Obsession (Almas Letales 2) 14. Alexander
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14. Alexander

ALEXANDER

Casi la estrangulo con mis propias manos.

Me la comía con los ojos cada noche, cada maldito segundo del día que podía, como para ser amigos.

Los amigos no te follan con la mente en veinte mil posturas y lugares diferentes mientras te tapan la boca para sofocar los gritos.

No es que yo tuviera muchos, pero ese concepto me quedaba claro.

En la boutique casi estallé, no solo por ver ese maldito culo enfundado en vaqueros y diferentes faldas y vestidos, sino por culpa del gilipollas que la atendió.

Lo primero que le dije al llegar fue que nada de pijamas, solo lencería, ropa y tacones.

Y lo segundo que los ojos, arriba. Lo vi mirarla de la misma manera que lo hacía yo, con esa maldita necesidad, una de la que Mia no se dio ni cuenta.

Después de que lo llamara para que la ayudara con la cremallera, me contuve y conté hasta diez, hasta que no pude más y lo agarré del cuello para sacarlo de allí dentro. Me lo llevé al almacén.

Le di una paliza que recordaría el resto de su vida. Se lo había advertido antes y no me hizo caso.

Kyle sabía lo que estaba pasando cuando se marcharon al coche, gracias a él escuché por el intercomunicador que Mia preguntaba por mí y paré.

Si no, habría sido capaz de matarlo. Si en ese momento hubiera sido el Carnicero y no Alexander Kane, no hubiera dudado, pero tenía una maldita imagen, un puto negocio y muchos enemigos de los que deshacerme como para acabar con mi fachada de hombre respetable.

Luego, en el coche, una puta vez más, tuve que controlarme para no arrojarme sobre ella de una vez y follármela allí mismo o meterle la polla en esa preciosa boca abierta y castigarla por dejar que otro hombre la tocara.

Mi obsesión por ella solo crecía y crecía cada día. Cada puta noche que la veía. Cada segundo que pasaba con ella era una tortura, una sensación extraña y desconocida a la vez.

Esa mujer no se daba cuenta de la de bocas abiertas y miradas lascivas que dejaba a su paso. Pero para eso estaba yo, para cerrarlas, joder. Los mataría a todos.

La compra en el supermercado se me hizo eterna.

Al principio disfrutaba de verla feliz con unas hierbas verdes. Era tan sencilla que con ese simple detalle todo su cuerpo se relajó. Su expresión preocupada y enfurruñada pasó a una de ojos soñadores y brillantes, y eso era… bonito.

Joder, era la cosa más bonita que jamás hubiera visto.

Cuando la vi sonreír de verdad por primera vez… Ahí fue cuando el mundo podría haberse detenido y las ciudades haber estallado por los aires. Podrían haberse secado los mares y haber caído todas las estrellas del cielo que yo, Alexander Kane, no habría dejado de mirarla ni por un solo segundo.

Eso era lo más extraño, diferente y sincero que me había pasado en la vida. Era una puta preciosidad.

No había conocido a nadie tan transparente como ella.

Vivir rodeado de monstruos y de asesinos es lo que tiene, que cuando ves un alma tan pura y llena de luz te asusta tanto que deseas volver a esa maldita oscuridad en la que vives cada día.

Pero ella no me dejaba. Me buscaba con la mirada de modo inconsciente, me preguntaba cómo había ido mi día anterior en cada desayuno, me hablaba de temas desinteresados sin darse cuenta.

Le salía solo, aunque luego acabara mandándome a la mierda y huyendo a su dormitorio.

Otros días no abría la boca, solo me prometía una muerte lenta y dolorosa con la mirada, como las erecciones que me provocaba a diario. Esos eran mis favoritos.

—¿Y bien? —preguntó.

Íbamos acompañados de Kyle y Lev de vuelta al coche, que habían venido para ayudarnos con las veinte bolsas llenas de comida.

—¿Piensas alimentar al barrio entero? —solté, ignorando la pregunta que acababa de hacerme. Había estado tan en la inopia que no sabía ya de qué estábamos hablando.

—No —sonrió—, solo a vosotros. Les he prometido a los chicos que les haría un plato especial.

—¿Qué chicos? —pregunté, parándome en seco.

—A nosotros —contestó Lev. Me chocó el hombro al pasar por mi lado con una sonrisa que no me gustaba nada de nada.

—¿Y quién cojones ha invitado a estos dos idiotas a cenar?

—Yo. —Mia frenó para esperar a que llegara a su lado—.

No seas malo, tienen hambre —susurró cuando me puse a su altura.

Su aroma a cítricos mezclado con aquella dulce voz, una que solo debería escuchar de cerca, mucho más de lo decentemente establecido, hizo que me preguntara si sería tan catastrófico follarme a la cuñada del ruso.

Ya me lo había preguntado decenas de veces desde que la vi aquella primera noche, pero desde esa mañana habían sido cientos.

Y me lo había preguntado de verdad. Afrontaría todas las consecuencias que pudiera traerme—.

Además, me han dicho que su turno terminó hace media hora, así que no deben hacer caso a lo que tú digas.

—Es mi casa —sentencié.

Su expresión cambió y no a una enfadada como me esperaba, sino que el labio inferior comenzó a sobresalir por encima del superior. Tenía la expresión de una niña pequeña a punto de llorar. Sus ojos, esos ojos que me volvían loco, me miraban como si yo tuviera el mundo en mis manos.

—Porfi. Tengo muchas ganas de cocinar un plato rico y sano y tus amigos son simpáticos.

Ese tono de voz suplicante… Joder.

—No son mis amigos.

Puso los ojos en blanco, gesto que solo hizo que me dieran ganas de darle un par de palos en el culo por jugar conmigo. Estaba haciéndome pucheros. Otra vez.

— Per favore , Alexander. —Mierda. Era la primera vez que me hablaba en italiano y yo solo podía pensar en que me había encantado ese acento—. Me cansa estar encerrada en esa casa contigo y con Bastián. Necesito hablar con más gente.

—No necesitas más gente.

Entrecerré los ojos. No me hacía ninguna gracia que su deseo fuera estar con otras personas y no conmigo, ni siquiera con Bastián. Estaba abriendo la boca para decirle que no cuando volvió a interrumpirme.

—Bastián me dijo que tu comida favorita es el entrecot con salsa de setas. He comprado todos los ingredientes.

Siguió mirándome con aquellos ojos del color de la miel, suplicantes y anhelantes. Y, joder, no podía decirle que no, y menos si había pensado en mí como para hacerme mi comida favorita.

—Quiero un favor a cambio —pedí.

—¡Vale! —aceptó sin pararse a preguntar el qué.

Niña estúpida e inocente.

—¿No piensas preguntarme qué será?

Entrecerró los ojos.

—¿Tiene que ver con matar a alguien?

—No.

—¿Será peligroso?

—No.

—¿Tendré que hacer cosas malas? —Mia tragó saliva. Negué con la cabeza, sonriendo—. Entonces me parece bien.

—Cielo, así no se hace. Tienes que aprender a negociar o la vida te comerá. No aceptes nunca un trato sin saber los detalles.

—¿Quieres contarme los detalles? ¿Ahora?

Negué lentamente. Si le dijera todo lo que quería pedirle…, o más bien hacerle…

Sus mejillas comenzaron a colorearse y yo recé para que dijera que sí.

—¿Cuándo será?

—Cuando te lo pida.

Asintió despacio. Tenía dudas, lo notaba en la manera de retorcerse las manos. Veía cómo me miraba y me estaba cansando de esperar. Llevaba diez días viviendo en mi casa y el juego tenía que comenzar.

Cuando tomó la decisión, lo supe.

—De acuerdo —contestó con una sonrisa deslumbrante.

Sonreí. Dios, ya ves si lo hice.

—Ahora podemos ir a donde quieras, cielo.

—¡Eres el mejor!

Mia dio un saltito antes de abalanzarse sobre mí. Le rodeé la cintura por inercia mientras ella hacia lo mismo con mi cuello, donde sentí que depositaba un leve beso.

Ese gesto me dejó sin aire y ni siquiera sabía que la había rodeado aún con más fuerza para acercarla tanto como me fuera posible.

Mierda. Aflojó los brazos para que la soltara y noté las miradas de los otros dos puestas sobre nosotros.

Era la primera vez que la tenía tan cerca, la primera vez que sentía su cuerpo sobre el mío, y aquello era un error monumental.

Notar su cintura, su pecho, su olor era como darle dos gotas de agua a un hombre sediento en el desierto.

Quería más, mucho más.

La solté poco a poco, recreándome mientras la bajaba al suelo. Seguía tan cerca, con aquellos ojos buscando los míos y con las mejillas sonrosadas. Preciosa, joder.

Ninguna mujer me lo había llegado a parecer. Había conocido muchas, demasiadas, y todas me parecían más de lo mismo. Interesadas en mi dinero o en mi polla para llegar a mi dinero. Mia, sin embargo, no me miraba como ellas, tampoco lo hacía con miedo, al menos ya no, y eso me gustaba aún más.

—¿Vamos? —susurró. De nuevo esa maldita voz que solo quería escuchar sobre mi boca o sobre mi polla, ya inquieta.

—Vamos —contesté; la agarré de la mano para que no desapareciera y la arrastré al interior del coche.

No la solté en todo el camino.

Ver a Mia utilizar los cuchillos era como un orgasmo para mí.

Me gustaban los cuchillos, tanto que tenía cientos.

Eran mi arma favorita, la que siempre usaba.

Y Mia sabía cómo manejarlos. Eso me ponía muy muy cachondo.

Era consciente de que no debería mirarla tan fijamente como lo estaba haciendo, pero su maestría, su velocidad…

A veces cortaba sin mirar mientras hablaba con alguno de los demás, sonriendo, con ese maldito brillo en los ojos que me incitaba a encerrarla en esta casa para siempre.

Cuando llegamos, había estado atento a todo lo que decían y preguntaban, pero en ese momento solo podía contemplarla a ella.

Me resultaba erótico. Verla cocinar era una de las cosas más eróticas que había visto, y estaba cerca de echarlos a todos de la cocina.

Cada vez que se llevaba un dedo a la boca para probar lo que fuera que estuviera preparando tenía que apretar los dientes para no gemir al pensar que podría ser mi polla, o cuando chupaba la cuchara, o cuando hacía ruiditos porque estaba delicioso.