18.Alexander
ALEXANDER
Tener a Mia entre mis brazos me hacía sentir el hombre más poderoso del mundo. Verla recorrerme el cuerpo con las pupilas dilatadas por el placer, deleitándose en él, y ver cómo esa chiquilla inocente se convertía en una puta diosa me hacía sentirme inmortal.
Cada día que pasaba cerca de ella me preguntaba cómo una muchacha tan inocente y yo habíamos acabado en el mismo lugar, en aquella situación. La escena de antes aún me sorprendía: yo contándole mi más oscuro secreto mientras ella me curaba las heridas a la vez que escuchaba mi infierno personal.
—Ponte de rodillas, cielo —susurré sobre su boca, acariciándole las mejillas coloreadas como las cerezas.
Cuando se lo ordené, le gustó. Me devoró vivo con los ojos. Vi el fuego, las ganas, la curiosidad en ellos.
Mia era como una maldita estrella que iluminaba la densa oscuridad que plagaba mi vida.
Cada día pensaba lo mismo. No podía dejarla escapar. No podía dejar de observarla, de guardar cada mínimo gesto para mí. Sus miradas, su boca, todo en ella era adictivo.
Tan brillante. Tan magnífica.
Me rodeó la polla con manos temblorosas, con los ojos fijos en ella.
Si seguía así, observándome de esa manera, acabaría demasiado pronto, pero disfrutaría cada segundo. Había soñado, imaginado demasiadas veces que la tenía así.
—Tienes que lamerlo, chuparlo. A veces con delicadeza, otras más fuerte, depende del momento —indiqué rozándole la mejilla.
Me miró con el ceño fruncido, pensando en cómo lo haría. Asintió y abrió la boca para mí antes de dejarme entrar poco a poco en ella.
La agarré del pelo y fui guiándola. Cerré los ojos con un gruñido y me tensé sobre la silla de la cocina. Supe el momento exacto en el que ella comenzó a disfrutar tanto como yo.
Emitía leves gemidos y sabía, sin necesidad de tocarla, que estaba empapada. Cuando intenté apartarla para echármela sobre el hombro y subirla a mi habitación, negó con la cabeza, aún con mi polla dentro de la boca.
Le llamearon los ojos cuando me miró y supe lo que quería, así que aumenté el ritmo.
Mia me hizo la mejor mamada que jamás me hubieran hecho. Se puso en pie, deshecha, despeinada y sudorosa.
—Buenas noches, Alexander.
Cuando salió de la cocina sin mirar atrás, lucía una sonrisa orgullosa.
Me dejó destrozado y con las manos apretadas para no ir detrás y follármela como un animal por la necesidad de hacerla mía, de sentirla por completo en todo mi cuerpo.
Un deseo que nunca había sentido por nadie, excepto por ella.
«Poco a poco. Con ella debo ir poco a poco», me repetí una y otra puta vez hasta que me dejé caer en la cama y soñé con su cuerpo.