Obsession (Almas Letales 2) 11. Mia
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11. Mia

MIA

Maldito estúpido.

Subí las escaleras de dos en dos, deseosa de alejarme de esa mirada que no paraba de perseguirme desde que había bajado a desayunar.

Al principio me daba terror, pero en ese momento lo único que provocaba en mí era todo lo contrario.

Se suponía que apenas nos veríamos. Bastián me aseguró que nunca se encontraba en casa y que si estaba era como una sombra. ¡Pues vaya pedazo de sombra!

Abrí la puerta de mi habitación, desesperada por meterme dentro. Cerré de un portazo y me apoyé contra ella. Respiré hondo varias veces hasta que las pulsaciones del corazón comenzaron a ralentizarse.

Busqué en el móvil y abrí mi calendario hormonal. Debía de ser eso, debía de estar ovulando. No podía justificarlo de otro modo. No podía sentirme atraída por Alexander Kane por muy irresistible que fuera. Estaba ovulando, bien. Esa era la explicación más acertada, desde luego.

Suspiré aliviada antes de arrojar el móvil sobre la cama y dejarme caer en ella.

—¿Qué haces, cariño?

—Pasteles de limón —contesté antes de llevarme el dedo lleno de masa a los labios para probarla.

Cerré los ojos y me dejé guiar por las sensaciones. Exquisito. Aquel era mi postre favorito. El más sencillo de mi carta y el único que me transportaba a mi niñez, a las tardes en la villa de la Toscana de mi nonna .

Había salido del dormitorio hacía un par de horas, ya que imaginé que tanto Alexander como Bastián se habrían marchado.

Al llegar a la cocina, me encontré a Cecille preparando la comida.

Por supuesto, me ofrecí a ayudarla, aunque al final le acabé rogando que me dejara a mí prepararlo todo mientras ella se ocupaba de otras cosas.

Echaba de menos cocinar, me calmaba. Era una manera de desconectar, la forma que mi mente tenía de crear.

Igual que un pintor o un escritor, pero con la comida.

Tuve que improvisar varios cambios porque no tenía los ingredientes adecuados, pero al final conseguí hacer un primer plato y un segundo decentes. En aquel momento, estaba con el postre.

—Tiene todo una pinta excelente. —Cecille miró por encima de mi hombro para ver el resultado.

—Gracias. Estoy haciendo de más para que puedas llevarte a casa.

Me gustaba aquella mujer. Desde que había llegado, me había tratado como si fuera una más, como si me conociera de toda la vida.

—Eres un encanto, aunque seguro que sobra bastante —comentó mientras doblaba en el aire la ropa que llevaba en las manos y que después devolvería a la habitación de la colada—. Estos chicos no son muy fans del dulce.

—¿No?

Negó con la cabeza mientras yo me quedaba chafada.

Llevaba media hora moviendo la masa sin parar para darle la textura perfecta.

No necesitaba impresionar a nadie, pero era mi manera de cuidar a las personas.

Y aunque Alexander fuera insufrible, sabía que aquellos hermanos necesitaban que alguien los cuidara.

—Vaya…

—Pero seguro que hacen un hueco y lo prueban.

Hice un gesto con los hombros para quitarle importancia. De todas maneras, era mi postre favorito. Si ellos no querían, ya me lo comería yo.

Mi móvil comenzó a sonar y vi que era mi padre. Apenas me dio tiempo a limpiarme las manos. Casi tiro el bol lleno de mezcla por las prisas de contestar.

— Papà?

—Hola, ragazza , ¿cómo estás?

No pude evitar sonreír. Los echaba de menos, a la loca familia Bianchi.

—¿Aparte de encerrada y secuestrada, dices?

—No seas exagerada. —Puse los ojos en blanco. Para él aquella mierda era normal—. ¿Cómo te está tratando el Carnicero? —preguntó con curiosidad—. Dile de mi parte que no me gustaría tener que ir allí solo para partirle las piernas, ya sabes que tengo una edad.

—¡Venga ya, estás en la flor de la vida! ¿Cuántos años tienes, ciento nueve?

— Ragazza , no me cambies de tema. ¿Cómo te está tratando? —volvió a preguntar, y esta vez usó ese tono que no dejaba hueco a réplica.

—Bien, papà —contesté y me subí a la encimera de un salto—. Casi nunca está por aquí, me tiene encerrada en una casa de máxima seguridad, o eso dice él.

—Ya.

—¿Cómo está mamá?

—Bueno, ya sabes cómo es. No lleva muy bien que la mafia albanesa quiera las cabezas de sus hijas. Tiene sus días. —Esto último lo dijo casi en un susurro.

—Entiendo.

—Será solo una temporada.

¿Una temporada? Hasta que Gabi no consiguiera deshacerse de esos hijos de puta, no podía irme de allí.

—Si tú lo dices…

Escuché el leve gruñido que emitió. No le gustaba la ironía, mucho menos el humor moderno que nos gastábamos con él.

Mi padre siguió dándome ánimos mientras yo miraba un punto fijo en la pared.

Asentía sin darme cuenta, dándole la razón de forma automática, cuando lo único que quería era lanzar el teléfono contra esa misma pared y gritar que no me daba la gana.

Pero esa no era yo, aunque sentía que aquello hubiera sido lo más acertado.

Tras despedirnos, horneé los pasteles como una autómata.

Sentía la mirada de Cecille encima de mí a cada instante.

Incluso me preguntó si estaba bien y se ofreció a terminar de recogerlo todo por mí, pero me negué.

Cuando acabé, los dejé sobre la encimera para que se enfriaran.

Ya no me apetecía cocinar ni tampoco comer nada.

Me entretuve con la lectura. Alexander me mandó un mensaje para preguntarme cómo estaba. Le respondí con una foto de mi dedo corazón.

Cené con Bastián, vimos una película y, cuando Alexander llegó, me marché del salón bajo su atenta mirada.

Aquella noche, cuando volví a bajar de madrugada a la cocina para relajarme un poco, descubrí que se habían comido todos los pasteles que había preparado y que alguien había dejado una nota.

«Huelen a ti. Seguro que sabes igual de dulce».

Maldito enfermo de mierda.

Alexander

Se había convertido en una necesidad verla así en mi cocina cada noche. No podía evitar comérmela con los ojos, pensar en todas las cosas que le haría sobre la misma encimera.

Había pasado gran parte del día fuera y, si volví antes de tiempo, bajo la atenta y sorprendida mirada de Bastián, fue para verla antes de que se encerrara en esa maldita habitación. Me planteé echar la puerta abajo, pero Bastián me aconsejó que aquello no sería prudente y quizá ella se enfadaría.

Su inocencia, su boca y esas piernas habían comenzado a obsesionarme.

La había estado vigilando desde mi cama; la veía ponerse en pie y abrir la puerta para comprobar si había alguien más por la casa, pensando que estaría durmiendo.

Sé que no está bien espiar a una persona dentro de su dormitorio, más aún si no está en peligro, pero no me considero buena persona, ni siquiera normal.

Hago lo que quiero cuando quiero, y esa era mi casa.

Ella estaba allí dentro, por lo tanto era mía y tenía que protegerla.

Una pequeña nueva obsesión entre tantas.

Pensé que me refugiaría en el trabajo, que apenas nos cruzaríamos, pero cuando la vi con mi camisa un instinto depredador se apoderó de mí. No pude evitar arrojar la tablet y salir tras ella, perseguirla como si me fuera la vida en ello. Deseaba verla, oler su perfume.

Cuando los vi a ella y a Bastián en el salón, me entraron ganas de matar a mi propio hermano solo por tocarla, pero recordé que él tampoco estaba acostumbrado a tener una mujer en casa y ella era como una luz, como un faro en mitad de la oscuridad, y Bastián necesitaba justo eso.

No era como yo, un monstruo sin escrúpulos que mataba personas por diversión, un mierda que disfrutaba causándoles dolor a los demás, aunque fueran malas personas. Él era bueno, en parte.

Por eso no entendía cómo ella, la puta inocencia en persona, se sentía cómoda. Cómo podía sonreírle o sostenerme la mirada, cómo podía siquiera salir de su habitación y relajarse en mi cocina como si fuera su casa.

Me fijé en el color claro de su piel, en su pelo negro como la noche, en el brillo y la suavidad que trasmitían. Quería tirar de él, con fuerza. Quería pasar las manos por su piel, apretarla, marcarla.

Quería morderle la boca, cada maldita parte de su cuerpo. Quería follármela.

No era una buena persona, no había venido a este mundo para serlo, y comerme con los ojos a esa chiquilla mientras ignoraba la puta pesadilla que se le venía encima era una evidencia de ello.