Obsession (Almas Letales 2) 19. Mia
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19. Mia

MIA

Alexander se había vuelto a marchar y lo sabía porque me lo había chivado Bastián cuando entró en el salón.

Estaba recostada en el sofá, tomándome un café al amanecer.

No perdí ni un solo segundo para mandarlo a la mierda por volver a quitarme ropa de mi habitación mientras él se dirigía a la cocina para servirse el desayuno.

Su respuesta fue que estaba perdiendo la cabeza a pasos agigantados, cosa que me hizo parar en seco.

Me había comprado mucha ropa en la boutique, muchísima, pero todo lo que era cómodo y ancho había desaparecido.

¿Y si había sido él? Joder.

¡Claro que había sido ese maldito enfermo!

Esperé a que Bastián se marchara, no dejé de dedicarle sonrisas inocentes y le deseé un buen día.

Cuando escuché el ascensor, me puse en pie y corrí escaleras arriba.

Me acerqué al dormitorio de Alexander. Miré la cerradura electrónica.

La primera vez que había entrado estaba desactivada. Agarré el pomo con fuerza y lo giré.

Bingo.

Abrí la puerta poco a poco y miré a ambos lados del pasillo, por si alguien me estuviera vigilando. Puse los ojos en blanco y cerré tras de mí.

Me recordé que estaba sola y me encaminé a la cómoda color caoba. Abrí todos los putos cajones, pero nada. Mis ojos traidores se iban solos a los postes de la cama. Tenía que darme prisa y dejar de hacer el imbécil.

Cuando terminé con el último cajón, me puse en pie y me dirigí al vestidor. Abrí ambas puertas y rebusqué en su interior.

El olor de Alexander estaba por todas partes y no pude evitar llevarme en más de una ocasión la manga de una de sus camisas a la nariz.

Inhalé su aroma a cuero, a fuego, que me recordaba al peligro y a la pasión.

Me encantaba, tanto como para notar que ya empezaba a afectarme.

Si sumábamos el descaro de colarme en la habitación de alguien para fisgonear —cosa impensable en mí— y esa maldita cama de sábanas negras que solo creaba fantasías demasiado turbias en mi mente, era entendible que estuviera afectada.

Solo de imaginarlo ahí, desnudo, tumbado con su enorme cuerpo…

Después de lo que habíamos hecho…

Dios.

Me mentiría a mí misma si no admitiera que deseaba que Alexander me tendiera en esa cama, con él encima, y que adorase cada parte de mi cuerpo.

Nuestra relación, o lo que fuese, estaba en un punto extraño.

La noche anterior le había hecho una mamada después de sacarle dos balas del cuerpo.

Solo de recordarlo me puse… Lo necesitaba.

Tanto él como yo. Deseaba borrar esa mirada triste.

Después de todo lo que me confesó, ansiaba tocarlo.

Me gustaba, y no solo eso. Había pasado de odiar las guerras de miradas a buscarlas.

Empezaba a fijarme en cada detalle de él, en cada cambio de su cuerpo.

Desde el primer beso todo había ido in crescendo .

Era una locura, una atracción insoportable.

Cada vez que lo veía, todo mi cuerpo se envaraba de deseo, esperándolo.

Bajé la cabeza, avergonzada de mí misma. Entonces vi una bolsa de deporte a reventar, tanto que la cremallera estaba al borde del suicidio. Me agaché y después de varios tirones y maldiciones, conseguí abrirla.

Mi ropa. Mis putos pijamas y mis camisetas anchas estaban ahí.

Comencé a sacarlo todo y a tirar las prendas por todas partes. No me lo podía creer. Lo había hecho a propósito. Se había colado en mi habitación para quitarme… Pero ¿por qué? Maldito enfermo de mierda.

Marqué el número de teléfono de la única persona —bueno, de las pocas— que sería capaz de darme una respuesta sincera.

—¿Mia?

—Hola, Keyla.

—¿Estás bien? ¿Sabes algo de Gabi?

—Está con el ruso.

—Sí, sí, eso lo tenemos claro. Gracias a ti conocemos la ubicación exacta del lugar. Estamos esperando a que ella nos diga cuándo y dónde recogerla.

—Sobre eso…, Iván la tiene encerrada en una celda y le ha quitado todo lo que le entregué.

—También lo sabemos.

—Joder.

—Sí.

—Supongo que pronto se pondrá en contacto.

—De eso estoy segura.

—Bueno, ya sabes que estoy en casa del Carnicero.

—Sí —resopló—. Ya me he enterado. No te preocupes, dentro de poco, cuando sepa más, te informaré del plan. Tu hermana estará bien.

—Lo sé, pero no es de eso de lo que quería hablar contigo.

Fui bajando el tono de voz, como si fuera un secreto.

—¿Entonces?

—Verás, no quiero llamar a Gabi porque no sé si ese cabronazo le habrá devuelto el teléfono que le di.

—Así que solo te quedo yo —respondió con una carcajada.

—Tú siempre me has caído bien y tú teléfono es uno de los más seguros del mundo.

—Cariño, te aseguro que nadie podría escuchar esta conversación. Tu teléfono también lo tengo controlado.

—Es que estoy teniendo ciertos problemas con el Carnicero.

—¿Como cuáles? —preguntó, seria.

Tragué saliva, avergonzada, pero me ganó la curiosidad.

—Me ha robado la ropa —solté de golpe—. Los primeros días no tenía nada de recambio, así que le quité una de sus camisas para dormir y, bueno, me vio con ella y le mentí.

Le dije que la había encontrado en la habitación de la colada, pero esa no es la cuestión.

Lo importante es que luego hice un pedido online…

Pero ¡no a mi nombre, claro! Y desapareció. Todo hizo ¡puf! y adiós.

—¿Puf y adiós?

—Sí. Unos días después fui a comprar más y otra vez estoy sin ropa.

—¿Y cómo sabes que ha sido él?

—Porque me he colado en su habitación y la tiene en su armario.

—¿Y por qué haría eso? —preguntó de una manera muy extraña.

—¡No lo sé!

—Necesito que me des más detalles, porque, de verdad, me parece surrealista. Raro de cojones.

Se lo conté todo, lo de la boutique, lo de la cocina, la ropa desaparecida… Keyla apenas decía nada, solo me hacía preguntas y tecleaba en el ordenador. A saber qué coño estaría escribiendo, a lo mejor ni me estaba escuchando de verdad. Lo de la mamada me lo ahorré, no venía a cuento.

—Total, que te ha dejado como única indumentaria ropa sexy, lencería y su camisa.

—¡Exacto!

—¿Después de casi follaros en la cocina como dos animales?

Tuve que apartarme el teléfono de la oreja para no quedarme sorda por la ristra de carcajadas que se le escapó.

—¡Ay, joder! Cómo echaba esto de menos —añadió entre jadeos—. Estas cosas solo os pasan a las hermanas Bianchi.

—A mí no, joder.

—Nena, ese hombre te ha robado la ropa que no le gusta y te ha dejado la que quiere que te pongas.

—Pero qué más le da, si apenas está en casa para verme y cuando está… Bueno, suelo llevar su camisa. No siempre. A veces.

—¿Estás segura?

—¿Sobre qué?

—Sobre lo de que apenas te ve. No es por nada, pero acabo de reventar sus firewalls y ahora mismo sabe dónde coño estás y lo que estás haciendo. Aunque eso no es muy difícil, ya que no puedes salir de allí.

—¡¿Qué?! —la interrumpí. Me puse de pie y miré a mi alrededor.

—Tranquila, he silenciado los micrófonos cuando la cosa ha empezado a ponerse interesante.

—¿Qué micrófonos, Keyla?

No me lo podía creer. Ese… ¡ese hijo de la grandísima puta!

Comencé a recoger la ropa del suelo lo más rápido que pude.

—Los de la habitación. Están por todas partes. Por toda la casa. —Escuchaba el sonido de sus dedos sobre las teclas del equipo—. Listo. Ahora no puede verte, pero que sepas que lo sabe. Sabe que has entrado ahí y has visto la ropa.

—¡¿Y ahora qué hago?! Dios… Me he colado en la habitación de un asesino psicópata que me roba la puta ropa y que quiere follarme. —Lo solté todo de golpe y me llevé las manos a la cabeza. Las risas de Keyla eran cada vez más fuertes—. ¡No te rías! ¿Qué coño hago?

—¿Qué mierda de pregunta es esa? Pues devolvérsela.

—¿Quieres que le robe la ropa?

—No —respondió con paciencia—. Quiero que te pongas la ropa más sexy que te ha dejado y que hagas como si nada. Él no sabe que tú sabes que lo sabe.

—¿Cómo?

—Que no sabe lo que tú y yo hemos hablado ni que te he dicho que te ha visto por las cámaras. Tampoco que he jodido su sistema de seguridad, ¿vale? Hazte la loca, él lo hará para ver tu reacción.

Era cierto. Él no diría que me estaba vigilando o podría echarle en cara que era un ladrón de ropa pervertido.

—No sé. —Volví a meterlo todo dentro de la bolsa.

—Nena, ponte lo más sexy que encuentres, pero llévate tu ropa y ponla a buen recaudo. Está deseando que lo hagas, créeme. Además, no puede hacerte daño y por lo que me has contado no creo que eso precisamente esté en sus planes.

Asentí en silencio, agarré la bolsa cargada de ropa y salí del vestidor mientras sostenía el móvil con el hombro.

—De acuerdo —acepté con la boca chica. Miré a todos lados en busca de cámaras.

—Esa es mi otra italiana favorita; y recuerda, Gabriella te diría…

—Gabriella me diría que si quiere mi ropa que vaya desnuda a partir de ahora, incluso para desayunar.

—¡Desde luego que sí!

Negué con la cabeza, sabía que mi hermana lo haría. Bajaría desnuda incluso habiendo más personas en la casa.