Obsession (Almas Letales 2) 23. Alexander
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23. Alexander

ALEXANDER

Al principio había gritado y pataleado, incluso atada y con la mordaza puesta, pero al poco rato se rindió.

Cuando noté que se había dormido, la solté.

Se enroscó sobre sí misma y siguió durmiendo con aquella mierda en la boca.

Con muchísimo cuidado, se la quité, tiré de su cuerpo y la rodeé con el mío.

Horas después, me había despertado con ella entre los brazos, tumbada sobre mi cuerpo. Su mejilla descansaba sobre mi estómago y yo no podía dejar de mirarla. Sabía que cuando abriera los ojos todo acabaría.

Era preciosa, jodidamente preciosa.

Le pasé un dedo por la mejilla sin apenas darme cuenta, por puro instinto y necesidad.

Era suave y estaba helada.

Busqué el nórdico, que había acabado casi en el suelo, porque aquella mujer no había parado de menearse hasta subirse encima de mí. Cuando la tapé, emitió una especie de ruidito que interpreté como que estaba a gusto.

Cerré los ojos y la estreché aún más contra mi cuerpo.

Esa noche teníamos la gala anual de la Alianza Internacional de Seguridad Tecnológica ( AIST ), una alianza formada por los CEO de diferentes países de Europa que se dedicaban a la ciberseguridad, junto con políticos y distintas figuras de dudosa moralidad con demasiado dinero en el bolsillo.

En un principio, esas galas se organizaban para sacar a subasta nuestras mejores creaciones, con la finalidad de que acabaran en la OTAN o respaldadas por el gobierno para hacer el bien, pero nadie hablaba de que esos programas eran demasiado jugosos.

Los criminales los querían. Muchos de esos fundadores dejaron de presentar sus proyectos por miedo a represalias, robos, amenazas…

No todos eran asesinos como yo, sino personas normales con un cerebro demasiado valioso, incapaces de defenderse en un cuerpo a cuerpo si entraban en su casa para amenazar a su familia con rajarles el cuello si no entregaban su trabajo.

Por eso las reuniones que organizábamos entonces solo servían para seguir en contacto con nuestros mayores rivales.

No eras nadie si no pertenecías a aquella organización de mierda.

Se trataba de la única manera de vender tus productos de manera legal.

Daba igual del país que fueras, si no pertenecías a la AIST , no eras nadie.

Ese año sería en Viena.

Nunca sabíamos dónde o a qué hora se celebraría hasta un rato antes.

Solía ser por el centro de Europa para que los distintos socios pudieran llegar a tiempo.

Avisaban con ocho horas de antelación. Que yo lo supiera doce horas antes se debía a que Bastián llevaba dos semanas intentando hackear el servidor de la organización, que aunque en sus inicios fue creado por todos los fundadores ya no era tan infalible como en su origen.

Mia se movió entre mis brazos y la apreté aún más contra mí, hasta que la escuché abrir el cajón de la mesita de noche. Solo podía sonreír con disimulo, ansioso por lo que sabía que venía a continuación.

No tuve que esperar mucho, fue bastante rápida. Tanto que me resultó extraño.

La hoja fría del cuchillo que guardaba en ese cajón, el mismo con el que me amenazó en la cocina, descansaba contra mi cuello.

Sabía que estaba esperando a que abriera los ojos y que estaba cabreada.

Me encantaba tener el poder de sacarla de sus casillas.

La única cuerda en una familia de locos hasta que se había cruzado en mi camino.

Cada día tenía más carácter, más determinación, y mostraba más de su verdadera personalidad.

Esa era su naturaleza, no la de las falsas sonrisas.

Abrí los ojos despacio y me encontré su preciosa mirada color miel.

—Buenas tardes, cielo. ¿Has dormido bien? —pregunté a la vez que le acariciaba las caderas.

—Me has atado, me has amordazado —susurró intentando apartarse de mi agarre sin perder la presión del cuchillo contra mi cuello.

Sonreí aún más. Conseguí tirar de ella y la coloqué justo encima de donde quería. Si intentó disimular el pequeño gemido de placer que salió por su boca al sentir mi erección, fracasó.

—Sí, he hecho todo eso. —Pasé las manos por sus muslos, instándola a que se relajara, pero provoqué todo lo contrario. Envaró el cuerpo y su amenaza en mi cuello se hizo más persistente.

Chasqueé la lengua antes de intentar incorporarme; pensaba que se echaría para atrás.

—¡No te muevas, joder! —gritó frustrada, y me empujó con la otra mano para que volviera a tumbarme—. ¡Estoy cabreada, tengo un maldito cuchillo en tu cuello! ¡Es una clara amenaza para…!

La cogí de la cintura, le di la vuelta y la coloqué bajo mi cuerpo. Hizo fuerza contra la cama para intentar girarse, pero pegué el pecho a su espalda y la inmovilicé.

—¡Eres un maldito imbécil!

Alargué la mano y le quité el cuchillo antes de incrustarlo en el cabecero. Devolví las manos a su cintura, pero esta vez fue para rodearlas y tirar de ellas hasta colocarla a cuatro patas.

—Mia, cielo, se me está acabando la paciencia —susurré contra su cuello.

No dejaba de moverse, intentando escapar—.

Tienes dos opciones. Una: te suelto y sales de esta habitación cagando leches.

Ya sabes lo que me pone verte con un cuchillo en las manos, seguro que recuerdas lo de la última vez, y te aseguro que ahora apenas soy capaz de controlarme.

—Mia se quedó quieta por unos segundos, a la espera de la segunda opción.

La mejor de todas—. Dos: te quedas aquí, en esta maldita posición.

Soltó todo el aire de golpe. Sin duda, acababa de darse cuenta de lo que mis palabras sugerían. Pero solo por si acaso…

—Si no te vas ahora, me sacaré la polla y te la meteré tan fuerte y tan adentro como ese pequeño coño me deje. Hasta que grites mi nombre, hasta que me ruegues que pare. Joder, hasta que chorrees tanto que no me quede otra que comértelo y volver a empezar.

—Dios santo —susurró.

Noté cómo le temblaba el cuerpo y se aferraba a las sábanas. Le mordí el lóbulo, a la espera de que me diera permiso para eso y mucho más. Podían darle por culo a la gala, al mundo entero.

Estaba justo donde quería estar.

Al ver que no era capaz de tomar una decisión, llevé la mano a su entrepierna.

Aún llevaba la misma ropa que anoche, mi camisa y ese conjunto de encaje.

Pasé los dedos por su protuberancia, apreté con fuerza hasta que la escuché gemir bajito.

Dejó caer la cabeza y abrió las piernas de manera inconsciente para mí.

—¿Esa es tu respuesta? —pregunté. Le rodeé el cuello para que me mirara a mí y solo a mí.

Me clavó aquellos ojos que me volvían loco, sin ningún tipo de miedo ni de arrepentimiento. Solo con la lujuria más pura y fascinante que jamás hubiera visto.

Asintió y se mordió el labio para no volver a gemir mientras yo seguía tocando su coño.

—Recuerda que has dicho que sí —susurré.

Antes de que pudiera cambiar de opinión, me incorporé y le rasgué la camisa para verla.

Pasé los dedos por su espina dorsal hasta llegar al borde de su ropa interior.

Apreté mi erección contra aquel culo maravilloso que se abría para mí—. Eres preciosa. —No pude evitarlo.

Pasé las manos por él. Lo adoré, lo abrí para ver mejor lo que se escondía entre sus piernas.

Agarré las tiras de su ropa interior para romperla y después hice lo mismo con la parte de arriba.

En un principio, había pensado que la quería así. Siempre que estaba con una mujer era de esa manera, pero con ella… Joder, a ella quería verla, quería que me viera, que me tocara. La agarré de las caderas y le di la vuelta.

Se acomodó sobre la almohada. Mis ojos fueron directos a los suyos, que brillaban, a su pelo desparramado por las sábanas. Bajé la vista por su precioso cuello, por sus tetas perfectas. Me lancé a por ellas, desesperado por saborearlas. Estaba fuera de control.

Chupé, mordí y lamí, de una a otra y vuelta a empezar, hasta que noté que Mia se movía al ritmo de mis acometidas, contoneándose contra mi polla.

Sus gemidos… Dios santo, sus gemidos se habían convertido en lo único que quería escuchar en esta vida una y otra y otra vez.

Eran delicados, eróticos, agudos. Perfectos.

Enredó las manos entre mi pelo y tiró de él para que siguiera.

Bajé mientras besaba cada parte de su cuerpo.

Hasta que llegué a su coño.

Me eché hacia atrás para verlo.

—Precioso, mojado —susurré antes de meter un dedo. Lo succionó al instante—. Estrecho. Sabía que tendrías un buen coño, principessa , pero no que sería tan bueno.

Seguí introduciendo el dedo mientras Mia gemía sin parar.

A los pocos minutos estaba tan deshecha, tan rota… Era un maldito espectáculo del que no podía apartar la mirada ni por un solo segundo. Cuando sus ojos conectaron con los míos, supe que estaba a punto.

Me alejé de ella y me posicioné sobre las rodillas. Me saqué la polla sin dejar de mirarla.

—¿Por qué has parado? —susurró con voz ronca y la promesa de una muerte segura mientras sus ojos viajaban de los míos a mi mano.

Me estaba tocando, ejerciendo la presión exacta, admirando cada detalle.

—Estoy deseando follarte, Mia. Si he parado —expliqué contra sus tetas, incapaz de alejarme de su cuerpo— es porque cuando te corras no quiero que sea con mis dedos.

—Le introduje uno, poco a poco, y lo curvé para darle en el punto exacto, lo que provocó que gimiera y se aferrara a las sábanas con desesperación—.

Quiero que sea con mi polla dentro de esta preciosidad.

Apreté la palma contra su clítoris.

—Pues si no te das prisa —jadeó antes de dejar caer la cabeza contra la almohada— perderás tu oportunidad, joder. Para de jugar.

Sonreí, aunque casi me había atragantado.

—¿Quién me iba a decir a mí que serías tan exigente?

Estaba fascinado y tenía la polla a punto de reventar.

Me acerqué a ella poco a poco. Entrelazó las manos en mi cuello y tiró de mí con fuerza para besarme. Apoyé el peso de mi cuerpo en una mano para no aplastarla mientras que con la otra me posicionaba en su entrada.

—¿Quieres decir algo más, cielo? —susurré contra sus labios, antes de morderlos y tirar con fuerza.

—Cállate y fóllame de una maldita vez, Alexander Kane.

—Esa es la verdadera principessa de la mafia que yo sabía que escondías.

Antes de que terminara la frase ya había introducido la mitad, hasta que encontré resistencia.

Siseé, me mordí la lengua y busqué sus preciosos ojos. Había chillado y eso me gustaba, pero no así, no con media polla dentro, sino cuando la tuviera entera y fuera por placer.

—¿Te duele? —Le besé los labios y me retiré solo unos centímetros.

Mia jadeó mientras asentía.

—Iremos poco a poco —susurré como pude antes de volver a adentrarme en ella.

Me costó una vida decir aquellas palabras, al igual que controlarme. No quería hacerle daño, quería que disfrutara, que si gritaba fuera de placer, y lo conseguiría, eso seguro.

Ver cómo Mia Bianchi se abría para mí, con esa mirada plagada de inocencia y de lujuria, con las mejillas sonrojadas y su cuerpo entrando cada vez más en calor con mis movimientos, me volvía loco.

Tenía los dientes tan apretados que la oía rechinarlos.

Los pequeños gemidos de Mia iban en aumento cada vez que me adentraba más en ella. Su cuerpo comenzaba a seguir al mío, acompañándome en mis movimientos.

—Vamos, cielo, déjame que entre.

Le di un pequeño mordisquito en la oreja antes de lanzarme a su cuello. Estaba tan mojada, tan caliente, tan puñeteramente apretada que si no fuera por mi propio autocontrol me habría acabado corriendo como un crío.

Solo con oírla podría hacerlo.

Mia no paraba de susurrar cosas sin sentido, lo que provocaba que me pusiera aún más cachondo y que me limitara a gruñir.

—Joder, preciosa, me tienes la polla muy apretada.

—Dios santo, Alexander…

Ahí fue, al decir mi nombre, cuando conseguí entrar entero.

Mia gimió y curvó la espalda, lo que hizo que entrara más aún, si es que era posible.

—Cielo, no hagas eso si no quieres que te folle como un demente.

Por fin dejó de retorcerse y abrió más las piernas para mí. Asintió fuera de sí. Sentí sus manos por todo mi cuerpo mientras las mías seguían aferradas a las sábanas. Dirigí la boca a sus tetas, incapaz de estarme quieto por más tiempo.

—¿Ya? —pregunté cuando noté que su coño dejaba de estrangularme la polla.

—Ya.

—Menos mal.

Comencé a moverme de verdad. Con fuertes estocadas que hacían que su cuerpo se sacudiera al ritmo.