14. Alexander #3
Le subí la camiseta de un tirón sin dejar de observar cada una de sus expresiones.
Le introduje la camiseta en la boca para que la mordiera, aunque no tardó en soltarla, y aparté los restos del sujetador.
Sus tetas quedaron levantadas, erguidas.
Me metí uno de los pezones en la boca mientras tocaba el otro, recreándome en el ritmo y en la manera en la que comenzaría a follármela si pudiera.
Después cambié de pezón mientras Mia se restregaba contra mí.
Sus gemidos eran cada vez más frecuentes, más altos, y su cuerpo no dejaba de temblar.
Estaba cerca, muy cerca. Quería meterle la mano entre los pantalones para comprobar lo mojada que estaría, lo cerrado que tendría el coño, pero cuando la miraba la veía deshecha, con esa boca perfecta entreabierta.
Sabía que si lo hacía no sería capaz de parar.
Cuando me la follara, no sería en una encimera, sería en mi cama.
Cuando me la follara, no habría tres personas en la misma casa que pudieran escucharla, porque gritaría tan alto que entonces tendría que matarlos.
Le rodeé el culo y la acerqué aún más a mí para restregarme contra ella, con estocadas certeras. Mia volvió a abrazarse a mi cuello y comenzó a besarme. Yo seguí moviéndome como si me la estuviera follando hasta que noté que su cuerpo se tensaba.
—Vamos —susurré contra su boca—, déjame ver cómo te corres, cielo. He soñado con eso cada maldita hora del día.
Sus mejillas coloradas se pusieron del color del fuego, le brillaban los ojos y cuando vi que dejaba caer la cabeza hacia atrás abandoné su culo para rodearle el cuello y que me mirara.
Arremetí contra su coño de manera desquiciada, haciendo que se moviera sobre la encimera y volviendo a tirar de su cuerpo para que se encontrara con el mío.
Sus tetas se movían con nuestro movimiento y cuando la escuché gemir, abandonarse al orgasmo, me fui con ella.
Aquella mujer era lo más erótico que había visto jamás. Su inocencia al quedar reemplazada por la más pura y absoluta lujuria me había dejado una imagen que jamás podría olvidar.
Mia
Respiraba de manera entrecortada. Intentaba asimilar lo que acababa de suceder mientras Alexander me miraba de una manera que solo podía describir como espeluznante.
Me sentía saciada como nunca antes lo había estado y no había llegado ni a desnudarme por completo.
También me sentía atrapada, acorralada, como si él fuera un depredador y yo su siguiente presa.
Como si esto solo fuera el principio de una larga y peligrosa cacería donde el principal y único objetivo sería yo.
«¿Qué cojones he hecho?», me pregunté. Era un maldito asesino, un sicario, mataba gente.
Sí, mi familia y las personas a las que quería quizá hicieran cosas peores, pero eran eso: familia.
No las había elegido y las quería fuesen o hiciesen lo que fuera.
Pero eso, aquella situación, sí podía elegirlo.
La persona que quería que me follara sobre una encimera o en cualquier otro lugar sí que podía escogerla.
Y, joder, deseaba que esa persona fuera él, pero tenía demasiada sangre en sus manos.
No podía moverme, no podía pensar con esos ojos verdes, parecidos a los de una serpiente a punto de atacar, atentos a cada uno de mis movimientos.
La mano que seguía rodeándome la garganta me apretaba más aún. Me hacía daño, no uno insufrible, pero sí lo suficiente como para que el aire comenzara a faltarme, cosa que solo provocó que me olvidara de a dónde iba mi mente y volviera a centrarme en él.
—No —ordenó.
—¿Qué…?
—No.
—No te entiendo —balbuceé en busca de aire.
—No ha sido un maldito error —susurró acercándose a mi boca, hasta que la mordió con tanta fuerza que se me escapó un grito.
Me besó con desesperación para silenciarme, me tiró del pelo para acercarme aún más a él.
Intenté alejarlo de mí, arañé, mordí. Era como un maldito muro de piedra. Busqué algo que me ayudara. Agarré uno de los cuchillos con los que había estado cortando verduras y lo llevé a su garganta. Apreté hasta notar la resistencia de su piel.
Alexander se tensó, pero no me soltó. Liberó mi labio inferior y sonrió antes de alejarse. El brillo de sus ojos, esa mirada asesina…
—Cielo, esto solo acaba de hacerlo más interesante —susurró.
Esa maldita voz.
—Aléjate de mí.
No sabía de dónde había salido aquella voz, sensual, fuerte y decidida. Los cuchillos siempre habían sido mi arma favorita; con ellos me sentía segura.
Alexander sonrió y no con diversión, sino como un puto psicópata que disfrutaba como nunca antes.
—He dicho que te alejes —repetí, esta vez apretándole más el cuchillo contra la piel hasta que una gota de sangre le cayó por el cuello.
Las voces de los chicos se escuchaban más cerca. Suspiré aliviada.
—Esto solo acaba de empezar —amenazó en un susurro antes de abandonar mi cuerpo y salir de la cocina, dejándome sobre la encimera totalmente deshecha.
Bajé de un salto y me coloqué la camiseta en su sitio segundos antes de que sus hombres entraran.