Obsession (Almas Letales 2) 20. Mia
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20. Mia

MIA

No podía respirar. Salí corriendo de la habitación de Alexander con mi botín en las manos. Lo arrojé sobre la cama como si quemara y me quedé mirándolo.

Mierda.

«¿En serio acabo de hacer lo que acabo de hacer? Y peor aún, ¿pienso vengarme?».

No me podía creer ni que me lo estuviera planteando. Me mordí las uñas y me paseé por la habitación, mirando con disimulo cada rincón. ¿Y si aquí también había cámaras?

Me paré en seco. No. Seguro que no. Eso sería violar mi intimidad de una manera…

Joder, era un maldito asesino. Un puto sicario, y Keyla había asegurado que estaban por toda la casa.

¿De verdad me estaba planteando que tuviera algún tipo de escrúpulo?

Había olvidado por completo lo que era con esas guerras de miradas, las sensaciones que me provocaba cada vez que lo veía, su forma de desearme, lo que habíamos hecho…

Seguro que había cámaras. ¡Ahora lo entendía todo! El porqué aparecían cosas que quería o necesitaba de la noche a la mañana. Como los libros nuevos, las mantas suaves en la biblioteca, los utensilios que no había pedido en voz alta pero que me hacían falta… Ese cabronazo veía todo lo que hacía.

Desde la primera vez que lo vi, sentí una atracción muy fuerte, tanto que me olvidé de dónde estaba, de con quién me veía obligada a convivir.

Tenía que saber si había alguna maldita cámara, pero si las buscaba él me descubriría, y aunque quería matarlo, yo también sabía jugar.

Quizá a mí se me había olvidado quién era él, pero yo era una Bianchi, y eso Alexander no lo tenía en cuenta.

Sabía disparar, sabía usar un cuchillo como si fuera una extremidad más de mi cuerpo, sabía luchar.

Nunca había sido fan de la violencia, jamás, y no se me daba tan bien como a mis hermanos, pero sabía lo que hacía.

Una de las muchas cosas que hizo Leonardo por sus hijos fue enseñarles a defenderse, sobre todo a nosotras.

Era la peor parte del día para mí, cuando me obligaban a entrenar.

Gabriella salía corriendo despavorida en dirección al gimnasio mientras que yo iba a rastras. Obligada.

Echaba de menos a mi hermana. Echaba de menos mi casa.

El móvil volvió a sonar y vi que, de nuevo, era Keyla.

—Hay varias salidas que no constan en los planos originales de la casa.

—No me sorprende, la verdad.

—Bien, pues que sepas que he desactivado las alarmas.

Solo las del interior. Al menos así ese cabrón no podrá saber si entras en su dormitorio a husmear como hace él en el tuyo.

Aunque si está con la nariz pegada a los monitores de las cámaras, que tiene pinta de que sí, es tontería, pero bueno.

Ah, y en la planta de abajo, en el pasillo, al lado de la biblioteca, hay una habitación del pánico.

Abrí los ojos, sorprendida. No me había dado cuenta de que hubiera una puerta.

—No lo sabía.

—Está detrás de un cuadro enorme.

Ah, sí, ya sabía dónde.

—También la he desactivado. Solo tienes que tirar del marco y se abrirá. Podrás salir con la clave que te voy en enviar al teléfono.

Escuché el sonido y miré la pantalla. Cuatro dígitos.

—¿Y para qué querría entrar en una habitación como esa? Te recuerdo que vivo con un asesino.

Keyla no respondió a mi comentario, al menos durante unos segundos que se me hicieron eternos mientras yo daba vueltas por el dormitorio.

—Mia, precisamente por eso, porque es un asesino y no sabemos hasta qué punto está de nuestro lado.

—Él no me haría daño —contesté sin pensarlo por pura inercia, por puro instinto.

—Eh, no te enfades conmigo, es solo por si acaso —contestó entre risas.

—Vale.

—Cualquier cosa me llamas. Y, por favor, véngate y luego cuéntamelo todo.

Alexander

Arrojé el Zippo al suelo y esperé hasta verlo todo arder. Antes había echado fotos del desastre de huesos, sangre y piel, lo había grabado todo para mi cliente, pero después venía la mejor parte. Al menos para mí.

No quedaría nada de su cuerpo, ni siquiera para arrojarlo a una fosa común. Sería polvo y nada más. Ese hijo de puta se lo merecía.

Cuando noté el calor, cerré los ojos para afrontar los demonios que venían del pasado a atormentarme. Así fue como murió mi padre. Aún escuchaba sus súplicas para que nos soltaran vivos a Bastián y a mí. No para que parasen de golpearlo, no para que no le pendieran fuego.

El sello de mi padre siempre fue la carne cortada en grandes tajos, el mío era el fuego, y todo el mundo lo sabía.

Los lugares donde trabajaba acababan en ruinas.

Colocaba pequeñas dosis de un líquido altamente inflamable en los puntos exactos para eliminarlo todo, para que no quedara ninguna prueba.

Antes de aceptar un trabajo vigilaba la zona, al igual que a la víctima.

Buscaba el sitio perfecto donde acabaría con su vida, cercano a los lugares que solía frecuentar y que fuera adecuado; si no, tenía que secuestrarlo, y eso a veces era una grandísima mierda.

Disfrutaba al hacerles daño a esos cabrones.

Al destruir sus vidas y devolverles toda la mierda y el mal que habían hecho a la puta cara antes de terminar.

Algunos se arrepentían, otros lloraban. Estos eran patéticos y solo me daban más ganas de golpearlos, pero los que no se inmutaban…

Ellos eran los verdaderos monstruos que disfrutaba cazar.

Cuando el calor fue tan intenso que se volvió insoportable, abrí los ojos y me di la vuelta.

Estaba deseando regresar no solo para darme una ducha y quitarme el olor de la muerte, sino para verla a ella.

Aún me dolían las heridas, pero no importaba. No dejaba de pensar en lo que había pasado esos días. Cómo me comí su dulce coño, cómo ella hizo lo mismo conmigo y lo había disfrutado.

No dejaba de verla deshecha entre mis brazos, me acordaba todo el tiempo de esa mirada dulce que cambió a una que jamás hubiera imaginado, una tan sensual y brillante como adictiva.

Ese fulgor en sus ojos acababa de convertirse en una droga para mí, una puta adicción que necesitaba saciar cuanto antes.

Una obsesión.

Me acordé del día que me puso un cuchillo en el cuello —lo tenía guardado en mi mesita de noche—, que su voz sonó segura aunque sus manos temblaran.

Ese día me amenazó… Joder, podría haber caído rendido a sus pies.

Hacía mucho tiempo que nadie tenía los santos cojones de amenazarme con una promesa de muerte en la mirada, y eso me volvió loco del todo.

Si hubiera sido otra persona, sin duda estaría muerta, pero ella no.

Ella jamás. Un instinto protector crecía en mí cada vez que recordaba que Osso la estaba buscando.

Uno tan fuerte y poderoso que daba miedo, porque mi incapacidad de controlarme me caracterizaba. Solo con ella.

Siempre protegí a Bastián de manera feroz.

Ya de niños di palizas a sus compañeros de instituto.

Maté a más de uno solo por atreverse a mirarlo de malas maneras, y con ella empezaba a ocurrirme lo mismo, con la diferencia de que no era nada mío.

Era la hermana de un Don, la principessa de la puta mafia italiana, y sabía que eso solo me traería problemas.

Muchos. Sobre todo porque lo único en lo que podía pensar era que quería quedármela.

No. Ya era mía, aunque ella aún no lo supiera. Aunque no quisiera, acabaría aceptándolo.

Me subí en la moto y saqué el móvil. Tenía una notificación de seguridad: alguien había entrado en mi dormitorio, y eso provocó que sonriera por primera vez ese día.

Abrí las cámaras y vi a Mia entrar en la habitación. Me puse cómodo sobre la moto y esperé para ver qué hacía. Tenía que irme de allí antes de que llegaran la policía y los servicios sanitarios, pero, joder, aquello era más importante.

Al parecer, la gatita había entrado a husmear. Abrió los cajones y lo sacó todo.

La vi colarse en mi vestidor y supuse que cogería otra de mis camisas, pero una vez más me sorprendió. Encontró su ropa, la que le había robado. Amplié las cámaras con las sirenas de los bomberos de fondo.

Hablaba por teléfono. Activé el sonido, pero no funcionaba. Mierda. Las rayas de la cobertura estaban llenas. Tendría que hablar con Bastián, debía de ser un fallo del sistema. Inaceptable.

La vi agarrar la bolsa y salir del vestidor, corriendo como alma que lleva el diablo, hasta que las cámaras se cortaron.

Las sirenas cada vez estaban más cerca. Me puse el casco, aún con la máscara en su sitio, me guardé el móvil y aceleré.

Me crucé con un camión de bomberos y dos coches patrulla. Le di al botón del casco para llamar.

—¿Todo bien?

Bastián había respondido al primer tono.

—Sí. Escucha, ha fallado el sistema de vigilancia. No funciona el sonido y la grabación se ha cortado.

Resopló divertido, con el sonido del televisor de fondo.

—¿No deberías estar asesinando a un pedófilo en vez de vigilando a Mia como un acosador?

—Ese hijo de puta ya está muerto.

—Espero que se llevara su merecido.

—Te aseguro que sí.

—Bien.

—Arregla lo de las cámaras —pedí a la vez que aceleraba, desesperado por llegar cuanto antes.

—Que sí.

Puse los ojos en blanco. Odiaba que me hablara como si fuera un pesado.

—Llegaré en unas horas.

—Vale. Por cierto, nos acaba de llegar una invitación de la Alianza Internacional de Seguridad Tecnológica.

Joder. Odiaba esas mierdas.

—Di que no vamos.

—No podemos hacer eso y lo sabes.

—No necesitamos ir a esa mierda para conseguir clientes.

—Ya, pero tienes que actuar como un ciudadano normal. Te recuerdo que eres el dueño de Industrias Kane y esa es tu puta tapadera.

No hacía falta que me lo recordara. Vivía con esa maldita cruz cada día.