Obsession (Almas Letales 2) 14. Alexander #2
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14. Alexander #2

Miré a los demás para comprobar que no se la comían con los ojos de la misma manera que yo lo hacía y no, no era el caso, pero hasta ahí llegaba mi paciencia. No lo podía soportar un segundo más.

—¡Fuera! —exclamé antes de ponerme en pie de malas maneras, arrastrando la silla.

—¿Qué? —preguntó mi hermano después de darle un sorbo a su cerveza. Casi me escupe en la cara.

—Fuera. Iros a tomar por culo a la terraza. Cuando la comida esté, os llamo —comenté como pude, sin mirarlos, y me acerqué a la encimera para tapar la erección.

—Pero…

—¡Que salgáis de aquí, coño! —rugí.

Bastián sabía lo que pasaba; solo asintió con una sonrisa enorme. A Lev le faltaba frotarse las manos y a Kyle le estaba costando la vida disimular las ganas que tenía de estallar en carcajadas.

Malditos hijos de puta.

—Vamos. Fuera hace un día maravilloso —indicó mi hermano, que se llevó las cervezas y los cuencos con el picoteo.

—Pero ¿cómo vamos a dejar sola aquí a Mia? —preguntó Lev mientras se ponía en pie y me dedicaba una mirada desafiante para que estallara.

—Alguien que piensa en mí —contestó Mia con un morro que le llegaba a la entrada.

—Yo te ayudo. Vosotros —señalé con el dedo— fuera.

Esos tres canallas sonrieron como si fueran hermanos siameses. Me conocían demasiado bien, eran las únicas personas que formaban mi círculo privado y sabía que después, en las oficinas o cuando no estuviera Mia, se cebarían conmigo de lo lindo.

Me coloqué a su lado. Se le tensó la espalda y el culo le rebotaba cada vez que le daba vueltas a la cuchara con la que removía la mezcla. Dios santo. Deseaba ponerla a cuatro patas…

Tuve que aclararme la garganta antes de hablar.

—Dime con qué te ayudo.

—¿Sabes cocinar? —preguntó sin mirarme.

—No, pero lo intentaré.

—Vete con ellos si quieres.

—No. Te ayudo. —Si me alejaba de ella un solo paso más, acabaría volviéndome loco.

Dejó el bol sobre la mesa, apoyó ambas manos sobre ella y se dio la vuelta para quedar frente a mí. Clavó los ojos en los míos, haciendo un esfuerzo titánico por aguantarme la mirada.

—Me pones nerviosa, Alexander. Sería mejor… —se interrumpió cuando sus ojos descendieron a esa parte de mi cuerpo que estaba cerca de reventarme el pantalón.

No me avergonzaba en absoluto. Es más, crucé los brazos sobre el pecho, esperando a que terminarse de mirar. Sus mejillas sonrojadas solo hicieron que me pusiera aún más cachondo.

A la mierda con todo.

—Te voy a explicar lo que va a pasar, Mia. Voy a besarte.

—¿Cómo?

—Lo que has oído.

—No.

—Oh, sí. Voy a hacerlo.

Negó con la cabeza repetidamente.

—Dios, es la mejor idea que he tenido en la vida —indiqué dando un solo paso en su dirección.

—Atrás.

—Estoy deseando ver esas mejillas sonrojadas cuando tengas mi polla dentro de la boca —susurré como pude.

Mia abrió los ojos de par en par. Exclamó un pequeño jadeo que hizo que todo mi cuerpo temblara. Me acerqué a ella, poco a poco, hasta situarme a solo unos centímetros de su boca.

—Dime lo que sea, cielo, porque si no pensaré que me estás dando permiso para hacerlo. —Rocé sus labios con los míos, desesperado por sentirla—. Y no soy muy dado a pedirlo.

—Yo… —comenzó a decir mientras sus ojos iban de los míos a mi boca, así una y otra vez.

—¿Tú?

—Yo no…

—Tú no, ¿qué? —pregunté antes de rodearle la cintura y apretarla contra mi cuerpo.

Esto no era lo que tenía planeado… Bueno, sí.

Otro jadeo se le escapó cuando notó mi polla contra su vientre—.

¿Tú no te meterías mi polla en la boca? ¿No serías capaz de correrte mientras me haces una mamada?

—Casi se le salen los ojos de las cuencas—. Joder, yo creo que sí.

Pasé el pulgar por sus labios una vez más, los abrí para mí, y cuando gimió de esa manera tan dulce como solo ella sabía, me lancé a por ellos.

No pude contenerme más. Noté cómo el aire abandonaba su cuerpo cuando mi lengua entró en su boca.

Su sabor era delicioso, como una droga que solo hacía que quisiera más. La besé descontrolado, me hice dueño de todo lo que pude, exploré cada rincón mientras bajaba las manos por su cuello.

Le lamí el paladar y cuando su lengua comenzó a moverse junto con la mía noté el cambio en ella, la decisión que tomó.

Bajé una mano a su cintura para acercarla aún más.

Me rodeó el cuello con las manos y ladeó la cabeza para concederme mejor acceso.

Eso y el tirón de pelo que me dio fueron la señal que necesitaba para rodear la garganta y guiarla a mi antojo, para apretarle el culo y levantarla para restregarla contra mi polla.

Mia se separó unos centímetros para jadear y tomar aire. Sus ojos buscaron los míos. Vi la duda, el hambre y la lujuria. No dejaría que pensara que aquello era un error sin ni siquiera haber empezado de verdad. Esto solo sería un pequeño aperitivo.

Le lamí el cuello y le mordí la mandíbula, desesperado.

Aún la tenía apretada contra mi polla, que no paraba de palpitar buscando la liberación.

Si no fuera porque esos imbéciles estaban en la casa, ya me la habría sacado del pantalón solo para ver cómo se avergonzaba.

Joder, adoraba cuando sus mejillas tomaban ese color rojizo tan delicioso.

Le di otro estrujón, invitándola a reaccionar, a que tomara el control y, diablos, eso hizo.

Me rodeó la cintura con las piernas y se contoneó para quedar justo en el sitio exacto donde se unirían nuestros cuerpos.

No me lo esperaba. Gruñí cuando la sentí colocarse sobre mi polla.

Tenía la boca entreabierta, los labios hinchados.

Respiraba de manera entrecortada y me miraba, me rogaba que sobrellevara la situación.

Le rodeé el cuello con más fuerza hasta que no pude más y volví a besarla.

Esta vez fue ella la que me devoró a mí; mordió y tiró de mi labio inferior de manera provocativa.

Bajé la mano que tenía rodeándole el cuello lentamente hasta llegar a sus pechos, amasé uno de ellos con fuerza, provocando que se removiera, buscando más.

Seguí bajando y colé la mano por su camiseta.

Rompí el sujetador que me separaba del cielo con un tirón.

Mia gimió al sentir el contacto de mi mano sobre su piel y aproveché para tocarle las tetas.

Perfectas, como toda ella. Comencé a pellizcarle los pezones. Uno a uno, con fuerza.

Dejó de besarme e inclinó la cabeza hacia atrás con un gemido silencioso.

Preciosa. Una maldita preciosidad.

Me aproximé a la encimera y la dejé sobre ella. Irguió la cabeza como un resorte.

—No pares —susurró con una voz que no había escuchado hasta ahora.

Sonreí. Sabía lo que necesitaba y yo estaba desesperado por dárselo.

—Ni aunque la muerte venga a por mí, cielo.