Obsession (Almas Letales 2) 16. Mia
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16. Mia

MIA

Estaba tumbada en la cama, leyendo, cuando la puerta de mi dormitorio se abrió de golpe. Los ojos de Alexander se clavaron en los míos. Abrí la boca para decirle que a dónde se creía que iba, pero negó con la cabeza como un demente. No preguntó si podía pasar.

—No, Mia—susurró—. No pienso irme. Esta vez no puedes huir.

Cerró la puerta de un portazo y se apoyó en ella.

Yo llevaba su camisa puesta y él también se dio cuenta, porque no dejaba de mirarla. Cuando me dio un repaso, apretó la mandíbula. Se le envaró el cuerpo. Los ojos se le oscurecieron.

Dios, era tan guapo.

Lo único en lo que podía pensar en aquel momento era en que quería que me tocara. Quería volver a correrme. No tenía mucha experiencia, pero quería aprenderlo todo de él. Lo necesitaba. No saber lo que era el verdadero deseo y descubrirlo me resultaba adictivo.

—Tengo que irme —confesó sin dejar de recorrerme con la mirada.

Aquello fue como un jarro de agua fría.

—¿A dónde?

Negó con la cabeza.

—No quieres saberlo, cielo. —Me dedicó una escueta sonrisa.

Trabajo. Eso quería decir que aquella noche sus manos acabarían manchadas de sangre.

—Entonces, ¿has venido a despedirte?

—No he vuelto a verte desde el incidente de la cocina de ayer.

—Dirás desde que te aprovechaste de mí —respondí altanera.

La mirada de Alexander se volvió fría como el hielo.

—Cielo, te recuerdo —dio un paso más para acercarse a mí— que me rogaste entre gemidos que no parase.

—No sé nada de eso.

Oh, sí que lo recordaba, pero ver a Alexander Kane, el témpano de hielo, retorcerse de rabia era muy divertido, y ese descubrimiento sería un enorme problema para él.

—Mientes —gruñó con otro paso más en mi dirección.

Me aferré a las sábanas, desesperada por sentir algo. No sé qué le pasó por la mente cuando torció la boca.

—¿Qué quieres? —jadeé.

—Si te dijera todo lo que quiero de ti, acabarías escandalizada —susurró y dio otro paso.

Mi cuerpo y mi mente se derritieron en ese momento.

—¿A qué te refieres? —susurré.

—Quiero follarte, no solo tu boca, no solo tu coño. Quiero destrozarte hasta la mente, cielo.

Alexander fue directo al grano y yo lo necesitaba. Necesitaba que lo hiciera o acabaría volviéndome loca. Necesitaba sentir justo eso.

—Y creo que lo estás deseando —añadió. Se quedó a dos pasos de la cama.

Lo contemplé de pies a cabeza. Iba entero vestido de negro, la ropa que solía llevar cuando dejaba de ser Alexander Kane para convertirse en el Carnicero.

—Dime, cielo, ¿alguna vez te han comido tu dulce coño? —preguntó antes de avanzar otro paso más.

No podía más y él lo sabía. Si lo había evitado, era por esto. Estaba empapada y no me quedaban fuerzas.

—No —confesé en un susurro.

Esbozó una sonrisa felina y acabó con la distancia que nos separaba. Me agarró el tobillo y tiró hasta posicionarme en el centro de la cama. Me temblaban las manos. Tenía la respiración entrecortada mientras él me devoraba con los ojos una y otra vez; se fijaba en cada detalle.

—Quiero morderte entera, Mia. Besarte las mejillas sonrojadas, todo tu cuerpo.

—Me pasó un dedo por la pierna hasta llegar a la cadera—.

Follarte en todas las superficies del planeta.

—Tenía los ojos fijos en mi entrepierna.

Agarró el pantalón y lo bajó con lentitud—.

Pero sobre todo estoy deseando probarte. ¿Me dejas?

Asentí. Sentía lo mismo que él. Ese deseo incontrolable.

—Maravilloso.

Se subió a la cama para colocarse a mi altura. Me deseaba de una manera apabullante.

Me quitó la camisa. Miró mis pechos, todo mi cuerpo había quedado al descubierto para él, excepto por las braguitas. Me avergoncé de pensar en la mancha que las oscurecía.

—Cómo me pone que te sonrojes, cielo —susurró mientras bajaba hasta llegar a mi pecho—. Voy a comerme a estas dos y después te voy a arrancar esas bragas tan monas.

Volví a asentir.

Gemí cuando sentí su boca en mis tetas. No tuvo ningún tipo de contemplación, arremetió y devoró, sacándome sonidos inconexos, súplicas.

Cada vez que mordía sentía un estallido por todo el cuerpo.

Mis sentidos reaccionaron a cada una de sus palabras, a cada gruñido que soltaba cuando me retorcía debajo de él. Lo estaba disfrutando tanto como yo.

Necesitaba sentirlo.

Cuando llevé las manos a su pelo, se le tensó el cuerpo entero. Las alejé por puro instinto, pero después de unos segundos en los que su respiración se detuvo las agarró con un gesto de disgusto y las volvió a poner en su cabeza. Quería que lo tocara y yo estaba deseándolo.

Sin decir nada más, continuó con su ataque, derritiéndome, y yo levanté las caderas para rozarme con él. Cuando sentí la enorme erección, puse los ojos en blanco, me dejé llevar y aceleré el ritmo.

Sus manos fueron directas a mi culo, lo apretó y lo movió en la dirección que él quería.

—Estoy deseando enterrarme dentro de ti. Estoy obsesionado contigo, joder —susurró contra mi cuerpo mientras seguía mordiendo, lamiendo.

Su peso desapareció. Había retrocedido hasta el final de la cama.

Deseaba verlo desnudo, tocarle la piel. Sabía que se estaba conteniendo por cómo jadeaba, por cómo me miraba.

Llevó las manos a mis caderas y me rasgó las braguitas.

Sus ojos fueron directos a mi entrepierna.

Vi cómo se relamía, cómo el fuego invadía su mirada.

Parecía el infierno a punto de desatarse y yo estaba abierta de piernas para él. Le daba la bienvenida al diablo.

No preguntó, ni siquiera me advirtió. Se lanzó a por mí y con el primer roce de su lengua mi mundo y todo lo que conocía se fracturó.

Gemí, grité, me aferré al cabecero y le tiré del pelo. Sus gruñidos acompañaron cada uno de mis gritos.

Me tenía rodeada por los muslos, inmovilizada. Notaba cómo se aferraba a mí, cómo mi cuerpo se elevaba de la cama cada vez que él succionaba.

«Dios santo».

Me soltó para introducirme un dedo que agradecí gritando su nombre.

Me susurró contra la piel palabras ininteligibles.

Le tiré del pelo con más fuerza para apretarlo contra mí, rogándole más, y eso hizo.

Introdujo en mi cuerpo dos dedos, gruesos, a la vez que me mordía en esa zona.

Estaba a punto de hacer que me corriera por segunda vez en mi vida.

—Abre los ojos —ordenó con esa voz que me ponía los pelos de punta.

Obedecí.

Ya no había sonrisas. Me contemplaba como si yo fuera… preciosa. Así me hacía sentir.

Adoptó un ritmo más fuerte, contundente, y yo me rompí en mil pedazos. No dejé de mirarlo. No podía. Y supe que él se rompía tanto como yo, pero de distinta manera.

Cuando terminé, me dejé caer en la cama, exhausta. El corazón me iba a mil. Cerré los ojos solo dos segundos hasta que noté la leve caria en la mejilla.

—Tengo que marcharme —susurró.

—¿Ahora? —pregunté descolocada. No podía ser cierto, acabábamos…

Asintió sin dejar de mirarme las mejillas. Luego paseó la vista por mi cuerpo con una expresión atormentada.

—Ojalá no tuviera que hacerlo —aseguró convencido.

—No vayas.

Notaba la duda en sus ojos. Quería quedarse allí, conmigo. Me aferré al brazo que me cubría el vientre.

—Tengo que matar a ese cabrón.

Alexander se marchó, pero antes de salir volvió a mirar en mi dirección. Jamás había visto tanto anhelo ni tanta devoción en nadie, y eso me dio más miedo que saber que era un asesino al que acababa de entregarle mi alma.

Lo de la cocina fue el detonante, pero aquella mañana había sido un punto de no retorno, y ambos lo sabíamos.