. Prométemelo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque nadie toca lo que es mío, y él lo sabía —contestó cabreado antes de alejarse.

«¿Qué?».