Obsession (Almas Letales 2) 22. Mia
35%

22. Mia

MIA

Me temblaban las manos. Sentía como si las piernas fuesen a dejar de obedecer mis órdenes de un momento a otro. Observé una última vez la puerta de acero que me separaba de Alexander antes de respirar y buscar dónde sentarme.

Al fondo había una cama, en la esquina izquierda, un escritorio con una silla y un ordenador de última generación.

Me decanté por esto. Saqué la silla de un tirón y me dejé caer en ella.

Respiraba entre jadeos y me llevé la mano al corazón.

Latía con frenesí, no solo por la carrera, sino también por los nervios, la expectación, la excitación de verlo venir tras de mí… Aquella máscara.

Joder. Creo que acababa de desbloquear un nuevo nivel de fantasía erótica. Él, con esa máscara, con su erección marcándose en el pantalón. Mierda. Me di cuenta de que eso era lo que quería exactamente, lo que llevaba deseando desde que lo había visto por primera vez.

Me replanteé abrir la puerta, echarla abajo con mis propias manos, pero antes de eso, antes de llegar a ese punto, debía darle una lección.

Se acabó espiarme, se acabó robarme la ropa.

Si quería algo, que lo pidiera por esa boca.

Necesitaba que dejara de retarme de aquella manera o acabaría destruyéndome.

Odiaba tener que adivinar qué quería la gente, era tan fácil como decirlo y Alexander era el hermetismo en persona.

Tenía que interpretar sus miradas, sus ceños fruncidos o los gestos de su boca.

A veces sí que es cierto que hablaba y decía de forma directa lo que quería.

Era de pocas palabras, pero acertadas, y yo era todo lo contrario.

Yo necesitaba hablar las cosas, debatirlas, llegar a un punto de conexión, y con él eso resultaba impensable.

Di un respingo en la silla cuando escuché un golpe contra la puerta.

Pulsé el intercomunicador. Unos sonidos contundentes y repetitivos comenzaron a sonar.

¿Qué cojones estaba haciendo? Mi móvil vibró y vi que era un mensaje de Keyla, que me indicaba que encendiera el ordenador.

Pulsé la tecla de encendido, esperé de pie mientras los golpes seguían sonando sin descanso.

Puse lo ojos en blanco. Era extraño que la situación no me diera miedo, ni siquiera me preocupaba.

Sabía que Alexander no me haría daño, al menos dos terceras partes de mí lo tenían claro.

Sin embargo, la parte racional me decía que cuando pusiera un pie fuera de aquella habitación se vengaría… y no me gustaría.

Keyla me mandó la contraseña del portátil y cuando la inserté se mostró ante mí una red de cámaras de la casa. En una de ellas contemplé a Alexander, aún con la máscara puesta, que intentaba abrir la puerta a base de…

¿Eso era un martillo?

Amplié la imagen, concentrada en cada línea de su cuerpo a contraluz, hasta que la llamada de Keyla me sacó de aquel trance.

—¡La has liado buena! Ese hombre echará la puerta abajo como no salgas —comentó con socarronería.

—Dijiste que aquí estaría a salvo.

—Sí, pero no te dije que lo volvieras loco y luego se lo quitaras todo de golpe. Podrías haberte divertido un poco.

—¿Y quién dice que no lo esté haciendo? —contesté con la voz entrecortada cuando lo vi lanzar el martillo por los aires y desaparecer por el pasillo en dirección a la cocina—. ¿A dónde va?

—Te he enviado un manual rápido del control de las cámaras y te he descargado la aplicación en tu móvil, ya tienes la contraseña. Si él puede verte, tú también deberías.

Aquella mujer era una puta máquina. Puse el altavoz mientras comprobaba cómo aparecía una carpeta cifrada de descarga. La abrí y la instalé.

—Ahora que mi trabajo está hecho, te deseo suerte. ¡Adiós, preciosa!

—¡Gracias! —grité, pero Keyla ya había colgado.

Alexander había vuelto y esta vez llevaba un arma parecida a una sierra mecánica. ¡Dios santo, ese hombre estaba loco! Me puse en pie corriendo y pulsé el intercomunicador.

—¡Para! ¿Estás mal de la cabeza o qué te pasa?

Giró la cabeza como un maniaco hacia la cámara.

—¿Has accedido a las cámaras, cielo? Oh, Dios, estoy deseando que salgas de ahí.

Tú y yo —dijo señalando a la pantalla— tendremos una puta charla muy pero que muy larga.

Y después, cuando averigüe cómo coño has hecho todo esto o quién te ha ayudado, te estrangularé mientras te follo por todas las superficies de esta casa. Abre. La. Puta. Puerta.

Tragué saliva al imaginar sus manos alrededor de mi cuello, su cuerpo al impactar con el mío.

—Lo siento, pero no saldré de aquí.

Lo escuché gruñir y empezó a dar puñetazos contra la puerta como un desesperado.

Apenas sin aliento, susurró:

—Esto solo lo hace más interesante. Esta mierda me la pone más dura, cielo. —Hizo un movimiento con las caderas para que viera la tremenda erección que sobresalía de sus pantalones abiertos—. Y estoy deseando que lo compruebes, porque cuando salgas de ahí te aseguro que lo harás.

No fui capaz de contestar a eso.

Alexander usó la sierra mecánica. Disparó y arrojó cosas contra la puerta después de arrancar el cuadro. En cierto momento acabó quitándose la camisa y yo babeé.

Tres horas después, sudoroso y cabreado como jamás lo hubiera imaginado, se dejó caer contra la pared y se sentó. Cogí aire, preparándome para cuando saliera de allí.

Le mandé un mensaje a Bastián para contárselo todo y le rogué que a primera hora de la mañana bajara para que pudiera salir.

Aunque supiese que Alexander jamás me haría daño, esa parte de mí que era una aguafiestas me pedía a gritos que corriera, que me escondiera detrás de su hermano o que al menos intentara huir.

Que me alejara de él lo antes posible, gracias.

Cuando desperté eran las seis de la mañana, o eso indicaba mi móvil junto con una línea roja de batería. Me puse en pie y vi que Alexander estaba durmiendo. Era el momento.

Me acerqué a la puerta. La abrí poco a poco y lo observé. Tenía el cuello retorcido en una posición antinatural mientras su pecho bajaba y subía con pesadez. Puse un pie fuera, aferrada a la puerta. Nada.

Se había colocado en un sitio estratégico, justo a la salida del pasillo. Cerré tras de mí y me acerqué despacio y con pasos silenciosos.

El corazón me iba a mil por hora, notaba las manos sudorosas y frías.

Me detuve para comprobar que su respiración no se hubiera acelerado. Continué rodeándolo para doblar la esquina. Un paso más y saldría al pasillo que conducía al salón, desde donde podría subir las escaleras y encerrarme en mi dormitorio.

El corazón, la respiración, todo se me paró cuando sentí su mano rodearme el tobillo.

En apenas dos segundos, mi cuerpo se precipitó al suelo.

Grité y amortigüé la caída con las palmas para que mi cabeza no impactara contra el suelo, aunque eso no evitó que el resto de mi cuerpo sufriera las consecuencias, y menos cuando tiró de mí para arrastrarme sin ninguna delicadeza mientras yo intentaba girar sobre mí misma y darle una patada en la boca.

—Si fueras inteligente, apoyarías las manos en el suelo para estabilizarte. Después harías fuerza y la usarías en mi contra. Hay más posibilidades de que yo pierda el equilibrio aquí sentado a que lo hagas tú —sugirió antes de dar otro tirón que me arrojó a sus brazos.

Se había arrancado la máscara y esos ojos, esos malditos y preciosos ojos, me miraban con la fuerza de un mar embravecido. Apretó la mandíbula y me rodeó más fuerte.

—He tenido que dormir aquí por tu culpa.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando noté sus labios rozar los míos, acompañados del leve toque de uno de sus dedos sobre mis costillas.

—No había necesidad de eso —conseguí decir sin dar vergüenza ajena.

—No has salido en toda la noche. No creas ni por un segundo que he pegado ojo. Estoy agotado y tú, pequeña mentirosilla, te vienes conmigo —sentenció antes de ponerse en pie conmigo entre los brazos.

Echó a andar con pasos largos y enérgicos. Subió las escaleras de dos en dos.

—¿A dónde vamos?

Sonrió de una manera que habría derretido el corazón de cualquiera y provocado que su ropa interior estallase en llamas.

—A mi dormitorio. Necesito dormir, y no me fío de ti.

—¿No quieres…?

Joder. No me podía creer lo que había estado a punto de preguntarle. Pensaba que me llevaba allí a empotrarme sobre la cama.

—Oh, claro que quiero follarte hasta que grites mi nombre como una zorra desesperada por más, pero, cielo, te has portado muy mal.

—Acompañó aquellas palabras con un apretón en mi muslo derecho que sabía que me dejaría marca—.

Estoy cabreado, y si te follo ahora, solo me obsesionaría con destrozarte por haberme hecho daño.

—¿Y no es eso lo que quieres?

—Lo que quiero es que cuando te tenga en mi cama pueda degustarte con calma —resopló antes de abrir la puerta y cerrarla de una patada.

Se acercó poco a poco a la cama y me arrojó sobre ella. Vi que llevaba la máscara colgando del bolsillo. Por instinto, miré los postes de madera. Aparté la vista todo lo rápido que pude, pero ese cabrón malnacido se había dado cuenta.

Sonrió como una hiena antes de rodear la cama y abrir el primer cajón. No me dio tiempo a reaccionar. Vi las cuerdas, pero cuando quise rodar por el colchón para salir corriendo…

—Forcejea todo lo que quieras —habló de manera entrecortada mientras me rodeaba el pie con una de ellas y apretaba la soga—. Cuanto más tires, peor será.

—¡Suéltame ahora mismo, hijo de puta! ¡Suelta! —grité y le arrojé una de las almohadas. Le dio en toda la cara, cosa que solo provocó que se lanzara sobre mí.

—Para. O te juro que te pondré un puto bozal en la boca también.

Me agarró la mano con la que fui a golpearle y la rodeó con otra soga de manera rápida y eficaz. Le mordí, le grité, lo maldije de todas las maneras mientras me retorcía entre sus brazos y le tiraba del pelo. Él no se inmutó, solo me miraba y sonreía.

—Me encanta cuando sacas ese lado que tanto odias y quieres ocultar —susurró al tiempo que ataba la última soga a uno de los postes de la cama. Yo jadeaba—. ¿Te cuento un secreto?

—No sé quién te crees que eres, pero cuando me sueltes te sacaré los ojos.

—Ya lo has intentado y no has podido. La semana que viene vamos a ponerle remedio a eso. Necesitas entrenamiento —sentenció cuando hizo el último nudo—. Dime, ¿te lo cuento?

—No.

—Estás deseándolo.

—He dicho que no.

—Ese lado tuyo es el que más me gusta. —Me guiñó un ojo y subió a la cama poco a poco—.

Y a ti te pone muchísimo que por fin alguien lo haya visto y tenga los santos cojones de sacarlo a flote sin cagarse encima porque seas una principessa .

—Dejó caer el cuerpo sobre el mío, sus ojos buscaron los míos—.

Y lo sé, cielo, porque tienes las bragas empapadas.

Emití un leve jadeo cuando pasó la mano por ese lugar. Yo misma había notado la humedad, y había esperado de todo corazón que no se diera cuenta de ese detalle.

Se llevó la mano a la boca y la lamió. Intentaba no gemir, no restregarme contra él.

—Y ahora, per favore , estate quietecita de una puta vez. Necesito dormir. Esta noche tenemos una fiesta a la que asistir.

—¿Fiesta?

—Sí. Una fiesta de mierda.

Se dejó caer a mi lado sobre las cuerdas, que tiraron más de mi cuerpo y me robaron un quejido. Cuando se dio cuenta, las aflojó y volvió a tumbarse.

—Alguien podría reconocerme.

—Es una fiesta de máscaras.

Se acomodó aún más y cerró los ojos.

—Tienes un vestido en tu dormitorio. No pensaba llevarte, deberías quedarte aquí, pero al parecer eres un peligro para tu propia seguridad y alguien te está ayudando desde fuera.

—Nadie…

—No te atrevas a mentirme. Tú no. Esta noche hablaremos, Mia.

—Serás imbécil.

—Shhh…

—¡Como me mandes callar…!

Alexander se dio la vuelta. Abrió el cajón mientras yo volvía a forcejear bajo su cuerpo y sacó un rollo de cinta americana.

—Te juro por lo más sagrado que si no te callas te taparé la boca con esto, Mia.

—No serás capaz.

—Cállate de una puta vez. Duerme, mira el techo, lo que te dé la gana, pero necesito pegar ojo, joder.

Llevo casi veinticuatro horas sin dormir, me estoy volviendo loco y esta noche habrá gente peligrosa en la fiesta.

Si no, te estaría follando con la máscara puesta y tú atada con estas cuerdas a los postes de madera que tanto te gusta mirar.

¿Treinta y seis horas? Eso no era… Joder, no debería sentirme mal por él, ni siquiera preocuparme. Me fijé en las enormes y oscuras ojeras que le enmarcaban los ojos, el cansancio real que se veía en ellos, y me sentí culpable. Tiré de las cuerdas.

—Suéltame. —Me miró como si fuera estúpida y negó con la cabeza lentamente—. Te prometo que no me moveré de aquí.

No me dio tiempo a decir nada más cuando Alexander me tapó la boca con cinta americana.