15. Mia
MIA
Cuando conseguí bajarme de la encimera y taparme, apenas tuve tiempo de recomponerme antes de que los chicos entraran. Se quedaron ahí parados mientras yo sostenía aún el cuchillo.
Los tres levantaron las manos como si los estuviera amenazando. Los observé extrañada hasta que vi hacia dónde dirigían las miradas.
—Mia, tranquila —comenzó a decir Bastián mientras se acercaba poco a poco—. No sé qué te habrá hecho el cabrón de Alexander, pero eso que tienes en la mano está afilado y podrías cortarte.
Puse los ojos en blanco y apoyé el cuchillo en la encimera.
—Solo estaba cortando verduras. No digas tonterías.
Los tres dejaron escapar el aire al unísono.
—¡Qué susto, coño! —exclamó Lev antes de sentarse.
—Pero si mide metro y medio…
Miré a Bastián antes de volver a coger el cuchillo y alzarlo en su dirección.
—No te gustaría terminar esa frase —amenacé.
—¡Por fin! —gritó con alegría y se dio una palmada en la pierna antes de sentarse frente a Lev—. Alexander y yo creíamos que habías salido defectuosa. Una principessa de la mafia italiana que no amenaza ni nada —explicó a sus amigos—. Resulta que solo tiene que soltarse un poquito.
—Al parecer es normal —aclaró Kyle sonriéndome. Ese hombre hablaba poco, pero cada vez que lo hacía subía el pan.
Entrecerré los ojos y seguí cortando verduras.
Cuando Alexander volvió a entrar, casi me rebano un dedo, y cuando todos vieron el corte de su cuello y comenzaron a atar cabos, quería que la tierra me tragara.
Fue el almuerzo más incómodo de mi vida. Pensaba que Alexander no bajaría a comer.
—Dime, Alexander, ¿qué te ha pasado? —Bastián no dejaba de sonreír, de mirarnos a los dos.
—Un pequeño malentendido.
No pude evitar retorcerme en la silla, pero no pensaba prestarle atención, de eso nada.
—¿Y eso? —preguntó Lev con la boca llena.
Lo miré con ojos acusadores y lo señalé con el tenedor. Se inclinó sobre la silla para acercarse más a mí.
—No seas cotilla —susurré.
—Es la primera vez que tenemos un tema jugoso en su contra, déjanos disfrutarlo.
—¿Y bien? ¿Solo un pequeño malentendido? —insistió Bastián antes de guiñarme un ojo.
—Sí —respondí.
—No quería que siguiera besándola, o eso dice, porque es mentira. Bien que me tiraba del pelo para que…
—¡Alexander! —grité.
Me giré en el asiento y lo miré por primera vez desde que había regresado a la cocina.
Estaba cabreado, mucho, y no entendía por qué. La que debía estar enfadada era yo. Él fue quien me había acorralado contra la maldita encimera.
—Así que os habéis estado dando el lote en la cocina después de echarnos de aquí como si fuéramos un estorbo. Sois unos cochinos. Al menos, os habréis lavado las manos después, ¿no? —Iba a partirle la cara a Bastián.
Solté los cubiertos con fuerza.
—Para. No nos hemos dado ningún lote.
—No porque no lo estuvieras deseando.
Volví a mirar a Alexander. Sabía lo que estaba haciendo, me provocaba para que le prestara atención como si fuera un niño pequeño. Pues no le daría el gusto.
—Como sigas así —amenacé levantando el cuchillo en su dirección— acabaré por rebanarte el puto cuello y luego arrastraré tu cuerpo hasta subirlo a esa encimera —señalé—, donde te cortaré en cachitos diminutos para hacer contigo boloñesa de carne picada, capicci?
Alexander se acercó tanto que tuve que echarme hacia atrás.
—Ahora sí que comenzamos a entendernos.
No sabía qué quería decir con eso, porque sonó como una amenaza.
Le brillaban los ojos, sus sonrisas eran discretas, pero ahí estaban.
—Joder, me acabo de cagar encima —susurró Kyle.
—¿De dónde ha sacado ese genio? —le preguntó Lev a Bastián. Ambos me observaban con los ojos abiertos de par en par.
—¡¿Qué?! No habéis parado de pincharme en todo el día, ¿y sabéis qué? No tengo tanta paciencia —sentencié al tiempo que me ponía en pie.
Antes de salir de la cocina, le eché un vistazo a Alexander.
No había perdido el brillo en la mirada y un principio de sonrisa había comenzado a asomarse mientras los demás seguían susurrando entre ellos.
Cuando vi que torcía el cuello de esa manera tan extraña, como si se preparase para perseguirme, apreté el paso.
Entonces el sonido de mi teléfono hizo que me parara en seco en mitad del salón. El número era de Rusia. Escuché unos pasos detrás de mí. Cuando miré sobre el hombro, vi a Alexander.
—¿Quién es? —preguntó con preocupación al ver mi cara.
Gabi no debería de haberse puesto en contacto conmigo, no tan pronto.
—Supongo que será Gabriella —contesté y me alejé un par de pasos de él—. ¿Gabi?
—Hola, Mia. Soy Iván.
Abrí los ojos de golpe y Alexander se posicionó de forma automática a mi lado. Lo ignoré y seguí caminando en dirección a las escaleras, al fondo del salón.
—¿Qué ocurre? —pregunté extrañada. Me sacudí la mano de Alexander, que había ido directo a rodearme el brazo mientras me perseguía. Le hice un gesto con los ojos para que me dejara tranquila.
—¿Que qué ocurre? ¡Tú eres lo que ocurre! —gritó—. Le has dado a tu hermana un sobre con todo lo necesario para escapar del recinto.
Tragué saliva antes de aferrar el móvil con más fuerza.
Subí las escaleras de dos en dos, pero tuve que detenerme al llegar a la planta de arriba porque Alexander se cruzó en mi camino.
Elevó la ceja izquierda, preguntándome en silencio si aquello era cierto.
Contesté con un leve movimiento de hombros.
—No sé de qué me hablas —aseguré.
—Mientes —susurró—. He hablado con Enzo y la única persona que queda eres tú.
—¿Y qué si lo hice?
—¡¿Tienes idea del peligro que corréis?! ¡Ambas, joder! Que estés en casa del Carnicero es la prueba de ello.
—¿Dónde está mi hermana? —Tuve que hacer un quiebro para que Alexander no me quitara el móvil. Me señaló con un dedo acusatorio.
—Tu querida hermana está encerrada en una de mis celdas gracias a ti. ¡Te aseguro que si le hubiera pasado algo te habría arrancado la cabeza con mis propias manos!
Di un respingo cuando la voz de Iván casi me dejó sorda. Al mirar a Alexander, me quedé descolocada. Su mirada prometía la muerte de cientos de hombres, e intuí que se debía al grito de Iván.
—Dile a ese cabrón que si vuelve a levantarte la voz el que le arrancará la cabeza seré yo —amenazó antes de intentar quitarme el móvil una vez más.
—Estate quieto —susurré tapando el altavoz.
Levanté la mano para que parase y le di un golpe en el hombro que lo envaró.
Si Iván se creía que podía hablarme así, estaba muy equivocado.
Si pensaba por un solo instante que dejaría que nos amenazara a mi hermana o a mí…
—. Iván, cállate por un maldito segundo y escúchame —ordené mirando a Alexander—.
Si se te ocurre o se te pasa por la cabeza siquiera ponerle un dedo encima a mi hermana, juro por lo más sagrado que iré a Rusia y te destriparé yo misma con mis cuchillos.
Te aseguro que los tengo afilados —susurré— y que soy capaz de rajarte de arriba abajo como a un cerdo, ¿me oyes?
Pasaré a por ellos antes de hacerte una visita y después te destriparé vivo.
Saca a mi hermana de esa puta celda o yo misma…
Alexander me arrancó el teléfono de la mano, susurró un adiós y colgó. Después lo arrojó al suelo, me cogió del cuello y me besó con un hambre insoportable.
Cuando se alejó y recuperé el aire, me agaché a por el teléfono y me marché de allí.
Subí a mi habitación y no salí en lo que quedaba de día.
¿Era una cobarde? Por supuesto que sí. No estaba preparada para hablar de lo que había ocurrido.
Aún no entendía cómo me había dejado llevar de aquella manera.
Joder, casi le suplico que me folle allí mismo, en la cocina, con su hermano y dos amigos a solo unos metros. Incluso le pedí que no parase…
Y después de la llamada…
Me deshice entre sus brazos.
Me llevé las manos a la cara, intentando ocultarme de todo lo que me rodeaba. Como si así pudiera alejarme de la realidad, aunque solo fuera unos segundos.
Decidí darme un baño. Sí, era una gran idea.
Estaba en la bañera, llevaba allí cerca de una hora y el agua se había enfriado, pero no era capaz de salir sin sentirme avergonzada.
Cuando me desnudé y vi las marcas donde habían estado sus manos, mi cuerpo volvió a estar listo, deseoso de que se repitiera, de que me diera más y más.
Tenía las caricias de un asesino grabadas en el cuerpo, de un hombre que mataba por placer, y yo solo podía pensar en que quería más. «Estás enferma».
Me avergonzaba, me repetía a mí misma que había sido un error. Un error que no debería volver a pasar por nada del mundo.
Cuando salí de la bañera y vi mi cuerpo una vez más, no pude evitar rozar cada una de las marcas, apreté donde lo había hecho él para recrearme.
Apenas conocía a ese hombre, era un imbécil, un dictador, un asesino…
, pero lo que había pasado en la cocina, la forma en la que me había mirado, como si fuera lo más hermoso y lo más erótico que había visto en su vida…
, me había hecho sentir poderosa, inquebrantable.
Un abanico de sensaciones que jamás había experimentado.
Me había sentido segura en todo momento, adorada, incluso cuando me tiraba del pelo o me estrangulaba.
Joder, me había sorprendido tanto como gustado.
No era virgen, pero nadie me había tratado así, con ese salvajismo y esa fuerza.
La humedad me crecía entre las piernas.
«Tú no eres así», me repetía una y otra vez desde que había llegado, pero me sentía más viva que nunca, más libre, más yo.
Y todo eso me daba un miedo que te cagas.
Yo siempre había sido la niña buena, la responsable, callada y respetuosa Mia Bianchi, pero desde la primera vez que me había cruzado con él mi menté cambió.
Mi cerebro ya no me decía que pensara antes de hablar, simplemente me animaba a que lo soltara.
Era incapaz de controlarme. Joder, era incapaz de sumar dos más dos si él se encontraba cerca.
Tenía que evitarlo a toda costa. Él casi nunca estaba por allí, llegaba muy tarde y se iba muy temprano. Usaría a Bastián como carabina, le pediría que me dejara irme a vivir con él. Total, era el mismo edificio.
Sí, eso haría.
Me sentía mejor. Mucho mejor después de haber llegado a esa conclusión.
Me puse ropa cómoda y ancha, tanto como para que me tapara las marcas del cuerpo. No pensaba salir de aquella habitación, pero solo por si acaso.
Iría a la biblioteca, cogería libros para tener un buen arsenal, comida, agua y haría acampada en la habitación.
Alexander
Si pensaba solo por un segundo que podía alejarse de mí, Mia Bianchi estaba muy equivocada.
Se había encerrado en su dormitorio, lo había convertido en un pequeño fuerte.
La había estado observando por las cámaras de vigilancia.
A veces se tiraba en el suelo para leer o escribir, luego se tumbaba en la cama o hacía yoga… Comía mierdas embolsadas.
Aún estaba furioso por la llamada de ese malnacido. Gritarle así a Mia. El día que lo tuviera enfrente le daría una paliza. Le cortaría la lengua. Lo estrangularía.
Al día siguiente bajé a desayunar y llegué tarde a una reunión de trabajo mientras esperaba a que ella apareciese. Bastián no dejaba de reírse de mí.
—¿Te doy un consejo? —preguntó, mirando en la misma dirección que yo—. Dale espacio.
—Le he dado casi medio día.
—Cuando ella quiera, saldrá.
Una polla. Si al día siguiente, cuando volviera de un trabajo especial, no había salido de allí, yo mismo tiraría la puerta abajo y la sacaría de los pelos.
Quería estrangularlo, reventarle la cabeza contra la mesa, pero me contuve.
«Es mi hermano», me recordé a mí mismo, Cuando volvió a estallar en carcajadas, lo agarré del cuello de la camisa y le estampé la cabeza contra el plato del desayuno.
Se rompió en pedazos y le causé un pequeño corte en la sien, nada que no se solucionara con un par de puntos.
—¡Joder, Alex! —Bastián se llevó las manos a la cabeza mientras se retiraba de la cara los restos de mermelada.
Me puse en pie.
—Tengo un encargo. Volveré mañana. Si te veo por aquí, te arranco la cabeza —amenacé antes de dirigirme a las escaleras.
—¡Te estás volviendo más loco de lo que estás, joder! ¡Si sigues así, llamaré a mamá!
Me paré en seco y miré sobre el hombro. Bastián sonreía como un canalla mientras la sangre le corría por la cara.
—Si te chivas, eres hombre muerto.
Escupió la sangre que le salía de la boca e hizo un gesto desinteresado con los hombros.
Subí las escaleras de dos en dos. Si aquella mujer se creía que me alejaría después de ver cómo se corría entre mis brazos, estaba muy equivocada.