Obsession (Almas Letales 2) 24. Mia
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24. Mia

MIA

La polla de Alexander entraba y salía de mí a un ritmo fuerte, contundente. Sabía que aún se estaba conteniendo.

Cuando noté que mi cuerpo me pedía más, que estaba listo para albergar a tremenda monstruosidad, le di un mordisquito en el cuello y subí las piernas.

Alexander levantó una ceja mientras sonreía y ahí fue cuando me di cuenta de que estaba en problemas. Metió las manos bajo mi culo, lo abrió por los glúteos y comenzó a moverse de un modo despiadado.

Joder.

Emitía gritos inconexos y palabras entrecortadas cada vez que su cuerpo impactaba con el mío. Era lo más trascendental que había sentido nunca. Placer mezclado con un dolor exquisito. No podía dejar de tocarlo, de aferrarme a él para no salir despedida.

Estaba cerca, muy cerca.

—Tienes un coño precioso, principessa . Me muero por destrozarlo.

Puse los ojos en blanco cuando sentí que llegaba aún más al fondo. Ahora Alexander me tenía aferrada de la garganta, mientras que con la otra mano seguía abriéndome las nalgas.

—Dios, eres perfecta —susurraba una y otra vez sobre mi cuerpo.

Esa voz. No pude soportarlo más.

Por fin llegué al clímax de un modo tan demoledor que me temblaron hasta las piernas.

Apenas podía respirar, y cuando sus embestidas me cambiaron a una posición en la que todo era más intenso, casi me desmayo.

Alexander gruñó contra mi cuello hasta que noté cómo me llenaba, cómo se agrandaba de una manera deliciosa.

Cuando terminó, era incapaz de moverme ni de decir nada. Seguía inmóvil sobre las sábanas, con sus manos rodeándome el cuerpo.

—Perfecta —volvió a susurrar contra mi sien—. Jodidamente perfecta en todos los sentidos.

Cuando salió de mí, me sentí vacía. Tiró de mi cuerpo y nos tumbó. Me rodeó entre sus brazos. Apoyé la mejilla contra su corazón acelerado.

Y ahí tuve miedo, porque me sentía segura entre los brazos del mayor asesino de todos los tiempos.

Cuando desperté, la habitación estaba en penumbra, hasta que la puerta del baño se abrió y vi a Alexander envuelto en una toalla de cintura para abajo.

Parpadeé al visualizar su cuerpo. Era magnífico.

—Deberías levantarte o llegaremos tarde. No es que quiera sacarte de mi cama. Si por mí fuera, pasarías justo ahí, donde estás, desnuda las veinticuatro horas del día.

No pude evitar sonreír al ver el brillo malicioso de sus ojos. Era verdad, lo decía en serio.

—¿Y si yo no quiero? —Me incorporé para verlo mejor cuando se dirigió al vestidor.

Resopló antes de dejar caer la toalla.

Mis ojos se fueron directos a su polla semierecta.

Arqueó las cejas.

—Por tu mirada te aseguro que no pondrías ninguna pega.

—¿A dónde vamos?

—A Viena.

Alexander comenzó a vestirse. Me fijé en que había elegido ropa de gala.

—¿A qué?

—Es una reunión de los CEO de sistemas de seguridad, espionaje… —Resopló y sacó un arma de uno de los cajones—. Quiero que lleves esto encima, y ese cuchillo de allí —dijo señalando la hoja que había incrustada en el cabecero.

—¿Es peligroso?

—Lo es. En tu dormitorio tienes dos vestidos. En principio solo había uno, pero Bastián dijo que no te pondrías eso ni muerta y fue a por otro.

Sonreí. Bastián me conocía demasiado bien.

—¿Y quién eligió el primero?

—Minerva, mi secretaria.

Torcí el gesto de manera involuntaria. Era la primera vez que el nombre de una mujer salía por su boca y acababa de darme cuenta de que no me hacía ninguna gracia.

Me puse en pie, enrollando la sábana en mi cuerpo desnudo antes de salir de la habitación.

—Te dejas las armas.

—Ahora vendré a por ellas.

Cerré la puerta sin mirar atrás.

No me gustaba lo que sentía. ¿Celos? ¿Inseguridad? Joder, yo no era así.

Cuando llegué a mi dormitorio lo primero que vi fueron los vestidos colgados en la entrada del vestidor. Uno era de color negro, elegante y sexy a la vez, el otro…, un auténtico horror. Color melocotón, de tela brillante, como si lo hubieran sacado de una tienda de damas de los ochenta.

Resoplé y le deseé a esa zorra sin gusto que se atragantara con una aceituna.

Cuando me miré en el espejo, me sentí de nuevo como una principessa de la mafia.

El negro era mi color. Mi maquillaje era delicado, pero me marcaba todos los rasgos, y el pintalabios color vino resaltaba aún más el tono de mis ojos.

Había entrado en el dormitorio de Alexander para recuperar el cuchillo y la pistola y sobre la cama encontré una funda para cada arma.

Me las estaba colocando cuando noté que alguien me observaba. Él, quién si no.

Sentí sus manos en la cintura y su aliento en la oreja.

—Date la vuelta, por favor —susurró con esa voz que provocaba que todo mi cuerpo dejara de pertenecerme y le hiciera caso solo a él.

Me giré sin que sus manos dejasen de rodearme. Dio un paso atrás.

Se mordió los labios al repasar cada parte de mi cuerpo.

—Estás espectacular.

—Bastián tenía razón. Ese vestido era horroroso.

—Se lo haré saber a Minerva.

—Bien.

Le aparté las manos, dispuesta a salir de su dormitorio antes de que hiciera alguna estupidez como rogarle que volviera a follarme, pero me rodeó la muñeca.

—¿El cuchillo? —preguntó buscando mis ojos.

—En el muslo.

Sus ojos brillaron. Una sonrisa escueta apareció en su rostro.

—¿Cabreada, cielo?

Lo miré de malas maneras. Habíamos follado como animales hacía apenas unas horas y desde entonces mi cerebro no funcionaba con normalidad.

Mierda, no quería ser la típica que después de un polvo se obsesionaba con el tío o se montaba películas, pero ya era todo demasiado confuso antes de acostarnos.

—No. ¿Debería?

—Conmigo, jamás.

Pasó el pulgar por mi boca antes de dar media vuelta y dejarme allí sola.

Alexander

—¿No crees que deberías decirle a Mia que Minerva te acompañará como tu secretaria? —preguntó Bastián con retintín.

—¿Es necesario? —pregunté mientras miraba por el rabillo del ojo a la mujer que me fulminaba con la mirada cada pocos segundos.

Mia no estaba espectacular como le había dicho antes de marcharnos, estaba increíble, maravillosa, preciosa…

—Si no quieres que cumpla la amenaza de hacer boloñesa contigo, deberías, sí.

Me encantaba verla cabreada. Era como sacar a flote a la verdadera Mia, una peligrosa y despiadada.

—Yo creo que está bien así. —Le di un último trago a mi copa, aparté los ojos de ella y me centré en lo que me rodeaba.

Estábamos en un antiguo palacio de estilo barroco flanqueado por frondosos jardines.

Los suelos del interior eran de mármol brillante.

Las paredes estaban decoradas con frescos y ornamentos dorados, además de múltiples estatuas y cuadros.

De los altos techos colgaban grandes lámparas de araña de bronce adornadas con múltiples cristales.

Un lugar privado para eventos de alta categoría.

Pocos bolsillos podían pagar la reserva de aquel lugar.

Todo era jodidamente brillante y elegante.

Aunque había demasiados ojos fisgones. No quería que nadie la relacionara conmigo. No debería haberla traído, pero dejarla en casa a tanta distancia era inaceptable. Necesitaba saber que estaba bien, a salvo, segura, cerca.

Sentí la mano de Minerva de nuevo sobre el hombro.

Le había dejado claro cuando habíamos llegado que no quería que me tocara, pero esa pequeña zorra, nada más ver a Mia, se había abalanzado sobre mí.

Si no fuera porque adoraba ver a mi principessa celosa, se la habría cortado.

No me gustaba que me tocaran y Minerva lo sabía. Al menos eso había sido así hasta Mia.

—Minerva, si sigues jugando a ese juego, saldrás perdiendo —susurré sobre su oreja. Posé una mano en su cintura y la apreté con saña para que parase de una puta vez.

Ella se limitó a sonreír y saludar con la cabeza a todos los que nos miraban con curiosidad mientras disimulaba la mueca de dolor.

Si había aceptado ir con ella era para evitar que la atención de esos hijos de puta recayera en Mia.

Tampoco era una opción salir del país y dejarla sola en mi apartamento o en algún hotel de Viena.

La necesitaba cerca, tanto como fuera posible.

Y Minerva era única a la hora de sonsacar información.

Éramos amigos, pero esa noche se estaba comportando como una auténtica zorra despiadada.

Desde que me había enterrado en el cuerpo de Mia, ese instinto de posesión había hecho aún más mella en mí.

Si antes estaba obsesionado con ella, en aquel momento se había vuelto una puta enfermedad.

Me estaba costando Dios y ayuda no mirarla, ignorarla, más aún con ese irresistible cabreo que tenía y ese maldito vestido, joder. Iba a matar a Bastián.

—¿A qué juego te refieres? —preguntó con una sonrisa; se inclinó más sobre mí.

Le agarré la coleta peinada hasta rozar la perfección y tiré de ella para apartarla sin que nadie se diera cuenta.

—Recuerda que estamos trabajando y que estos cabrones son peligrosos. Una sola tontería más y te vas a la puta calle, ¿estamos?

—¿Quién es ella? Me suena su cara de algo.

La rabia por saber que alguien sentía curiosidad por Mia me invadió el cuerpo. Casi arrastro a Minerva fuera del salón para estrangularla. Cuando estuvimos lejos de ojos indiscretos, la estampé contra la primera pared que encontré.

—No la mires, no hables con ella —gruñí—. Y ni mucho menos preguntes quién es.

—Pero…

—Es mía, Minerva, de nadie más. Si has venido como mi acompañante es para que hagas tu puto trabajo y busques información. No lo olvides.

—Alexander, te estás pasando —amenazó—. ¿De qué vas?

—No te permitiré ni una más. Sé a lo que estás jugando.