13. Mia
MIA
Alexander me miraba desde el asiento de la boutique.
Por fin habíamos salido de aquella casa que cada día me robaba más el aire, aunque toda mi alegría se esfumó cuando supe que sería él con quien lo haría.
Ese era el trato, me recordó. Y no solo eso, también nos acompañaban dos hombres de su equipo de seguridad.
No entendía a qué venía tanta protección.
Cuando le pregunté, me dijo que no podía estar pendiente de todo, pero al parecer de mí sí.
No me quitaba el ojo de encima mientras uno de sus hombres, Kyle, flanqueaba la puerta de la entrada del establecimiento.
Eran simpáticos, es más, incluso me hicieron el viaje bastante ameno.
Kyle era más o menos de mi edad, de ojos marrones y piel del color del café.
Llevaba el pelo recogido en unas trenzas que le daban un toque muy sexy junto con la barba recortada, y no solo eso: tenía una sonrisa preciosa.
Al otro chico lo llamaban Lev. Tenía los ojos azules y hacían contraste con su pelo oscuro.
Me cayeron bien al instante. Su presencia era bastante intimidante, pero a eso también estaba acostumbrada.
Ser la hija de Leonardo y la hermana del Don me había conducido a situaciones donde había estado rodeada de hombres aterradores, y estos chicos no lo eran tanto una vez que cruzabas palabra con ellos.
Estaba esperando a que el dependiente me trajera más cosas.
Las primeras prendas que me había probado no iban ni con mi estilo ni con mi situación.
¿Tan difícil era encontrar unos vaqueros?
Descarté los vestidos lujosos nada más verlos.
¿Para qué los quería, para estar encerrada?
Además, tenía que pasar desapercibida. Encima estábamos en el mes de octubre y hacía frío.
No tenía nada de ropa de abrigo; ni medias ni zapatos, nada.
—¡Ya estoy aquí! —gritó el dependiente desde algún lugar.
Casi no se le veía. Empujaba un burro lleno de ropa, además de lo que sujetaba con los brazos—.
Te traigo de todo. —Miró en dirección al hombre trajeado que vivía conmigo y que no había parado de gruñir desde que habíamos salido de casa.
El pobre tragó saliva antes de volver a fijarse en mí y darle la espalda con precaución.
Cuando Alexander se dio cuenta de que nada de lo anterior me había gustado, casi le arranca la cabeza—.
Siento que lo de antes no haya sido de tu agrado, pero creo que todo esto será perfecto.
—Seguro que sí, gracias —contesté con una sonrisa amable.
Volví a escuchar otro gruñido detrás de nosotros. Puse los ojos en blanco.
—¿Tu nombre? —pregunté para intentar ocultar las ganas que tenía de matar a Alexander con mis propias manos. Era un maleducado.
—Josep.
—Genial, pues vamos, Jos. ¿Te importa si te llamo así?
El chico negó con la cabeza. No pudo evitar mirar en dirección a Alexander. Yo sonreía sin parar para tranquilizarlo.
Le arrebaté toda la ropa que llevaba entre las manos y entré en el probador. Alexander lo seguía asesinando con la mirada. Normal que el pobre estuviera tan nervioso. Negué con la cabeza y cerré la cortina. Comencé a probarme la ropa y fui haciendo dos montones: lo que sí y lo que no.
No sabía cuánto tiempo había pasado allí dentro, pero cuando asomé la cabeza Alexander tenía el pelo revuelto. A lo lejos Kyle había acabado recostado en la pared con los brazos cruzados y Josep ya no sonreía tanto; es más, estaba sudando.
—¿Podrías, por favor…? —comencé.
—Ahora mismo —contestó, apresurado, antes de entrar al probador.
No pensaba llevarme vestidos, pero ese… ese sí. Sí, señor, no dejaría pasar aquella oportunidad. Jos me subió la cremallera y me di la vuelta para verme mejor.
—Le queda preci…
Jos se esfumó a media frase, me pareció ver que la mano de Alexander le rodeaba el cuello. Puse los ojos en blanco antes de admirar mi reflejo. Me gustaba ese vestido.
—¿Dónde está Alexander? —le pregunté a Kyle cuando nos dirigíamos a pagar.
Al salir del vestidor, no había nadie en la pequeña tienda.
—Debe de estar a punto de llegar —suspiró; luego miró hacia unas puertas del fondo que suponía que conducirían al almacén.
Cuando llegué al mostrador, la señora que nos había dado la bienvenida me indicó que todo estaba pagado y que había sido un placer conocerme.
Se notaba que estaba incómoda. Nos tendió todas las bolsas con rapidez, como si quisiera que desapareciéramos lo más deprisa posible.
Kyle las cogió todas y comenzó a andar hacia la salida.
Miré una vez más sobre el hombro, pero ni rastro de Alexander.
—Esperaremos en el coche —informó mientras me abría la puerta.
Cuando terminé de abrocharme el cinturón, la puerta de al lado se abrió y Alexander se sentó. Ni siquiera miró en mi dirección.
—Arranca —ordenó antes de pasarse la mano por el pelo.
Miré al frente, cansada de su mala hostia. No es que hubiera dicho nada, al contrario, no hablaba una mierda. Solo gruñía.
Abrí la aplicación de Maps. Había visto un supermercado ecológico donde además tenían productos frescos como carne y pescado.
Llevaba tiempo queriendo crear nuevas recetas, o al menos cocinar con productos de primera calidad.
Si por Bastián y Alexander fuera, se alimentarían a base de sopas y carne a secas.
Nada de fruta ni de verdura, y lo más doloroso de todo: nada de pasta.
—Detente en la calle Heisenberg, por favor —le pedí a Lev. Me incorporé en el asiento.
—No —contestó Alexander en su lugar.
Inspiré con fuerza y aguanté el aire unos segundos antes de soltarlo de golpe. «Paciencia, Mia, paciencia».
Ahora sí que clavé la vista en él y el cabreo que destilaba su mirada era inmensurable.
—¿Por qué?
—Hemos estado más de tres horas esperando a que terminaras de comprar. Tengo trabajo —contestó tirándose del cuello de la camisa. Se le veía muy agobiado.
—Me prometiste que podría ir a comprar alimentos para mis recetas.
—No me mires así —amenazó en un susurro.
—¿Así como?
—Como siempre que quieres algo.
—Funciona, ¿a que sí? Me lo enseñó Gabi. Puedes irte, me quedo con ellos —indiqué con un movimiento de cabeza.
—No. Te quedas conmigo —susurró y se acercó tanto a mi cara que tuve que echarme un poco hacia atrás.
—Pero ¿qué más te da?
—He dicho que tú te quedas conmigo, Mia —susurró—. Y la próxima vez que te encierres con un desconocido en cualquier otro lado echaré la puta puerta abajo y te sacaré a rastras, estés como cojones estés. ¿Lo has entendido?
¿Por eso estaba cabreado? Más de lo normal, quiero decir. Casi podía escuchar sus dientes rechinar desde donde estaba sentada.
—Solo han sido dos segundos —expliqué—. Necesitaba que alguien me subiera la cremallera.
Alexander me resopló en la cara. Al parecer ese dato solo hizo que se cabreara más.
—Tus cremalleras solo las toco yo, ¿estamos? —espetó en tono seco—. Tanto para subirlas como para bajarlas. Todo lo que tenga que ver contigo o con tu cuerpo. Yo. Nadie más —gruñó acercándose de nuevo a mí.
Solo asentí. No podía pensar. En ese momento, no. Ese tono de voz y esa mirada fija en mi boca provocaban que el cerebro dejara de funcionarme. Eso y que apretara los muslos, lugar que observó con ojos asesinos.
Recordé lo que me había dicho el día anterior, lo de que le encantaba mirarme.
Ahora mismo, Alexander Kane daba un miedo que te cagas. Y a mí eso me ponía… ¿cachonda? Joder, tenía un serio problema.
Yo hiperventilaba y él intentaba respirar con normalidad.
Tenía las manos cerradas, tan fuerte que se le pusieron blancos los nudillos, como si se contuviera para no tocarme o matarme.
No sé por qué mi mente enferma me susurró «O estrangularte», lo que provocó que lo imaginara sobre mí, con ese cuerpo enorme, rodeándome la garganta mientras me susurraba con esa voz, en su cama.
Tragué saliva y me pasé la lengua por los labios, gesto que observó sin ningún descaro.
—Entonces, ¿paramos o no? —preguntó Lev cansado.
—Paramos —susurré sin dejar de mirarlo.
—Mia… —comenzó a decir Alexander.
Era la segunda vez que pronunciaba mi nombre desde que había llegado y la forma de hacerlo, amenazante, con ese tono posesivo, solo hizo que me pusiera más cachonda aún. Tuve que morderme los labios para no gemir allí mismo. «Pero ¿qué te pasa?».
Me llevé la mano a la boca de manera inconsciente y le aguanté la mirada con todo el aplomo que pude. Esos ojos asesinos ahora eran la imagen de la más pura y absoluta lujuria, y a mí me estaban volviendo loca.
Aparté la vista y en ese momento me di cuenta de que Lev y Kyle nos observaban y que Alexander estaba más cerca de lo estrictamente necesario. Me dejé caer en el asiento, con los ojos al frente, consciente de cada maldito segundo en que Alexander seguía en la misma posición.
—Paramos —informó, de vuelta a su sitio.
No pude evitar sonreír de manera disimulada. Lo había conseguido.
Un punto para Mia Bianchi.
Adoraba el aroma de la albahaca y la menta frescas. Alexander llevaba el carro mientras yo me detenía para olerlo y tocarlo todo. Sinceramente, creía y esperaba que él se quedaría en el coche, que serían Kyle o Lev quienes vendrían conmigo, pero me equivoqué.
No podía evitar mirarlo por el rabillo del ojo. Nos observaba a todos, a mí y a quien pasase demasiado cerca, con una mirada asesina. Entre eso y que llevaba el carro como si fuera una bomba a punto de estallar, tenía que morderme los labios para no reírme.
Cogí cuatro botellas de vino blanco. Como siguiera así, acabaría con las reservas de Alexander en menos de un mes. No es que tuviera problemas con la bebida, es más, no solía beber mucho, pero desde que estaba en casa del asesino de miradas me apetecía tomarme una copa por la noche.
Las dejé en el carrito bajo el atento escrutinio de Alexander.
—No estás muy acostumbrado a esto, ¿no? —pregunté antes de acercarme al expositor de las especias.
—No.
—Deberías irte, te he dicho que tardaría.
Solo me hizo un gesto con la cabeza para que continuara.
—Estoy deseando cocinar —comenté, sonriendo de verdad por primera vez desde que había llegado. Echaba de menos ir yo a por mis propios ingredientes.
—Para esto y para otras cosas le pago a Cecille. Ella podría traerte todo lo que necesites.
—No es lo mismo. ¿Puedes dejar de asesinar a la gente con la mirada? —pregunté después de ver cómo volvía a fulminar a otra persona que pasaba por nuestro lado.
—No.
—Pues deberías, es de mala educación. Creo que ya habíamos hablado sobre eso.
—De mala educación es que te coman con los ojos cuando vas conmigo.
Abrí los ojos desmesuradamente.
—Mirar es gratis —expliqué antes de echar en el carro cinco paquetes de harina. Necesitaba huevos.
—Para mí también.
Agarré el carro y lo empujé hacia la caja después de coger dos paquetes grandes de huevos mientras Alexander me perseguía.
—Sí, en eso tienes razón, para ti también, pero tus motivos no son los adecuados.
—Estás conmigo, ese es un motivo adecuado.
—Sí, pero podrías ser mi hermano, mi primo o un amigo.
—No soy ni seré nada de eso —contestó; me miró de arriba abajo y se paró en seco.
—Nada de amigos, ¿eh? —Negó con la cabeza mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. Pero somos algo así como compañeros de piso.
—No somos tal cosa.
—¿Y qué somos?
Alexander torció la cabeza de esa manera extraña que provocaba que se me pusieran los pelos de punta.
—Esa no es la cuestión, Mia.
Arrugué el entrecejo, preparada para hacerle otra pregunta, cuando la dependienta nos indicó que podíamos pasar por caja.