Obsession (Almas Letales 2) 17. Alexander
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17. Alexander

ALEXANDER

Volví de madrugada. Cumplí con mi trabajo y me arriesgué al comprar un billete a última hora de una aerolínea común. Joder, la había cagado hasta decir basta.

Estaba herido.

Ese cabrón se olía que alguien iba tras él y, desde luego, cuando accedí a su apartamento, lo descubrí. Me disparó dos veces, nada grave. En la casa había cámaras de seguridad, armas, mapas de la ciudad y fotos de la persona que me había contratado.

Mi objetivo era un antiguo parlamentario que había extorsionado a la gente equivocada.

Un drogadicto y un sádico. Gastaba tanto en putas y en cocaína que debía dinero por todas partes.

Tenía demasiados enemigos, pero la mujer que me contrató no lo hizo por nada de eso.

Fue porque abusó de ella. Una inocente más que cuando lo denunció quedó como una mentirosa ante un hombre de alcurnia y devoto de su pueblo.

Un puto mentiroso de mierda. Por eso acepté el trabajo.

Aún me preguntaba cómo aquella mujer había conseguido dar conmigo.

No le cobré. Aquel trabajo sería un regalo para ella, para su paz. Me habría gustado poder ayudarla antes.

Cuando lo rajé como a un cerdo y le metí por la boca un bate de béisbol hasta ahogarlo y desencajarle la mandíbula, le mandé una foto a ella.

Ojalá la colgara en el espejo de su casa para que cada mañana saliera tranquila a la calle.

O al menos para que cada día supiera que ese cabrón sufrió más en la tierra que lo que sufriría en el propio infierno.

Tuve que hacerme torniquetes antes de abandonar el apartamento. Encontré un botiquín en el baño y cuando controlé las hemorragias le prendí fuego a la casa.

Las balas, disparadas desde la lejanía, no habían abandonado mi cuerpo.

Lo lógico habría sido irme al hotel, sacarlas como otras tantas veces, curarme y esperar al vuelo privado que me recogería al día siguiente.

Pero no hice nada de eso porque necesitaba saber que ella estaba bien.

Ya no me valía verla por las cámaras. Necesitaba volver a tocarla.

Llamé al piloto de mi empresa privada. Estaba durmiendo, me gritó que estaba loco, pero que en unas dos horas llegaría.

Tampoco quería esperarlo, así que saqué un vuelo.

Cuando entré en casa, fui directo a la cocina. Estaba un poco mareado y necesitaba un trago. Cogí una de las botellas de whisky de la despensa y se me cayó al suelo.

Me agaché para recoger los cristales y sentí el estallido de dolor por todo el cuerpo.

—Joder —susurré. Me llevé la mano a la pierna donde había recibido uno de los disparos. El torniquete se había aflojado y las vendas que cubrían la herida estaban empapadas de sangre.

Tiré los cristales en el fregadero y cogí otra botella. Le arranqué el tapón con los dientes y le di un largo trago.

—¿Alexander?

Giré la cabeza en su dirección como un látigo.

Allí estaba Mia, con mi camisa y nada más.

Encendió la luz de la cocina antes de entrar. Chica lista. Estaba deseando abalanzarme contra ella, y seguramente lo habría hecho de no haber estado herido. Apreté los dientes y avancé un solo paso para tenerla más cerca.

Cuando conseguí salir tras la isla, me evaluó el cuerpo entero. Supe el momento exacto en el que vio las heridas porque se detuvo en ellas y el color le abandonó el rostro.

Tenía un disparo bajo la clavícula, cerca del hombro, y otro en el muslo derecho.

—¡¿Qué te ha pasado?! —gritó.

En dos segundos Mia me palpaba la piel mientras alababa a la Virgen en italiano.

Siseé cuando tocó las heridas tapadas con la ropa.

Me pidió perdón en un susurro, pero no tuvo nada de delicadeza cuando me empujó hacia el fondo de la cocina para que me sentara en una silla mientras ella seguía murmurando a saber qué cosas.

—¿Dónde tenéis el botiquín? —preguntó con sequedad a la vez que me tiraba de los hombros para que me incorporara un poco. Me quitó la camiseta sin ningún cuidado.

Estaba cabreada.

—Dónde. Está. El. Puto. Botiquín —me rugió a la cara, agachada a mi altura.

—En el baño pequeño.

Salió de la cocina con los puños apretados y dando grandes zancadas, que provocaban que le rebotase el culo.

Dios santo, ese precioso culo. Tuve que morderme los labios para no sonreír.

¿Quién, en su sano juicio, pensaría que Mia reaccionaría así en vez de ponerse histérica?

A veces olvidaba que era una principessa de la mafia y que quizá había visto demasiado.

Desde luego, no solía comportarse como una.

La había observado lo suficiente como para ver la diferencia.

Depositó el botiquín con fuerza sobre la mesa. Comenzó a sacar todo lo que había en su interior.

—Quítate los pantalones —ordenó sin mirarme.

Me gustó esa faceta suya. Joder, me encantó.

—Ojalá me dijeras eso en el dormitorio. Justo con ese tono de voz y…

—¡Shhh! —me mandó callar con un dedo sobre la boca.

Obedecí sin rechistar y me quedé solo en ropa interior. Se detuvo unos segundos para observarme por el rabillo del ojo, tragó saliva y continuó con su trabajo.

Se alejó para lavarse las manos a conciencia en el fregadero. Seguía sin mirarme a la cara cuando me acercó un vaso lleno hasta arriba de licor.

—¿Las balas han salido? —preguntó mientras sacaba unas pinzas largas.

—No.

Con la mano libre me tomó la temperatura.

—No tienes fiebre —susurró—. Necesito que no te muevas mientras las saco.

—Veo que esta no es tu primera vez —indiqué tras dejar el vaso en la mesa.

—No, por suerte para ti no lo es. ¿No tenéis anestesia?

Negué con la cabeza lentamente.

Cuando noté el roce de sus dedos, me tensé, no por el miedo, no por el dolor, sino por su contacto.

—Odio que me toquen —confesé. Mia separó los dedos de mi cuerpo, aún con su mirada fija en la herida—. Y odio tocar a cualquier persona.

Se había quedado paralizada, con la pinza en la mano. Asentí con la cabeza, era un permiso mudo para que continuara. Le temblaron las manos antes de notar el cambio, la decisión que acababa de tomar. Volvió a posarlas sobre mí, esta vez con la precisión de un experto.

Introdujo el instrumento en una de las heridas. Me quemaba, me abrasaba.

—Pero yo te he tocado antes… —Sus ojos abandonaron la tarea para mirarme.

—Tu contacto no lo odio —aseguré.

—No veo bien, necesito que te subas a la mesa.

Me tumbé sobre la encimera de la cocina. Mia tuvo que subirse a horcajadas sobre mi cuerpo para llegar bien.

—Lo siento —susurró con las mejillas coloradas y esa firme decisión en la mirada. Si supiera lo poderosa que se veía allí mismo…

Coloqué las manos en sus muslos, lo que provocó que se sobresaltara, pero no hizo ningún gesto para apartarlas. Así que las dejé ahí no solo por mi necesidad de tocarla, sino para que ella supiera que estaba bien, que me sentía cómodo.

—A mi padre casi lo mataron a golpes. —Clavé la vista en el techo de la cocina, a sabiendas de que Mia estaba haciendo un trabajo magnífico.

No se detuvo a preguntar—. Cuando estaba medio inconsciente, rozando las puertas de la muerte, nos metieron a Bastián y a mí en la misma sala donde lo tenían a él.

Aún recordaba el olor de aquel horrible lugar, la humedad que hacía que la piel se sintiera fría y mojada.

—Nos arrastraron al interior y nos arrojaron a sus pies.

—Mia torció las pinzas y acercó el rostro a mi pecho—.

Nos manchamos con su sangre, con su vómito.

Los fluidos se habían extendido incluso unos metros de distancia a su alrededor.

Bastián comenzó a llorar y yo lo sujeté para impedir que fuera con mi padre.

Esos hombres nos habían dicho que si nos movíamos nos pegarían un tiro en la cabeza.

Yo ya no podía hacer nada más por mi padre, pero sí por mi hermano. Tenía que sacarlo de allí.

Noté cómo Mia rozaba la bala. Apreté los dientes; sabía lo que venía ahora. Abrió las pinzas, las retorció hasta hacer hueco en la carne antes de agarrar la bala con fuerza y tirar de ella. La arrojó al fregadero y fue a por el botiquín.

—Lo quemaron vivo delante de nuestros ojos.

Lo dejaron arder hasta que el fuego se apagó por sí solo.

—Empezó a desinfectar la herida con sus delicadas manos—.

Antes lo rociaron con gasolina. —Tragué saliva.

La bilis me había subido por la garganta—.

Cuando mi padre nos vio, no rogó por su vida, solo por la nuestra.

Siguieron atormentándolo, pero él ya no les hacía caso.

Solo nos miraba y jamás olvidaré sus últimas palabras, Mia.

Me suplicó que no tuviera miedo. Me dijo que aquello no le haría daño y no emitió ni un solo ruido cuando le prendieron fuego.

No chilló. Me pidió que escapara, que cuidara de Bastián y que buscara a Iván, y eso hice.

Ni siquiera me había dado cuenta de que Mia había comenzado a suturarme la herida cuando posé la mirada en ella. Pude ver la devastación en su rostro, la pena y el horror.

—Tenía dieciséis años cuando ocurrió. Lo dejaron arder y yo acurruqué a Bastián entre mis brazos hasta que dejó de llorar. Le pedí que no mirara, que se tapara los oídos. Nos dejaron ahí encerrados mientras veíamos cómo se apagaban las llamas. —Cerré los puños al notar el último tirón del hilo.

Mia había terminado con la herida del hombro. Ahora me miraba fijamente.

—¿Los mataste? Después de aquello —inquirió cuando se alejó para destapar la herida de la pierna.

Torció el gesto al ver que era grave. Asentí cuando por fin se centró en mí. Sus ojos brillaron con aprobación y me dirigió una escueta sonrisa antes de desinfectarme la pierna. Siseé por el dolor y Mia me pidió perdón.

—Los cacé a todos y a cada uno de ellos. Solo dejé con vida al padre de Iván, pero porque eso fue lo que acordamos.

Mia asintió y cogió de nuevo las pinzas. Esta vez me tocó con más delicadeza.

—Cuando me acerqué a mi padre —otra vez la bilis en la garganta al recordarlo todo—, quería sacarlo de allí. No quería dejarlo en ese hoyo lleno de mierda, pero su piel…

—No hace falta que vuelvas allí —indicó Mia.

No me había dado cuenta de que su rostro se encontraba sobre el mío, ni de que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No llores —susurré, incapaz de evitar enjugarle las mejillas, desesperado por volver a verla sonreír—. No quiero verte llorar por mí.

—No es por ti, es por esos niños. —Negó con la cabeza.

—Quiero que sepas por qué a veces me costará que me toques, o yo a ti —hablé demasiado rápido.

—Hablas en futuro.

—Hablo en futuro porque sé que tú estarás en él.

—Eso es ir demasiado rápido. Yo…

—Tú —señalé, y le rodeé las mejillas para que me mirara— estarás en él, y lo sé porque jamás en mi vida he querido nada tanto.

Mia me miró con los ojos entrecerrados.

—Apenas me conoces —susurró.

—Te conozco, Mia Bianchi.

—Apenas te conozco. ¿Y si yo no quiero?

—Sí quieres —aseguré.

Mia me apartó las manos de su rostro y me apuntó con un dedo para que me quedara quieto. Al menos ya no lloraba.

—Eres un asesino psicópata demasiado egocéntrico.

—Y cargado de traumas y mierda, no lo olvides.

—Cómo olvidarlo —indicó antes de volver a mi pierna.

Suspiré cuando noté de nuevo la puta pinza. Gruñí y me di cuenta de que contarle aquello me había quitado un gran peso de encima.

—Me alegro de que mataras a todos esos hijos de puta —sentenció Mia antes de sacar la otra bala.

La miré fijamente. La vi sonreír cuando se hizo con ella. La arrojó junto con la otra y se bajó de un salto de la encimera para lavarse las manos antes de volver a curar y cerrar.

Fue rápida y concienzuda. Cuando me puse en pie y vi las puntadas, aprecié que eran perfectas.

—Demasiada práctica tienes tú.

Miré a mis espaldas y la vi sentada sobre la encimera, con mi vaso de licor en la mano. Se lo bebió de un trago.

—Soy la hija de un mafioso y ahora la hermana del Don.

Cerrar heridas y sacar munición del cuerpo de alguien es normal en mi casa —aseguró antes de llenar el vaso por segunda vez.

Me crucé de brazos a la espera de alguna explicación más—.

Gabi era la que arrojaba cuchillos junto con Enzo, y yo la que iba detrás curando a los pobres desgraciados que se cruzaban en su camino.

Ellos lo llamaban «pequeñas travesuras». Yo los llamo dementes. Os parecéis.

Sonreí sin poder evitarlo hasta que la curiosidad pudo conmigo.

—¿Sabes lanzar cuchillos? —Mia asintió y por el brillo que aprecié en su mirada supe que aquello le encantaba—. Quiero verlo.

—Y yo quiero que dejes de darme órdenes sin sentido. —Se bajó de un salto de la encimera y se acercó despacio. Cuando llegó a donde estaba, me apoyó una mano en el pecho con delicadeza. Joder, qué sexy estaba—. Si sigues portándote así de mal, te aseguro que lo verás en primera persona.

—¿Es una amenaza? —pregunté. Le agarré la mano para que no se alejara.

Mia asintió y yo me lancé a por su boca, desesperado por tocarla, por besarla e insertarla en mi sistema. Paseé las manos por todo su cuerpo y ella me imitó.

—Me encanta tocarte —susurré sobre sus labios. Mia me miraba con una lujuria en los ojos difícil de ignorar. Su boca, rosada e hinchada, me estaba volviendo loco.

—Y a mí —confesó.

La besé de nuevo y esta vez no paré hasta que ella me empujó por el pecho para coger aire.

—¿Te duelen demasiado? —preguntó con la voz entrecortada—. ¿Las heridas?

Negué repetidamente, deseando volver a hacerme con su boca, hasta que la sonrisa pícara de Mia me dio a entender que en sus planes no entraba solo besarnos.

—¿Qué quieres, cielo? —pregunté.

—Quiero que me enseñes cómo te gusta.

Una creciente erección me apretó los pantalones y ella se retorció entre mis brazos al sentirla.

—¿Qué quieres saber?

—Oh, vamos… No juegues conmigo —indicó antes de alejarse.

La agarré por el brazo y negué con la cabeza para que no diera un paso más.

—Jamás se me ocurriría hacer eso, cielo, pero no sé si es con respecto a…

—Quiero que me enseñes cómo te gusta que te coman la… el… Ya sabes.

—Quieres que te diga cómo me gusta que me hagan una buena mamada.

Mia se puso colorada y dio un respingo que solo provocó que esa parte de mí creciera y creciera.

—¿Es eso, cielo? —Le rocé la mejilla para que me mirase.

—Sí. Tú antes…

—Lo hice porque quise, y no pretendo que lo hagas porque me debas algo —indiqué para que quedara claro que, aunque quisiera follármela hasta en la última superficie de aquella casa sin ninguna contemplación, no lo hacía para que ella me devolviera el favor.

Era demasiado inocente y jamás la obligaría a nada.

—Pero yo quiero tocarte como tú lo has hecho conmigo.

Di un paso atrás para verla mejor. Mi mano se fue directa a su entrepierna y cuando noté la humedad, su calor, supe que estaba deseando que le dijera qué hacer.

Y eso hice.