12. Mia
MIA
Busqué entre la ropa con más ahínco. Cuatro días atrás me había llegado el pedido, pero casi todo había desaparecido. No lo entendía. Bufé, frustrada y cabreada.
Le pregunté a Cecille si sabía dónde estaba.
Yo misma hacía mi propia colada, era imposible que dos pijamas, tres pantalones y dos sudaderas hubieran desaparecido de un día para otro.
La noche anterior había usado uno de esos pantalones, me los había quitado para dormir y al despertarme, ¡puf! , ni rastro de ellos.
Miré el armario. Estaba vacío excepto por la ropa interior, dos leggings, dos camisetas largas y la camisa que le robé a Alexander.
«¿Y si había sido él? —pensé, pero luego me recordé a mí misma que eso era imposible—.
Colarse en mi habitación mientas duermo para…
¿qué? ¿Robarme ropa?». Estallé en carcajadas.
Seguro que era una broma de mal gusto de Bastián, eso me cuadraba más.
Aunque no paraban de pasar cosas raras.
De un día para otro, habían surtido la biblioteca de libros nuevos.
Ni siquiera había visto a nadie traer ningún paquete.
También aparecieron mantas mullidas y supersuaves, que descansaban en cada sillón de la estancia.
Incluso había una alfombra nueva frente a la chimenea.
¿Me había vuelto loca? En realidad no sabía decir si ya estaba allí antes.
También había nuevos utensilios de cocina.
Eso o yo acababa de descubrirlos, pero eran de la misma marca que usaba en el restaurante.
Decidí que no quería saberlo.
Bajé a darme una ducha, después de hacer un poco de deporte, con los leggings y la camiseta que me quedaban.
Nada más entrar en la cocina, y como cada mañana, ahí estaba Alexander Kane con la mirada fija en mí, luciendo otro traje que quitaba el hipo.
Me repasó de arriba abajo y torció el gesto.
Si no le gustaba lo que veía, era su problema.
Me prometió llevarme a comprar ropa y no había cumplido su palabra.
No sabía cómo una persona podía sacarme tanto de mis casillas. Solía ignorar las malas actitudes, no respondía, pero con él era imposible. Hacía un par de días que había cruzado la delgada línea que separaba la educación de la insensatez, así que ya me daba igual todo.
A tomar por culo la educación.
Los primeros días me daba un miedo aterrador, sin olvidar que desde entonces removía algo en mi interior que aún no identificaba bien. Bueno, sí que lo hacía, pero quería ignorarlo, enterrarlo bajo tierra a mucha profundidad. No obstante, en aquel momento, además de todo eso, él me cabreaba.
Lo observé fijamente, deseando que Bastián llegara para concluir nuestra guerra de miradas matutinas, que solo conseguía enfadarme más y más, y a él, divertirlo. Aquello tenía que acabar. Llevaba diez días en esa casa. Cuando llevase meses, si me ponía en lo peor, estaría desquiciada.
Dios sabía que había puesto de mi parte, había intentado ser amable con él, pero solo hablaba el idioma de los gruñidos o me decía cosas pervertidas.
Pinché un trozo de tortilla y terminé con las tonterías de niños pequeños. Cecille se acercó para darme un beso en la frente, como cada mañana.
—Está delicioso —comenté antes de darle un sorbo al café. Sabía que Alexander no me quitaba ojo, lo notaba. Joder, hasta lo sentía, pero lo ignoraría.
—Gracias, Mia, eres un encanto.
Sonreí con timidez. «¿Dónde está Bastián?
». Volví a centrarme en la comida. Alexander no se movía, no hacía nada excepto mirarme y ya estaba harta.
Cinco días consecutivos con el mismo juego ya me crispaban los nervios.
«Sé paciente», me recordaba a mí misma. Era mi mejor cualidad, pero no podía. No con él.
—¿Puedes dejar de mirarme como un maldito pervertido? —pregunté con voz tensa y evitando mirarlo. Estaba enfadada, quería mi maldita ropa y salir a la calle a que me diera el aire. ¡No pedía tanto, coño!
Escuché a Cecille soltar el aire de golpe. Seguro que si miraba en su dirección descubriría que se había llevado una mano a la boca.
Alexander seguía sin moverse, sin reaccionar.
Lo miré a los ojos, que refulgían con un brillo parecido a la diversión. Estaba harta de ser su maldito juguete.
—¿Y bien? —pregunté.
—Vuelve a preguntármelo mirándome a la cara —dijo con voz ronca, una que pocas veces había escuchado desde que llegué y que conseguía que todo mi cuerpo, y no solo eso, sino mi cerebro también, cortocircuitara.
Cogí aire con disimulo intentando calmar el temblor que me recorría. Esa voz.
—Pu… —comencé tartamudeando. «Mierda, Mia. Recomponte»—. ¿Puedes dejar de mirarme fijamente? Me pones nerviosa.
—Dilo bien —susurró. Se incorporó un poco sobre la mesa para acercarse más a mí.
Estrujé los cubiertos entre los dedos. «Eres una Bianchi», me recordé.
—¿Puedes dejar de mirarme de una puta vez como un maldito pervertido o tengo que sacarte los ojos con el tenedor para que dejes de hacerlo? —pregunté con voz firme y una sonrisa resplandeciente.
—Ah… Ahí está esa parte de ti —susurró, casi ronroneó.
Una de las comisuras de su boca se elevó, solo por unos segundos. Había conseguido que Alexander sonriera. Eso era… insólito. Me quedé paralizada.
—Hazlo —contestó, de vuelta a su anterior posición.
Se removió en la silla y una de sus manos desapareció bajo la mesa. Unas manos fuertes, con unos antebrazos llenos de venas… «No, Mia. NO».
—¿El qué?
—Sacarme los ojos con el tenedor. —Volvió a subir las manos y las cruzó sobre la mesa.
—¿Por qué querrías que hiciera eso? Deja de comportarte así, es de mala educación.
—Nunca recibí una buena.
Me eché hacia atrás en la silla y le presté toda mi atención. Jamás me había dado ningún detalle de su vida ni cruzado más de dos palabras conmigo.
—Mirar fijamente a alguien lo es —indiqué con un mohín.
—No tenía ni idea.
—De nada.
—Seguiré haciéndolo.
—¿Perdona? —pregunté, asombrada.
—Voy a seguir mirándote como un maldito pervertido. Es mi casa, estás sentada a mi mesa y me gusta mirarte. Me encanta, de hecho. A todas horas.
La vergüenza me trepó por las mejillas como el calor me subía por el cuerpo. No me podía creer que quisiera hablar de un tema como aquel. Joder. Acababa de confesarme que le encantaba mirarme. ¿En serio había dicho eso?
Me quedé con la boca abierta.
—No me gusta.
—A mí sí.
—No soy un cuadro de museo.
Otra sonrisa, esta vez más grande. No sabía qué le pasaba. Estaba raro, diferente.
—No, eres mucho mejor que eso —susurró, de nuevo con esa maldita voz.
¿Estaba…? Joder, ¿estaba ligando conmigo? Dios, ni siquiera lo sabía. No entendía bien el sarcasmo.
—Vale, llegados a este punto… —comencé a decir, pero sus ojos se fueron directos a mi boca y me quedé muda.
—Continúa —ordenó.
Tragué saliva. Aquello no estaba saliendo como debería.
Yo iba a desayunar, a decirle a Bastián un par de cosas sobre sus bromas de mal gusto y, cuando terminase, subiría a buscar un libro nuevo a la biblioteca.
Aguantaría las miradas de Alexander hasta que se fuera a trabajar y no lo vería hasta el día siguiente.
—He dicho que continúes —susurró con aquella voz.
Escuché los pasos de Cecille al marcharse. Mierda. Traidora.
—Creo que sería mejor que tú y yo nos mantengamos alejados.
Entrecerró los ojos y tensó la mandíbula. Bajé la mirada. Tenía los nudillos blancos. No le habían gustado mis palabras.
—Cielo, jamás vuelvas a insinuar eso —amenazó antes de acercarse más a mí.
Pero ¿qué cojones estaba pasando?
Comencé a ponerme en pie mientras él imitaba cada uno de mis gestos.
—Yo…
—Buenos días —interrumpió Bastián.
Joder, menos mal.
—¡¿Dónde estabas?! —pregunté desesperada.
Me miró extrañado y luego a Alexander. Sonrió antes de sentarse en la silla contigua a la mía.
—Me he quedado dormido —contestó con un vistazo a su hermano. Alexander seguía sin quitarme el ojo de encima—. ¿Tú no llegas tarde?
—Que esperen —gruñó.
—¿Y tú, Mia? ¿Qué harás hoy?
—Qué gracioso eres, Bastián —dije con ironía.
—Lo sé.
—¿Aparte de estar aquí encerrada sin nada que hacer quieres decir?
Bastián suspiró antes de comenzar a comer. Recogí mis cosas y las metí en el lavavajillas. Coloqué los platos con más fuerza de la necesaria.
Bastián miró a su hermano y este negó con la cabeza.
—Podrías pedirle que te deje salir —me respondió—. Si no recuerdo mal, dijiste que si iba contigo podía hacerlo, ¿no, hermanito? Pues solucionado.
Miré a Alexander. Había girado la cabeza de esa forma retorcida, a la espera de mi reacción.
—Hace días me prometió que me llevaría a comprar ropa y aún no se ha dignado a cumplir su palabra —respondí evitando mirarlo.
Oí con exactitud el gruñido que me dedicó. Así que decidí que, si iba a gruñir como un perro rabioso, lo miraría a la cara.
—He tenido trabajo. Estoy asegurando esta maldita ciudad, matando a todas las ratas para que puedas cruzar esa puerta sin ningún tipo de peligro —respondió señalando la salida.
—¿Crees que quedará alguien vivo, hermanito? —preguntó Bastián con socarronería.
—No hay necesidad de hacer eso. Nadie me reconocerá —indiqué apresuradamente.
—Eso no lo sabemos, y no pienso correr ningún riesgo.
Estaba cabreada, joder.
Alexander
Cuando Mia se despidió de nosotros, miré a mi hermano y lo incriminé con un dedo antes de ponerme en pie.
—¿Qué? Ella lleva razón, no puedes tenerla encerrada para siempre.
—Como te he dicho, estoy en ello, joder.
—Pues date prisa.
—Llevo semanas vigilando la ciudad, el país entero. Cada viaje y cada aduana. No te metas.
—¡Vamos, te lo he puesto en bandeja! Veo cómo la miras. —Sabía lo que estaba haciendo. Cada mañana bajaba más tarde solo para darme cinco minutos con ella—. Admítelo. Por una vez en tu vida, te gusta una mujer. Es normal, hermanito —comentó con sorna—. Es normal —repitió, esta vez más serio.
Yo no era así. No me gustaban las personas ni su compañía, a no ser que fuera mi hermano. Así había sido siempre. No me importaba estar solo, pero ella me divertía. No recordaba la última vez que alguien me había entretenido tanto.
Negué con la cabeza antes de marcharme.
Llevaba días vigilando la ciudad. Me pertenecía.
Me había costado años de amenazas y esfuerzo.
Habíamos llegado como ratas, pero ahora éramos los dueños.
Antes de que Mia pudiera salir sin correr ningún peligro tenía que controlar a todas las personas que entraban y salían.
Ya había ordenado a varios de mis hombres que siguieran la pista de cada maldito transporte que pasase por la ciudad. Nadie podía saber que ella estaba aquí.
No me importaba que la vieran conmigo. Al contrario, eso solo provocaría que la gente se alejara de su lado.
Era temido, respetado, y nadie se metía con los hermanos Kane.
Desde el día que la vi, supe que nadie sería capaz de ponerle un dedo encima, jamás.
Pero primero tenía que controlar aquella maldita ciudad.
No, no quedaría nadie vivo que supusiese un peligro para ella.
Observarla cada noche era lo único que deseaba cada día. Era mi primer pensamiento al despertar y el último antes de hacerme una paja. Ya apenas me podía controlar. Sabía que estaba cerca de estallar.
El fin de semana lo pasé en casa. Me maté a hacer deporte para desfogar. Verla con aquellas mallas me obsesionaba, era casi lo único que le había dejado de la ropa que se compró.
Cuando vi que ya no usaba mi camisa casi me volví loco.
Abandoné mi posición entre la oscuridad hacía un par de noches para robarle la ropa.
Por eso le quité los pijamas. La siguiente vez, el resto excepto esas mallas y algunas camisetas, porque si no tendría que ir desnuda y ya no habría escapatoria para ella. Aunque ya no la tenía.