10. Mia
MIA
Se había convertido en una rutina, o más bien en una tortura.
Alexander me contemplaba como un maldito halcón a su presa mientras desayunábamos.
No sabía que le iban los juegos de miradas, y yo no estaba de humor para aguantar sus tonterías de asesino caprichoso otra mañana más.
Esto tenía que terminar o acabaría abalanzándome sobre él.
Alcé las cejas, esperando con una paciencia muy escasa a que se cansara mientras cortaba la tortilla sin apartar los ojos de los suyos.
Había crecido con tres hermanos, cada cual más cabezota, y para otras cosas quizá no, pero a inflexible no me ganaba nadie.
Si hubiera sido otro día, tal vez lo habría dejado ganar…
Bueno, tal vez no, seguro, pero ese día no.
Había vuelto a pasar la noche retorciéndome entre las sábanas por su culpa, había mirado el reloj cada hora mientras leía, se me habían cerrado los ojos del cansancio varias veces y me había despertado a la primera de cambio. Así hasta las cuatro de la mañana.
Eran las ocho, tenía hambre, sueño, estaba cachonda por tenerlo cerca. Y yo seguía sin ropa. Excepto dos mudas y la camisa que le robé al extraño hombre que tenía frente a mí.
No sabía interpretar su mirada: era fría, calculadora, hechizante…
Pero lo que sí sabía era que no bajaría la mía hasta que me dijera que sí.
Joder. No era tonta, me había criado rodeada de monstruos y la noche anterior había caído en la cuenta de que conocía bien cómo tratar con ellos, cómo domarlos, y él solo era un hombre.
—¿Cuándo? —pregunté antes de llevarme el tenedor a la boca.
—Pasado mañana.
Aquella voz hizo que volviera a retorcerme en la silla de forma patética. «Joder, Mia, un poco de sensatez y decencia».
—Hoy —añadí después de tragar con toda la confianza que pude cuando entrecerró esos ojos con la promesa de una muerte inminente o similar—. Necesito ropa. Llevo aquí más de una semana.
—No. —Comenzó a cortar la carne de la misma manera que yo, sin apartar la mirada—. Tengo una reunión dentro de una hora y no regresaré hasta esta noche.
Su voz no era solo lo que me ponía nerviosa, también la sonrisa de superioridad junto con esa maldita ceja alzada. Me hacía sentir insignificante, pequeña. Me había dicho que no, y no solo eso: me retaba a que siguiera con el juego y me invitaba a luchar por lo que quería. Lo notaba.
De nuevo, el haberme criado entre hermanos con un carácter volátil, deseosos de nuevos retos y peleas, me servía para darme cuenta de ciertos detalles.
Esa maldita mirada me lo pedía a gritos.
Quería entrar en su juego, además de retorcerle el cuello, y eso tampoco era normal en mí.
Me replanteé mi plan inicial: continuar siendo la persona que había sido hasta ahora.
Si quería domar al monstruo, tenía que cambiar mi estrategia, sobre todo para no acabar volviéndome loca por su culpa.
Alexander
Esa boca podría llegar a ser mi ruina. La observé apartar la vista, cabreado porque hubiera sido tan fácil decirle que no y que lo aceptara.
Sabía que necesitaba ropa. Mi plan era ir con ella a una boutique del centro de la que era dueña una amiga, pero antes tenía que terminar de asegurar la maldita ciudad para ella. No quería dejar ni un cabo suelto.
La sala olía a cítricos. Era un aroma jodidamente delicioso. Tanto que se me hacía la boca agua. Sentía la polla endurecida en los pantalones.
Permanecí sentado frente a ella, desayunando. No solía estar en casa a aquellas horas porque me marchaba temprano a la oficina, pero las cosas habían cambiado y esta se había convertido en mi nueva rutina.
Por la noche había vigilado las cámaras de su dormitorio.
Durante varias horas la había esperado en el salón para hablar con ella.
La vi retorcerse entre las sábanas mientras intentaba dormirse hasta que se cansó y se puso en pie para coger el libro que se había llevado bajo el brazo en su huida de la cocina.
Acabó quedándose dormida en el sillón que había enfrente de la cama.
Pensé en entrar, cogerla en brazos y acostarla para que al menos durmiera unas pocas horas en condiciones, pero habría sido pasar un límite peligroso.
Tocarla en ese momento hubiera sido desastroso.
Seguía empalmado, aún pensaba en sus labios, en sus piernas torneadas, en su maldito olor.
Si hubiera entrado, jamás habría salido de allí, y sin duda la habría despertado al meter la cabeza entre sus piernas.
Oh, sí. Estaba deseando comerme su dulce coño.
—¿Sabes? Intento ser amable contigo, pero ¡no lo pones nada fácil! —gritó, frustrada.
Di un sorbo al café sin perder detalle de cómo me miraba. Podría haber seguido así durante horas, pero llegó Bastián y se quedó parado en mitad de la cocina, aún con el pijama puesto y cara de recién salido de la cama.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó, extrañado, mirándome con cara de desconcierto.
—Esta es mi casa.
—Ya —contestó con los ojos entrecerrados. Imité su expresión, esperando que reaccionara o si no que se callara la puta boca para seguir observando a la mujer que tenía sentada frente a mí y que me evitaba a toda costa—. Tú no desayunas aquí.
Fijé la mirada en Mia. Engullía las tostadas y oí perfectamente el suspiro de alivio que emitió cuando escuchó la voz de mi hermano.
—Ahora sí —contesté de malas maneras. Bastián siguió allí parado hasta que con un movimiento de cabeza le indiqué que se moviera. Reaccionó al instante, se puso en marcha y se sirvió un café sin quitarme el ojo de encima—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Desayuno todos los días con Mia.
Entrecerré los ojos. No me gustaba que pasara tanto tiempo con ella, no desde que sentía que era mía.
—Ayer no. Ni antes de ayer.
—Lo sé, me dormí.
—Buenos días —susurró Mia antes de sonreírle como si fuera su salvación en persona.
—Buenos días, princesa.
No me pasó por alto el beso que le dio en la mejilla ni que se sentara a su lado, tampoco que ella se relajara de manera automática al tenerlo cerca.
—¿Qué planes hay para hoy? —preguntó Bastián antes de coger una tostada y llevársela a la boca. Ahora me miraba a mí. Sabía que teníamos varias reuniones antes de que acabara la semana.
—Debemos hablar sobre las reuniones con KF Mert y probar los nuevos diseños de vigilancia.
Asintió mientras Mia le pasaba la mermelada con una sonrisa.
Me estaban poniendo de los nervios, y mi hermano se daba cuenta de todo.
—Genial —contestó con un brillo en los ojos que no auguraba nada bueno.
Miré mi café. No quedaba nada, pero seguía allí sentado. ¿Esperando qué? No lo sabía, mínimo a que él dejase de devolverle esas sonrisas y de ponerle ojitos o acabaría arrancándole la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer tú, Mia? —le preguntó.
—Si al señor don poderoso no le importa, quiero probar varias recetas nuevas.
—Eso está genial —indicó Bastián mirándome de reojo—. ¿A que sí, hermano?
Asentí, sin apartar los ojos de ella. Mia esbozó una sonrisa natural. Era la primera que me dedicaba desde que había llegado. A mí. La única real. Me quedé sin respiración.
—Necesito comprar los ingredientes. Quiero ir a algún mercado donde los productos sean frescos. Estoy deseando que probéis…
Se pasó más de diez minutos hablando de unas recetas que había creado durante la semana sin parar a respirar.
La chica vacía que había conocido se esfumó.
Había un brillo en esa mirada, una pasión desbordante, apabullante.
Me había quedado ensimismado observando cada sonrisa, cada carcajada después de que Bastián le dijera alguna burrada.
No participé, solo le presté mi absoluta atención.
Pensé que, después de confesarle lo de la camisa, estaría más nerviosa, pero se comportaba con total normalidad, como si nada de eso hubiera pasado.
Quizá no comprendió lo que quise decirle.
Era tan inocente que cabía la posibilidad.
Antes de eso, me había evitado. No. Sabía con certeza lo que le había dicho.
—¿Qué necesitas? —intervine—. Dímelo y yo mismo te lo traeré.
Mia dejó de mirar a Bastián para centrarse en mí. Ni siquiera sabía por qué lo había dicho, solo que, si eso a ella le hacía feliz, joder, yo mismo le cortaría las verduras.
—Quiero ser yo quien vaya a por los ingredientes —contestó en voz baja. La alegría de antes se había esfumado. ¿Me estaba haciendo pucheros? ¡No me lo podía creer!—. Me gusta tocarlos, notar la textura y el olor de las cosas…
«Ojalá tocara y notara la textura de mi…».
—Aún no es seguro que salgas.
—¿Y cuándo lo será?
—Eso, hermanito, ¿cuándo? —intervino Bastián, que se acomodó en la silla para dedicarme toda su atención.
—Estoy en ello —aseguré asesinándolo con la mirada.
Mia se había acercado más a mí.
—Podríamos ir juntos —sugirió—. Será divertido.
—Oh, sí, muy divertido —indicó Bastián con una sonrisa enorme—. A Alexander le encanta ir de compras.
Aquella era una mentira enorme. Jamás había ido de compras.
—¡A mí también! —gritó ilusionada—. Podríamos ir después a por ropa. Solo tengo dos mudas…
—No.
—Pero ¡¿por qué?!
«Porque no quiero que lleves nada más que no sea mi camisa». Esa era la razón, pero no podía decírselo.
—Porque no es seguro, ya te lo he dicho.
—¿Ni siquiera contigo?
—Ni siquiera conmigo.
—¡Pues vaya mierda de asesino en serie estás hecho!
Abrí los ojos de par en par y aguanté las carcajadas de mi hermano, que retumbaban en la cocina. Mia se puso en pie y se marchó sin mirar atrás. De la misma manera que lo hizo la otra noche.
—Así no, hermanito, así no.
Bastián lucía una sonrisa diabólica.
No me sentía para nada mal. Al contrario. Era la primera vez que la princesa sacaba las uñas y yo solo podía sonreír mientras miraba ese culo alejarse una vez más, como la otra noche, aunque echaba en falta vérselo con mi camisa por encima.
Estaba deseando saber qué más me podía ofrecer.