25. Mia
MIA
No soportaba verla cerca de él.
Me di la vuelta en busca de Bastián, pero de nuevo estaba hablando de trabajo con un grupo.
Aquello me recordaba demasiado a las cenas que organizaba mi padre con sus capos, excepto por la diferencia de que en estas estaba mi familia, mis hermanos, y tanto a Gabi como a mí nos parecían demasiado aburridas.
Al menos en esas cenas podía ausentarme si quería. Aquí no tenía escapatoria.
Cogí otra copa de champán cuando pasó el camarero.
Debería controlarme un poco si quería seguir manteniendo la dignidad sobre aquellos altísimos tacones, pero a la mierda.
Estaba cansada por el viaje y el sexo desenfrenado que había mantenido hacía unas horas con Alexander, confundida de que ahora me ignorase mientras esa arpía me miraba con ganas de asesinarme, aburrida porque llevábamos en esa fiesta más de una hora y nadie salvo Bastián se había acercado a mí, pero sobre todo estaba…
Mierda, estaba celosa.
Alexander me había dado las mejores horas de mi vida, me había hecho sentir la mujer más deseada y sexy del mundo.
Me había sentido segura entre sus brazos.
Me había llevado a tal límite de excitación que era imposible no mojarme con solo mirarlo, pero él no me había devuelto la mirada ni una sola vez.
Suspiré antes de darle la espalda y acercarme a las vidrieras con vistas a unos jardines impresionantes iluminados por la luna y un camino de velas.
Quizá para otra persona aquello era una muestra de lujo y elegancia, todo decorado al mínimo detalle, limpio, impoluto, pero para mí era un evento más.
No me impresionaban los trajes a medida de los invitados, elaborados por grandes diseñadores, ni los relojes caros, los diamantes o los automóviles en los que habían llegado.
De nuevo, era otra maldita fiesta más llena de gente asquerosamente rica.
—¿Apreciando las vistas?
Di un respingo que casi provocó que me derramase sobre el vestido el champán de la copa. Me llevé una mano al pecho cuando conseguí controlar el líquido.
—Dios santo, qué susto me ha dado.
Aquel hombre me observaba entre divertido y curioso. No pude evitar fijarme en que intentaba reprimir una sonrisa. Llevaba una máscara negra, lisa y sencilla que no le restaba ningún atractivo, ya que hacía relucir su ancha mandíbula y resaltaba sus ojos azules claros.
—Le pido disculpas, señorita…
—Me llamo Mia.
—Encantado, Mia. Mi nombre es Ezequiel.
Alargó la mano para que se la estrechara y eso hice.
Luego se la llevó con sumo cuidado a los labios mientras se inclinaba con la mirada fija en la mía.
Una leve sonrisa se extendió por su rostro antes de rozar mi piel con sus labios.
Apostaría lo que fuera a que ya estaba ruborizada.
Ese tipo de gestos no estaban permitidos entre los hombres de mi padre y ahora los de mi hermano, los únicos que se acercaban a mí.
Cuando se incorporó, una vez más, me recorrió el cuerpo con la mirada sin ningún descaro. No de manera lasciva, sino admirando algo que yo no era capaz de ver.
—Una auténtica belleza, Mia, si me permites tutearte. Aunque no me has dicho tu apellido.
—Por supuesto, tutéame. —Mierda.
—¿Eres una magnate más o vienes acompañando a alguien?
Gran pregunta. Se suponía que ambos hermanos estarían a mi lado, que mantendría un perfil bajo y no hablaría con ningún desconocido.
—Soy la acompañante de Bastián Kane.
—Ah, el pequeño de los Kane.
Su anterior mirada curiosa y brillante había cambiado a una vacía.
Intentó recuperarse, desde luego que sí, pero haberme criado en la mafia me hacía darme cuenta de detalles insignificantes que para una persona normal pasarían desapercibidos.
No había desvelado nada más. Su expresión facial seguía igual, luciendo una sonrisa escueta y preciosa de dientes blancos y alineados; su cuerpo se mantenía relajado.
—¿Lo conoces? —pregunté antes de darle otro sorbo a la copa para disimular mi escrutinio.
Esta vez se irguió y chocó la suya contra la mía en un gesto amigable.
—Desde luego, conozco a los hermanos Kane. Aunque solo de oídas. Es la primera vez que vengo a este acontecimiento —comentó en voz baja mientras observaba la sala.
—Yo también —sonreí con sinceridad.
Quizá su reacción de antes se debía a los nervios o a que, como yo, no conocía a nadie.
—Menos mal. Soy nuevo en la industria y todos esos de ahí son una panda de cabrones estirados.
Me llevé la mano a la boca para amortiguar una carcajada para nada elegante. Me guiñó un ojo antes de beber de su copa.
—Odio esta clase de fiestas —confesé y me giré de nuevo hacia las cristaleras.
—Yo también.
—¿Y por qué estás aquí?
—Por trabajo, ¿por qué si no?
Asentí distraída antes de ver por el rabillo del ojo a Alexander.
Nos estaba mirando. Se había colocado en un sitio estratégico donde podía hablar con aquellos que lo rodeaban mientras mantenía un ojo puesto en mí.
Su secretaria, cómo no, permanecía pegada a su costado. Dios santo, parecían siameses.
Puse los ojos en blanco y respiré con tranquilidad. «Te da igual, Mia. Solo ha sido un polvo mágico y…».
—¿Bailamos?
—¿Qué? —Me giré en redondo para mirar a Ezequiel.
—Vamos, será divertido.
Una sonrisa forzada apareció en su rostro, una que no acompañaba al fuego que había en su mirada. Le echó un vistazo a Alexander con tanta rapidez que el gesto fue apenas visible.
Alzó la mano para que la aceptara, y eso hice. Me daba mala espina. Muy mala. Cuando eso sucedía, siempre acertaba, y que mirase así a Alexander no me gustaba. Por eso mismo acepté.
Nos llevó a la pista de baile. Sonaba un vals elegante y delicado, tranquilo.
—Tienes unos ojos muy llamativos, Mia. —Él no se quedaba atrás. Los suyos eran preciosos.
—Gracias.
—Son como amarillos, difíciles de olvidar.
Sonreí con timidez. La gente siempre nos decía lo mismo, que eran bonitos, llamativos, y era cierto. Los hermanos Bianchi habíamos heredado el color de ojos de la nonna en distintas tonalidades.
—Deberíamos quedar un día para tomar un café —añadió.
Asentí para ver si cambiaba de tema. Busqué a Alexander, situado al fondo de la sala.
No nos quitaba el ojo de encima. Con una mano rodeaba la copa de whisky con languidez y despreocupación, mientras que la otra permanecía cerrada en un puño.
Tenía la mirada fija en el brazo que me rodeaba la cintura.
Daba igual las vueltas que diéramos, no perdía de vista ese contacto.
Unos espasmos le recorrían la mandíbula cada poco tiempo.
Por Dios, casi lo oía rechinar los dientes desde donde me encontraba.
Miré a su secretaria. Era la viva imagen de la belleza, todo sonrisas y frases perfectas para entretener al círculo de hombres y mujeres que tenía a su vera. Aunque me pareció una escena rara. Daba la impresión de que quería distraer a los demás para que Alexander tuviera vía libre.
—Me he fijado en que el mayor de los hermanos Kane no te quita ojo —susurró Ezequiel antes de girarnos con elegancia al ritmo de la música—. Creía que tu acompañante era Bastián.
Lo miré fijamente, consciente de la daga que residía en mi muslo.
—Y lo es.
—Pues creo que te has equivocado de hermano.
—Es un tema privado y no procede sacarlo a colación. —Frases educadas, protocolo, eludir la verdad.
Noté cómo sonreía cerca de mi mejilla, demasiado cerca.
—Perdóname, tienes razón. Era solo una observación.
—Observación centrada en mis acompañantes —contesté con sequedad—. ¿Tienes alguna pregunta más, Ezequiel?
—En serio, Mia, perdona. Me ha hecho gracia ver al gran Alexander Kane mostrar un reflejo de humanidad, aunque fuera retorciéndose de celos.
Ahora sí que sentí curiosidad.
—No está celoso.
—¿Que no? —preguntó incrédulo antes de que se le escapase una carcajada ronca—. Le falta venir aquí y arrancarte de entre mis brazos. ¿Qué te apuestas a que si me acerco un poco más de lo debido vendrá?
Quería seguirle el juego, ver hasta dónde sería capaz de llegar y si era cierto que Alexander sentía celos, pero todo aquello no me gustaba.
—Sería un juego peligroso —aseguré sin ninguna duda.
Ezequiel me guiaba al ritmo de la música. Intentaba con todas mis fuerzas no mirar en la dirección donde sabía que encontraría al Carnicero ataviado con un traje a medida que inspiraba tanta lujuria que haría que me pusiera de rodillas para suplicarle que repitiese lo de antes.
Aún no podía creerme que me hubiera acostado con él, que le hubiera hecho lo que le hice… Dios santo, en mi vida había practicado un sexo tan salvaje y visceral. Tan intenso y demoledor.
Cuando vi aparecer a Minerva y los celos me carcomieron, lo olvidé todo, cada sensación, cada roce de su cuerpo con el mío. Celos, un sentimiento demasiado fuerte, tanto como para competir con el deseo que sentía por él y que tan nerviosa me ponía esa noche.
Incluso mientras bailaba entre los brazos de otro hombre, no podía dejar de pensar en él. Estaba cabreada porque horas después de lo que había pasado entre nosotros se dejara toquetear por otra mujer, y más sabiendo que no le gustaba el contacto físico.
Me traicioné a mí misma y miré solo por unos segundos en su dirección. Alexander Kane ignoraba al hombre que le hablaba y fulminaba con la mirada a Ezequiel. Minerva intentaba asesinarme a mí.
No era de esas personas a las que les gusta jugar con los sentimientos de otras, pero las copas de champán y las incontables vueltas que había dado entre los brazos de Ezequiel me habían trastocado la mente hasta hacerme tomar una decisión de la que seguramente no me sentiría orgullosa más adelante.
Me acerqué un poco más de lo que la decencia permitía a mi acompañante de baile.
La música había cambiado y ahora sonaba el «Vals de la suite Masquerade», uno que me encantaba por sus giros y cambios de intensidad.
Mis padres fueron exigentes de pequeñas con respecto a aprender todo tipo de aptitudes y una de ellas fueron los bailes de salón, además de saber matar a un hombre con un arma y otras cositas relacionadas con la mafia.
—Veo que has cambiado de opinión —susurró Ezequiel, que me acercó más a su cuerpo.
—Solo estamos bailando —contesté con una sonrisa discreta.
Demasiados ojos nos admiraban. Estábamos dando un espectáculo. Ezequiel bailaba muy bien y yo acompañaba cada uno de sus pasos.
—Sí, solo eso.
Me giró entre sus brazos para recogerme con elegancia y seguir el ritmo de la música.
Notaba la mirada de Alexander en cada parte de mi cuerpo, en cada poro. Sonreí, disfrutando del baile, de la música, de mi acompañante, que ahora me observaba los labios con fascinación, y de las miradas del cabrón psicópata con el que vivía.
—Eres preciosa, Mia.
Alexander
En cuanto sonara el último acorde, iría a por ella. Le arrancaría los brazos a ese pobre desgraciado que la rodeaba y me la llevaría conmigo al fin del mundo.
No soportaba verlo cerca de ella, que la tocara, que la respirara. Pero sobre todo no soportaba cómo le sonreía ella. Nunca.
—¿Estás bien?
Miré a Minerva y resoplé antes de que comenzara a meterse conmigo una vez más. La rabia del principio había desaparecido una vez que se había dado cuenta de que aquel era un tema intocable para mí.
Conocía a Minerva desde que era una cría de trece años.
Coincidimos en las calles y nos hicimos muy buenos amigos.
Ella vivía en un internado social del que se había escapado más veces de las que podía contar.
Se dedicaba a robar carteras, relojes, lo que fuera para después revenderlo.
No entendía por qué lo hacía. Tenía un techo bajo el que dormir y tres platos de comida al día, mucho más de lo que Bastián y yo conseguíamos en un día bueno.
Minerva aseguraba que no podía conformarse con eso, que necesitaba salir de allí.
Jamás hablábamos del pasado, pero ambos sabíamos que fueron unos años de mierda. Oscuros, repletos de traumas.
Nuestros caminos se separaron cuando ella cumplió los dieciocho años.
Hacía una década volví a verla. Me robó un Rolex de más de diez mil euros, pero la conocía, así que le metí un localizador en el bolso. Me colé en su casa, recuperé el reloj y le dejé una nota. Dos días después, comenzó a trabajar para mí en ocasiones especiales.
—Oh, vamos. Sabes que estas fiestas son un aburrimiento. Además, es la primera mujer a la que miras durante más de dos segundos seguidos desde que nos conocemos.
—Le has comprado un vestido horroroso a propósito.
—Tenía curiosidad.
—No, querías joderla —gruñí.
—Bueno, sí, ¿y qué? No me habéis dado ningún tipo de información y soy lo más parecido a una hermana que tenéis. Mi deber es protegeros.
—Mi hermana no se restregaría contra mí de la manera que tú lo estás haciendo —expliqué mientras le daba un leve empujón para que se alejara de una vez.
—Cuando reconozcas que por primera vez sientes algo por una mujer, dejaré de tocarte.
—Sabes que no me gusta.
—Lo sé, por eso lo hago.
—Y sabes que como vuelvas a hacerlo te arrancaré la cabeza.
—Bah, sé que en el fondo me quieres, aunque sea un poco.
—No tientes a la suerte, Minerva.
Volví a buscar a Mia. ¿Quién cojones era ese tío?
—Deja de mirarlos como un asesino psicópata. Solo están bailando —susurró antes de saludar con la mano a un viejo verde.
—No. Le está sonriendo. —Quedaban veinte segundos, solo veinte, de canción. Luego iría a por ella.
—Si yo fuera ella y sintiera por ti lo que creo que siente, no me haría ninguna gracia que fueras del brazo de otra mujer ni que la dejaras tocarte.
Me giré para mirar a Minerva. Sonreía como un gato relamiéndose los bigotes por tener a su presa justo donde la quería.
—Si alguien la ve conmigo, será peligroso.
Minerva asintió con disimulo antes de echar un vistazo a nuestro alrededor. Demasiados ojos y oídos.
—Lo sé, pero ¿se lo has explicado a ella? Porque es lo primero que deberías haber hecho antes de poner un pie en esta fiesta de mierda —susurró lo bastante cerca como para que diera un paso atrás.
—No.
Minerva negó con la cabeza.
—Ahora entiendo por qué quiere asesinarme con la mirada. Eres un estúpido, Kane.
—No será para tanto.
Resopló antes de coger una nueva copa de champán y buscó con la mirada a Bastián. Llevábamos más de media hora sin verlo y eso solo podía significar dos cosas: o se estaba follando a alguien en el baño o había encontrado a un pez gordo al que estaba convenciendo para convertirse en nuestro cliente.
Miré una vez más a Mia.