Obsession (Almas Letales 2) 21. Mia
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21. Mia

MIA

Volví a dar otra vuelta antes de mirarme en el espejo.

Tenía las mejillas coloradas, el pelo demasiado largo para como solía llevarlo.

Había decidido que me quedaba mejor suelto y me había pintado los labios de color rojo.

«Yo, con los labios rojos. Insólito». ¿En serio me planteaba seducir a Alexander?

Mierda, sí, lo estaba haciendo. Qué coño, lo tenía decidido.

Volví a abrir los botones de la camisa para revelar la ropa interior de encaje verde esmeralda que llevaba debajo. Me encantaba ese color.

Los había desabotonado tantas veces como abotonado de nuevo. Ni siquiera sabía cuándo llegaría. Quizá Keyla…

Le mandé un mensaje para preguntarle si sabría decirme a qué distancia estaba Alexander de Múnich antes de mirarme por última vez en el espejo. Agarré el móvil y salí de allí con un portazo. Comencé a bajar las escaleras.

Dios santo, iba con su camisa y con ropa casi transparente. Me di la vuelta, quería volver por donde había venido, pero el teléfono me sonó.

«Está a menos de una hora. Lleva ese maldito culo italiano abajo. Te estoy viendo y a ese hombre le dará un puto infarto cuando te ponga los ojos encima. Vamos, eres una princesa de la mafia, no lo olvides».

Menos de una hora. Volví a bajar las escaleras, esta vez más decidida. Si ese cabrón quería mi ropa, tendría que quitármela del cuerpo para hacerse con ella.

No entendía por qué me costaba tanto. Ya lo había visto desnudo y él a mí. Habíamos hecho ciertas cosas, pero sabía que una vez que diéramos el siguiente paso todo cambiaría.

No paré de tamborilear las uñas sobre la encimera a la vez que miraba el teléfono por el rabillo del ojo mientras hacía como que leía y bebía vino.

Lo necesitaba, en grandes cantidades. Estaba nerviosa.

Por tercera vez en mi vida estaba muy excitada, tanto que notaba la humedad entre las piernas. Y siempre por él.

Alexander

Aún llevaba la máscara puesta cuando entré en la cochera.

No me la quité al subirme en el ascensor que me llevaría hasta mi dormitorio, ni siquiera le hice caso al mensaje de Bastián sobre que alguien había burlado nuestro sistema de seguridad, uno que debería ser infalible.

Tampoco me inmuté cuando me dijo que la persona que lo había hecho había dejado un mensaje para mí.

«Te tengo, cabronazo. Como te pases un solo pelo con ella, te arrancaré la cabeza. Con cariño, K.».

Solo podía pensar en ella.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, me arranqué la cazadora y me quité los zapatos de una patada.

Lo arrojé todo sobre la cama. Luego salí corriendo al pasillo.

Bajé las escaleras de dos en dos. Estaba deseando saber qué me diría, qué haría después de descubrir que era yo quien le robaba la ropa para seguir viéndola con mi camisa.

Tenía ganas de que esa mujer sacara las uñas, de que dejase de esconderse tras la imagen de lo que no era.

Cuando llegué a la entrada del fondo de la cocina, cogí aire y mis ojos se fueron directos a ella, como una maldita droga.

Trastabillé con mis propios pies. Mierda.

Levanté la cabeza de golpe. Pensé que me habría escuchado, pero Mia seguía leyendo, sin inmutarse. Mi puta camisa abierta le caía por los hombros e iba en ropa interior.

Podía verle los pezones erectos desde donde estaba, la curvatura de su cintura. Cerré las manos en puños deseando tocarla, deseando marcarla para mí. No pude evitar dar dos pasos en su dirección hasta que esos malditos ojos color miel vinieron al encuentro de los míos.

Lo sabía.

Estaba esperándome.

Mia Bianchi quería jugar.

Sonreí. Por fin.

Mia volvió a mirar el libro y entonces se recostó más en la silla con las piernas estiradas para que pudiera verla mejor.

Tenía la polla tan dura que me molestaba el pantalón.

Me llevé allí las manos de manera inconsciente y abrí la cremallera para que la puta sangre circulara.

Estaba seguro de que aquel ruido sí que lo habría escuchado a la perfección.

Se llevó la copa de vino a la boca, a esos labios carnosos que me perseguían en sueños, con mi polla entre ellos. Una gota le cayó por la barbilla, bajó por sus pechos y llegó a su ombligo. Tuve que relamerme.

Cuando volví a elevar la vista, la suya seguía puesta en mí. Bajó un dedo por el mismo recorrido de la gota, lo que dejó un camino húmedo que me moría por lamer.

Se llevó el dedo a la boca y gimió. Como la otra noche. Como cuando estaba arrodillada entre mis piernas.

Hasta ahí llegó mi autocontrol.

Avancé poco a poco sin intentar amortiguar mis pasos, que retumbaron por toda la cocina, mientras observaba cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se entrecortaba, hasta que quedé al otro lado de la isla.

Mia abrió la boca al verme con la máscara puesta. Soltó el libro de golpe y se quedó ahí, esperando.

—Pídemelo y te lo daré —susurré.

—¿El qué?

—Todo —sentencié antes de comenzar a rodear la encimera para acercarme a ella—. Lo que quieras, cuando quieras. Te lo daré. Siempre.

Asintió con lentitud antes de bajar las piernas y enderezarse.

—Me has robado la ropa.

Cuando llegué junto a ella, tiré del taburete para tener mejor acceso a su cuerpo. Ignoré su comentario. Pasé el dedo anular por donde había caído esa maldita gota y después lamí el mismo recorrido. El estómago le tembló cuando llegué al borde de su ropa interior.

—Sí, te la quité —susurré sobre su piel.

Dios, era preciosa.

—No deberías haberlo hecho… Eso… eso no está bien —susurró cuando agarré el borde de sus braguitas y tiré de ellas para ver lo que había debajo.

—Nunca fui una persona sensata. —Me enderecé cuando Mia enganchó los dedos en mi pelo y tiró con fuerza para que la mirara.

Volví a subir el dedo hasta rozarle un pezón, lo que le provocó un leve jadeo.

Tuve que apretar los dientes con fuerza para no follármela allí mismo.

Primero la dejaría jugar—. Tampoco fui una persona decente, ni siquiera sé lo que es el arrepentimiento, y ahora mismo te aseguro que no me lamento de nada, solo de no estar follándote en esta encimera.

Le abrí más la camisa para verla. Se la bajé por los codos al mismo tiempo que le rozaba la piel.

—Y creo que esto te encanta —susurré antes de dar un paso atrás para admirar su cuerpo, su belleza—. Eres preciosa, principessa . Una maldita preciosidad.

Ladeé la cabeza para observarla mejor, para ver cada parte de su cuerpo, hasta que se puso en pie y comenzó a retroceder. Se fijó en mi erección y tragó saliva.

—Pues yo creo… —se interrumpió cuando se percató de que la seguía según se alejaba.

—Dime, cielo, ¿qué es lo crees?

—Creo que eres un cabrón.

—Y yo que tienes una boca muy sucia y que habría que limpiártela. Dime, ¿te gustó comerme la polla?

Abrió los ojos de par en par, incluso chocó contra el marco de la puerta. Sonreí, desesperado por alcanzarla, por atraparla. Joder, esto solo lo hacía más divertido.

—Yo…

—Seguro que sí. Te encantó verme deshecho. Postrado a tus pies. —Podría haberme relamido los labios solo de pensarlo—. Yo todavía pienso en tu sabor.

—Para —ordenó sin aliento.

Volvió a mirar mi erección, mi máscara y se mordió el labio. Sabía que estaba excitada, que aquello le gustaba demasiado. Cuando miré su ropa interior, más oscurecida en aquella zona por la humedad, no pude más.

—Cielo, llevo pensando en ti todo el día como un desesperado. —Di un paso más—. Y por la mancha de humedad que veo en tu ropa, necesitas que te folle. Ya. Y con esta máscara puesta.

—Eso no es problema tuyo —contestó con un mohín que me moría por morder.

—Todo lo que tenga que ver contigo y tu placer, de ahora en adelante, siempre será problema mío. —Dos pasos más y sería mía—. Voy a comerte el coño, necesito hacerlo o me volveré loco —susurré y alargué la mano para atraparla.

—No —contestó al tiempo que saltaba a la derecha.

Entrecerré los ojos.

—Lo estás deseando, Mia. Estás deseando que vuelva a hacerlo.

Su cuerpo se tensó, colocó las piernas en posición de huida.

—Eres un puto cabrón pervertido que me ha estado robando la ropa, me has vigilado por las cámaras y a saber qué más. No dejaré que me folles. —Abrí la boca para contestarle—. No hasta que…

Me lancé a por ella antes de que pudiera terminar la frase, pero la pequeña gata estaba preparada.

Salió corriendo por el pasillo de la derecha, todo en completa oscuridad.

La seguí como alma que lleva el diablo, incluso le rocé la cintura con los dedos, pero hizo un quiebro y me dio un codazo en la barbilla con el que perdí el equilibrio.

—¡Mia! —rugí cuando vi que seguía corriendo sin mirar atrás.

Entonces tiró del cuadro, entró y cerró.

Agarré el marco e introduje los códigos de seguridad. Nada.

—¡Mia!

—Jódete, cabrón —escuché a través del intercomunicador—. Ahora te haces una puta paja.

—Abre la puerta ahora mismo —respondí entre dientes mientras tiraba del marco con todas mis fuerzas—. ¡Que abras, joder!

—Buenas noches, Alexander Kane.

Me la había vuelto a jugar. Igual que la otra noche, cuando después de arrodillarse para mí me dejó allí plantado. Lo había dejado pasar solo para que descansara. Pero esto… Oh, Dios, esto me había cabreado.