9. Mia
MIA
Me pasé todo el día encerrada en mi habitación muerta de vergüenza, hasta que caí en la cuenta de lo bien que me había sentido cuando le robé la camisa. Entonces esta acabó pasando al enfado y el enfado a la frustración.
Él era quien me tenía enjaulada en aquella casa.
Por mi seguridad, sí, pero daba lo mismo.
Además de que había desaparecido desde que llegué.
No había sido capaz de decirme hasta cuándo tendría que quedarme —aunque eso dependía de otras personas— o si pondríamos algún tipo de solución a mi encarcelamiento.
Estaba en peligro de muerte, sí, pero debía tener en cuenta mi opinión, o al menos preguntarme si me encontraba bien o si necesitaba algo.
Vale que Bastián estaba allí para cualquier cosa que precisara, pero era Alexander quien le debía un favor a Iván, no su hermano. Y encima tenía la poca vergüenza de espiarme, de decirme… esas frases para nada decentes. Era un… ¡un maldito descarado que estaba buenísimo!
Ay, no. Me dejé caer en la cama.
No estaba acostumbrada a esas cosas. No podía dejar de pensar en cómo me miraba, de una manera en la que jamás lo habían hecho.
Me había sentido avergonzada de que hubiera descubierto mi pequeño secreto, pero sobre todo me había sentido deseada.
Tuve que salir corriendo de la cocina antes de que comenzara a hiperventilar, o a babear, que es peor. Esos ojos, esa boca.
Mierda. Tenía que pararlo. Él era un maldito asesino a sueldo. Haría como si nada. Lo olvidaría todo. Sí.
Después de horas eternas de aburrimiento, llegué a la única conclusión de que me moría de hambre. Debía salir y abortar mi misión de clandestinidad.
Apoyé la mejilla contra la puerta. Nada. No se oía nada.
Agarré el pomo y abrí poco a poco. Asomé la cabeza para descubrir que no había nada más aparte de oscuridad. Bien.
Bajé las escaleras. La casa estaba sumida en el silencio. Seguramente Alexander estaría durmiendo o habría salido.
Tanteé con la mano en la pared de la cocina en busca del interruptor. Bingo.
Nada más hacerse la luz, lo primero que vi fueron sus ojos verdes.
Estaba sentado en la isla y tenía dos platos de comida enfrente.
—¿Estás sentado a oscuras en la cocina? Joder, me has dado un susto de muerte —susurré como pude.
—Llevo todo el día esperando a que bajes a comer, a merendar, a lo que sea.
—Yo…
—Siéntate y haz el favor de comer algún alimento que no venga dentro de una bolsa.
—¡No uses ese tono conmigo!
—Mia… —Su voz indicaba que la paciencia que le quedaba era poca.
Entrecerré los ojos y lo miré con todo el odio que no sentía hacia él, pero interpreté muy bien mi papel.
Me senté. Alexander casi me arroja el plato de comida sobre la encimera.
Lo puso justo enfrente en un segundo, y colocó a mi derecha con sumo cuidado los cubiertos enrollados en una servilleta de tela.
Susurré un «gracias» y ambos cenamos en un silencio cómodo.
A la mañana siguiente, y después de la breve tregua de por la noche, volvió a mirarme con el mismo deseo de la mañana anterior, lo que provocó que el cuerpo me estallara en llamas de una manera desquiciante y que casi tropezase con una de las sillas.
Me quedé hipnotizada, atrapada en sus ojos.
No hacía falta que me contemplara en un espejo para saber que mis mejillas estarían del color de las cerezas después de semejante metedura de pata, y más cuando no dejaba de mirar en esa misma dirección.
«¿Dónde está Bastián?». Él bajaba cada mañana y llevaba dos días llegando tarde.
—Buenos días —susurré.
Llevaba un traje negro con una camisa negra. Mierda. Recordé nuestra conversación de la otra mañana y casi me da un ataque allí mismo. Alcé la vista y ahí estaba esa pequeña sonrisa.
Me senté a su lado. Quería evitar a toda costa tenerlo justo enfrente.
Incluso pensé en prepararme un plato con el desayuno que había dejado listo Cecille y subir a la terraza de la piscina, pero sería demasiado cobarde por mi parte y él sabría el porqué.
No conocía de nada a ese hombre, pero tenía la sensación de que no sería difícil llegar a hacerlo, al menos para mí.
Conseguí tranquilizarme y servirme el desayuno sin quedar más aún en evidencia. Me temblaron un poco las manos porque sentía su mirada taladrarme. Cuando acabé, Alexander se puso en pie y por fin me atreví a levantar la vista.
Cogió su plato casi intacto y lo cambió de sitio. Movió la silla y se sentó justo frente a mí.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —preguntó tras darle un sorbo a su café.
—Sí.
—Tienes cara de cansada.
Claro que tenía cara de cansada, me había pasado toda la noche pensando en él. Llevaba demasiado tiempo sin acostarme con nadie, más de tres años para ser exactos, y mi cuerpo lo necesitaba. ¿Qué digo? Mi mente lo necesitaba.
—No volviste a salir de tu habitación en toda la noche —aseguró en un tono parecido a la recriminación antes de darle otro sorbo a su café.
Alcé las cejas.
—¿Cómo sabes eso? —Comencé a cortar la tortilla, deseosa de entretenerme con algo que no fuera su boca para variar.
—Tras la cena que casi te obligué a comer y tu posterior huida con la excusa de que ibas a darte una ducha, estuve esperándote toda la noche en el salón para terminar nuestra conversación de ayer por la mañana.
Aproveché para llenarme la boca de comida.
Mastiqué tan lento como pude mientras él se cruzaba de brazos, esperando a que le contestara.
El día anterior él me torturó al no responderme cuando le pregunté cuándo había vuelto.
No se me había olvidado. Al igual que tampoco había olvidado que en realidad sí que salí corriendo de la cocina cuando, al terminar de cenar, me sugirió tomar una copa en el salón.
Tras ver mi cara de espanto, me ofreció un té, un vaso de agua, lo que fuera.
Y sí, solté la patética excusa de la ducha.
Comenzó a dar golpecitos con el dedo en la mesa. Se estaba poniendo nervioso, eso era bueno.
—¿Y bien? —imitó la misma pregunta que le hice yo.
—Necesitaba ropa y tu camisa estaba en la habitación de la colada —mentí, por supuesto que lo hice. No pensaba decirle que me había colado en su dormitorio.
Seguí comiendo, evitando con todas mis fuerzas tener esa conversación.
Alexander sonrió de una manera que me dio escalofríos.
—Mientes de una manera tan dulce —susurró.
—Yo… —«Contesta, Mia».
Joder. Si es que no sabía jugar a esos juegos, de verdad que no. Noté un leve caricia en la mejilla, tan ligera que pensé que me la había imaginado.
—Respira, cielo.
Aquel día tampoco salí de mi habitación.